Prueba
Lexus LFA
En la estratósfera
Mucho tiempo se lleva hablando del Lexus LFA,
un proyecto que tiene su origen hace casi diez
años. En muchas ocasiones ha sido visto en fase
de prototipo o disputando las últimas ediciones
de las 24 horas de Nürburgring, y es
precisamente en esa pista donde se realizaba la
primera presentación a la prensa reservada a un
selecto grupo de periodistas de todo el mundo.
Conocíamos la existencia del LFA pero, tenemos
que reconocer que no nos podíamos ni imaginar
que se trataba de un modelo tan exclusivo. Y es
que no se trata simplemente de un deportivo de
altísimas prestaciones, estamos ante un auténtico
superauto, capaz de rivalizar en rendimiento,
refinamiento y precio con el casi difunto
Mercedes-Benz SLR McLaren, o los desaparecidos
Porsche Carrera GT y Ferrari Enzo.
El momento económico no es el más apropiado
para lanzar un auto que, en mercado alemán
costará 375.000 euros cuando salga al mercado a
principios de 2011. Pero en Lexus están
convencidos que no tendrán problemas para
vender las 500 unidades anuales, máxime cuando
se conozca el auto desde el punto de vista técnico
y sus cualidades dinámicas.
Desde luego atributos no le faltan, ya que este
deportivo tiene un diseño tan espectacular como
lo son las soluciones técnicas que se emplean en
su construcción.
Por ejemplo, la parte del monocasco que
corresponde al habitáculo está construida en fibra
de carbono, mientras que el aluminio se emplea
en la parte delantera del bastidor y los subchasis
sobre los que se asientan las suspensiones. La
fibra de carbono también se utiliza en la totalidad
de la carrocería y en el fondo plano.
Se ha trabajado mucho en el túnel del viento y
gracias a ello se consigue un Cx de 0,31,
mientras que los prominentes ‘spoilers’ y el
voluminoso alerón posterior –que emerge a partir
de 80 km/h- le confieren un importante apoyo
aerodinámico a alta velocidad.
La utilización de materiales ligeros ha permitido
que el peso total del conjunto no llegue a los
1.500 kg en vacío. Pero, lo mejor de todo es que
el reparto es muy equilibrado entre ejes (48/52%),
lo que se consigue gracias la disposición trans-
axle de la caja de cambios y a que el motor va en
posición muy retrasada.
Joya mecánica
El motor, además de ofrecer dimensiones muy
compactas, se puede considerar una verdadera
joya mecánica, una auténtica obra de arte de la
ingeniería moderna a pesar de no contar con
sobrealimentación ni inyección directa.
Está desarrollado con la ayuda de Yamaha, de ahí
que este V10 de 4,8 litros ofrezca un rendimiento
absolutamente espectacular. Se anuncian 560
caballos a nada menos que 8.700 rpm y un torque
máximo de 48,9 kg-m a 6.800 rpm, si bien el
90% de ese valor permanece constante entre
3.700 y 9.000 vueltas que es donde se produce el
corte de inyección.
Conste que no estamos hablando de una moto.
Para ello cuenta con unos pistones forjados de
carrera muy corta, que pueden llegar a nada
menos que 25 metros por segundo.
Como en los motores de competición, también
dispone de un sistema de inyección con
mariposas independientes por cada cilindro,
mientras que la distribución es de tipo variable,
controlada electrónicamente para los árboles de
admisión y escape.
Los materiales empleados son de primerísima
calidad, lo que permite a Lexus ofrecer la misma
garantía que en otros modelos de la marca. Se
trata, sin duda, de un motor que se sale de lo
normal y que pone de manifiesto la capacidad
tecnológica de la marca.
La caja de cambios, bautizada como ASF, cuenta
con seis velocidades y sistema de accionamiento
secuencial con levas en la columna de dirección.
Dispone de cuatro programas a elegir:
automático, normal, deportivo e invierno,
mientras que en el modo manual se puede
escoger la velocidad de accionamiento del cambio
que varían entre 1 segundo y 0,2 en el modo más
radical (no es de doble embrague).
En cuanto a los trenes rodantes, las suspensiones
están muy elaboradas y realizadas íntegramente
en aluminio. Los frenos cuentan con
espectaculares discos de fibra de carbono y 39 cm
de diámetro, con pinzas de seis pistones adelante
y cuatro atrás; el sistema está firmado por
Brembo.
