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Mitsubishi Outlander

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Increíble diseño de este deportivo.

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Mitsubishi Outlander

 

Esta SUV light de buena aceptación regresa modernizada, con un tamaño más voluminoso y mejoras en casi todos sus apartados, en especial el comportamiento sobre asfalto y un mayor nivel de equipamiento.

 

Todavía pujante, el segmento de las SUV light continúa dando sorpresas. Superada la fase de vehículos confeccionados a partir de una plataforma de auto y sus consecuentes adaptaciones, la moda ahora apunta a equiparlos a tope e incluso añadir elementos extra como una tercera fila de asientos, otrora exclusiva de las grandes SUV, en el caso de este vehículo. En su momento, la Mitsubishi Outlander era la respuesta tardía a las innovadoras y exitosas Toyota RAV4 y Honda CR-V. Pero el boom de esta clase de camionetas, así como una acertada combinación de tamaño y desempeño, le favoreció en mercados como el colombiano, y se convirtió en una de las más requeridas por quienes deseaban escapar a la casi “normalización” mundial de Toyota y Honda.

Dado el apreciable éxito de ventas que tuvo, justo en un momento en que la firma japonesa estaba situada en la fina línea que separa la venta de la quiebra, los directivos de Mitsubishi aprovecharon el impulso y replantearon de manera deportiva su Outlander, al punto de igualar el nivel —o superarlo— de las SUV Light de actualización más reciente. Y este replanteo no lo hicieron solos, sino en asocio con el grupo PSA, por lo que el nuevo producto tuvo dos retoños adicionales a este: los Citroën C-Crosser y Peugeot 4007.

La evolución
A primera vista, más longitud, anchura y altura hacen obvia la evolución de la Outlander. Pero si la apreciamos por detrás, la menor altura y una puerta trasera mejor equilibrada nos recuerdan que estamos frente a una camioneta más ligera. Desaparecen las nervaduras del capó y se suaviza el primer volumen gracias a redondeces más patentes. Los costados sí conservan esas líneas fluidas logradas por medio de una cintura que asciende levemente hacia atrás, mientras los guardabarros siguen la tónica de ensanchamiento de las hermanas mayores. En la retaguardia, las cosas se hallan mejor logradas. Las luces recurren a LED, un toque de modernidad que pocos automóviles de gran volumen exhiben hoy por hoy. Una curiosidad: la puerta trasera se divide en dos, y la parte inferior es prácticamente un escalón pequeño que deja un acceso muy bajo, ideal para cargar objetos pesados.

En cuanto al interior, lo primero que llama la atención son los acabados, de muy buena factura. Un cambio enorme con respecto a su antecesora. El tablero dispone de relojes grandes –velocímetro y tacómetro– y mandos de aspecto muy moderno, con tintes deportivos, como las paletas de la caja de velocidades tras el volante de tres rayos que, junto con el pomo, están forrados de cuero, sin olvidar que las perillas del aire acondicionado evocan los clásicos relojes de un carro de carreras. Un ambiente racing pero con toques de lujo, como los simulados de aluminio o el potente y fiel equipo de sonido firmado por Rockford Fosgate –incluye subwoofer–. A pesar del énfasis en lo deportivo, la Outlander no niega su orientación hacia los viajes grupales con la familia o los amigos. Los asientos acomodan bien en las cinco plazas, con una segunda fila corrediza y respaldo reclinable. Excelente para viajes largos o personas de distinta antropometría.

Existe una buena cantidad de espacios portaobjetos, como las dos guanteras, los múltiples huecos con portavasos amplios y un baúl de decente tamaño. Además, nuestra versión montaba seis bolsas de aire, control de estabilidad y varios extra dignos de agradecimiento, como los mandos del radio en el timón y el computador de viaje.

Desempeño de primera
La nueva Outlander conserva la oferta de motores de su antecesora, que inicia con el cuatro cilindros de 2,4 litros y 170 caballos y termina en este 3 litros y 220 HP.

El V6 tiene bríos hasta superar las 3.000 rpm y la caja en modo normal tiende a ser perezosa, siempre en la búsqueda de la relación mayor, por lo que obliga a pisar por encima del tercio de carrera. A pesar de sus seis relaciones, es larga –a 3.000 rpm, en sexta viaja a 160 km/h–, aunque a su favor cuenta con una inserción de marchas rápida que puede hacerse con las paletas de magnesio o la palanca. Alcanza la velocidad máxima en la cuarta marcha y es más alta de lo que se acostumbra entre las SUV.

Pero no todo es motor, pues la Outlander comparte chasis con el renovado Lancer. Esta base muestra una buena rigidez que pasa factura un poco en el confort en función de unas suspensiones de calibrado más duro que firme. Esto se refleja en una marcha áspera y ruidosa, que puede cansar si la vía carece de uniformidad, pero este defecto pasa a ser una virtud si el asfalto dispone de curvas cerradas, donde el comportamiento es muy predecible a pesar del ligero subviraje. La dirección responde sin retardos y si usamos el modo secuencial de la caja, tenemos un perfecto “juguete” de corte familiar.

Aclaremos: no es un vehículo deportivo, pero resulta muy divertido en estas circunstancias. Como buena camioneta orientada al mercado norteamericano, rueda mucho mejor en autopistas llanas, donde su mejor equilibrio dinámico se encuentra muy por encima de los asfixiantes límites de las carreteras colombianas. Los frenos son justos si miramos su reducido diámetro, muy evidente al mirar a través de sus rines de 18 pulgadas. Y a través de un dial ubicado en la parte baja de la consola central tenemos posibilidad de circular con el diferencial bloqueado para conseguir mayor tracción, aunque los neumáticos de fábrica son netamente para asfalto y los recorridos de suspensiones no permiten incursiones salvajes tipo trial, que, por otra parte, nadie buscará en una camioneta de este tipo.

Final feliz
En suma, es una camioneta que aprovecha muy bien el crecimiento y muchas de las ventajas de la casa tanto en lo que respecta a mercadeo –la imagen deportiva vende– como a construcción –la base será la misma del Evo X–, lo que, sumado al completo equipamiento, la convierten en una tentación en el segmento.

Esta variante V6 cuesta hoy 97,7 millones. No es la más barata, pero si no somos tan quisquillosos, se accede a una SUV ligera atractiva y divertida. El ambiente con sabor a carro de carreras puede ser una verdadera tentación para un padre de familia que busca un vehículo familiar de aroma deportivo. Y creemos que a ninguna madre le disgustará.

Revista Automóvil Panameriano

 

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