Un modelo que “se cocinó” con las mejores especias y técnicas de Fiat, y que está “en su punto” para posicionar nuevamente a la marca en Colombia. Sus formas exudan estilo y ofrece sensaciones de manejo que producirían celos a los mejores hatchback del mundo.
Es de dominio público que en la península itálica se encuentran los nombres más famosos de la industria automotriz relacionados con la belleza en el diseño: Ferrari, Maserati, Lamborghini, Alfa Romeo, Pininfarina, Italdesign, Bertone y Zagato, entre otros. Fiat no es la excepción, y sus últimas obras están empapadas de tan envidiable genialidad. Con la premisa de que todo entra por los ojos, el Bravo nació en 2007 en el Centro de Estilo de la marca, en Italia, y cada uno de los detalles con que cuenta representa un papel importante en el diseño.
La cintura es alta, robusta y bien definida, sin excesos. Todo el conjunto óptico es de gran tamaño, pero muy proporcionado. Esta silueta le confiere una estampa refinada y deportiva, que se acentúa gracias a un discreto spoiler sobre el baúl, parachoques bajos, rines de 17 pulgadas de fondo oscuro, pinzas de frenos pintadas de rojo, faldones laterales y exhosto doble cromado.
A la carta
Al entrar en la cabina hay dos cosas que decir: la primera es que este Fiat ha evolucionado increíblemente respecto a los modelos vistos anteriormente. La segunda es que el interior es tan acogedor y atractivo como el exterior. Los materiales, sin llegar a ser de un auto de segmento Premium, muestran una esmerada calidad que iguala o incluso supera a la de otros modelos de su categoría que son referencia en Europa y Asia, como el Peugeot 308, el Volkswagen Golf o el Subaru Impreza. Los interiores del Bravo son de bonita apariencia y tacto acolchonado, no hay rebabas por ninguna parte y todas las piezas encajan perfectamente. La ergonomía es otro punto destacable.
Todo el tablero de instrumentos está orientado hacia el conductor, y cada elemento es claramente visible y se encuentra a la mano. Los indicadores de velocidad y el tacómetro son pulcros y no presentan quejas visuales. El computador a bordo está bien ubicado y no confunde, aunque un par de centímetros extra en su diámetro no caerían mal. Entre sus peculiaridades encontramos que el control de luces antiniebla y la regulación de altura de las luces están ubicados donde no se esperaría (a mano derecha del radio), y aunque no es incómodo, el conductor debe buscarlos. El equipo de audio se puede manejar directamente o desde el volante; su fidelidad es buena, pero el nivel del look de la carrocería y las buenas prestaciones del auto hacen obligatorio tener otro, al nivel de los mejores modelos de Harman, Bose o Bang & Olufsen.
El control de los vidrios eléctricos para el conductor es quizá lo único con que no nos acomodamos, pues los comandos quedan un poco alejados de la mano, y cuando realizamos la acción mecánicamente, esta nos resultó algo confusa. Nos quedamos esperando a ver el cielo, y es que un auto tan caprichoso como el Bravo debe tener un techo eléctrico. El diseño del entramado de plástico del tablero da la ilusión de tratarse de fibra de carbono; además, se conjuga con detalles de buen gusto como la palanca y el volante forrados de cuero y con costuras rojas a flor de piel.
En las puertas y en el centro de los asientos hay tela perforada negra con fondo vino tinto, y el contorno de las sillas y la banca trasera están tapizados con gamuza, material que aporta la cuota de elegancia. Los cojines son semiduros y no cansan, la sujeción lateral es muy buena, pero el espacio trasero para las piernas puede resultarles incómodo a las personas altas. Sucede lo contrario con el baúl, que cuenta con un destacable espacio de 400 litros sin abatir la banca trasera.
Plato fuerte
No sólo tuvimos el privilegio de probar uno de los mejores autos que ha producido Fiat en su historia, sino que estrenamos el primer Bravo que pisó suelo colombiano. Con tan sólo 21 kilómetros en el odómetro, su armonioso ronquido suplicaba por explorar la que, desde ahora, sería su casa. Fuimos condescendientes con el extranjero y en pocas cuadras de manejo empezamos a dudar sobre la información que arroja la ficha técnica, pues el empuje al pisar el pedal a fondo es impresionante desde las 2.000 vueltas, tanto que hay que agarrar con fuerza el volante pues el torque y los caballos de fuerza entran sin pedir permiso.
La entrega de potencia es lineal y siempre contundente, y las relaciones de caja aportan lo suyo, pues aumenta de vueltas de forma rápida y está muy bien escalonada para nuestro terreno montañoso. La altura de Bogotá contribuye a que el Bravo resalte sobre la competencia con motores atmosféricos, pues el oxígeno no le hace tanta falta gracias al turbocompresor. La cilindrada de sólo 1,4 litros (de paso, paga menos impuestos) y la cifra de 120 HP no asombran a nadie, pero quien se mida a retar sus capacidades se llevará una gran sorpresa por su comportamiento en todo el rango de velocidad. La sexta relación le permite planear muy bien en autopista y tener una velocidad crucero de entre 160 y 190 km/h de forma suelta.
El consumo no es el mejor (típico de un turbo), y nuestra prueba en condiciones mixtas rondó los 30 kpg, que se justifican por su rendimiento. Eso sí, al llevarlo bajito de vueltas y sin usar mucho el compresor, se obtienen consumos cercanos a los 42 kpg, pero se desaprovecha todo el potencial.
Postre de agasajo
Los frenos siempre nos respaldaron. Los cuatro discos asistidos con ABS y EBD tienen una mordida sólida, y son resistentes a la fatiga. El resto del tren motor está afinado para resultar cómodo más que para ser deportivo. La suspensión es bastante firme, pero no cansa al andar, y en modo Sport se endurece más; sin embargo, un conductor exigente y que ataque rápido las curvas dirá que no es tan firme como un Mazda3 o un Seat León.
La dirección es suave y la variación según la velocidad es inmejorable, aunque hubiéramos preferido que retroalimentara mejor. En general, el propulsor, la transmisión y la ‘pinta’ incitan a exigirlo en todo momento, pero el resto de la mecánica es la voz de la conciencia, que estimula a disfrutar de su andar suave a un ritmo moderado.
El Fiat Bravo cuesta 73 millones con caja mecánica, y 75 millones si se pide con cambio Dualogic. Con su equipamiento, pretensiones y configuración, queda ‘bailando’ entre un BMW 116i o un Volvo C30 1,8 y un Mazda3 2,0 HB. Es, de alguna manera, el punto de equilibrio entre estos autos por rendimiento, equipamiento y calidad de construcción. En definitiva, es un vehículo equilibrado y atractivo, es de esos carros que hacen doloroso devolverle la llave al dueño.