La hora de la verdad
Tras las explicaciones por parte de los ingenieros
de la marca, llegaba el momento de pilotar el LFA
en Nürburgring, concretamente por el mismo que
se emplea actualmente en Fórmula 1. Antes de
saltar a la pista era el momento de acoplarse a un
puesto de mando con una configuración muy
deportiva, que cuenta con un asiento muy
evolvente y un espectacular cuadro de
instrumentos.
Tipo digital, este es muy atractivo, completo en
información y dispone incluso de sistema de
adquisición de datos. Nada más pulsar el botón
de puesta en marcha, el V10 responde con un
bramido espectacular.
Escogemos para empezar el modo manual de
actuación del cambio en su posición más rápida
mientras, pero dejamos conectado el control de
estabilidad. Los primeros giros nos los tomamos
con calma, buscando la máxima compenetración
pero bastan pocos kilómetros para comprobar el
impresionante rendimiento que ofrece el nuevo
V10. Su funcionamiento es espectacular y prueba
de ello es que sube con total facilidad y en
constante progresión hasta el límite de las 9.000
rpm.
Pero sus cualidades no acaban ahí, ya que
también responde muy bien desde abajo,
recupera de maravilla y tiene un sonido capaz de
erizar el cabello a cualquiera. Y eso por no hablar
de sus prestaciones. Cuando se pisa el acelerador
a fondo, el LFA es capaz de superar los 320 km/h
de velocidad punta y de acelerar de 0 a 100 km/h
en 3,7 segundos.
Evidentemente se trata de un auto caro, muy caro,
pero al menos puede presumir de un motor que
es una verdadera joya, no como ocurre a su
hipotético rival, el Mercedes-Benz SLR, que
mantiene el vetusto y desfasado V8 alimentado
por compresor de tres válvulas por cilindro y un
cambio de convertidor de par absolutamente
veterano.
Por cierto que el LFA tiene también mucho de que
presumir en lo referente a la caja de cambios, ya
que esta es muy rápida en las inserciones y
permite aprovechar al máximo las cualidades de
un deportivo tan radical como este. En una
utilización más civilizada, se puede emplear el
modo automático.
León domesticado, pero león
El LFA es rapidísimo pero afortunadamente
transmite mucha confianza y desde el principio se
puede rodar a buen ritmo. Sorprende la precisión
y rapidez de respuesta del tren delantero, la
facilidad para introducirse en los virajes y el
extraordinario aplomo a alta velocidad. Es muy
eficaz y gracias a unas ayudas electrónicas a la
conducción muy bien puestas a punto –que sólo
actúan cuando es necesario y sin interferir
demasiado-, este superdeportivo se muestra
bastante asequible en su manejo.
Ahora bien, lo que ya no es tan fácil es rodar al
límite, buscando un tiempo y aprovechar al
máximo su potencial. En estas circunstancias
pudimos apreciar que la suspensión del tren
trasero resulta demasiado suave y este se
insinuaba con demasiada facilidad tanto al
acelerar como al cortar el acelerador, obligando a
estar muy atento, especialmente cuando se
desconectan los controles de estabilidad y
tracción.
Es más que probable, no obstante, que se tratara
de un problema de la unidad pre-serie empleada
para la ocasión. No en vano, al terminar las
pruebas en el circuito moderno, también hubo
ocasión de rodar como copiloto en el auto que se
ha empleado para las pruebas de puesta a punto
en trazado largo del viejo Nürburgring.
Hay que reconocer que este se sujetaba de forma
espectacular y cuando la trasera se insinúa al
forzar mucho la trayectoria, lo hacía de forma
mucho más dócil, fácilmente controlable y eso a
pesar del elevadísimo ritmo al que se sucedían los
acontecimientos.
El piloto de pruebas demostraba, no obstante,
una pericia extraordinaria y un conocimiento
absoluto del trazado –llevaba dadas más de 2.500
vueltas- de ahí que resultara de lo más ‘heavy’
que he vivido dentro de un carro.
Despegar en cambios de rasante a más de 200
km/h por un trazado rodeado de árboles y
enjaulado entre barreras de contención,
velocidades máximas por encima de 280 km/h y
ver como el piloto pasaba a una marcha superior
cuando uno pensaba en frenar. Fue una
experiencia inolvidable que me gustaría repetir
pero, nunca en el asiento de copiloto.
Juan Collín