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Álvaro Uribe Vélez

“Soy consciente de que hay que tener el total control de buen capitán de barco para enfrentar situaciones difíciles, pero si uno está convencido de una cosa, y la profundiza, y luego vienen a distorsionarla con el chismecito de mal gusto, me descuelgo”.

Álvaro uribe Vélez | 27-05-2002

Un hombre complejo

El nuevo Presidente no cabe en ningún molde. Un equipo de periodistas de Semana entrevistó a decenas de personas para descifrar de qué está hecho y cómo gobernará Alvaro Uribe Vélez a Colombia en esta coyuntura crítica.

Conversaban relajados con la tranquilidad de que las Farc enemigas declaradas de Uribe— no habían extendido sus tentáculos a esa ciudad caribeña y alegre. De repente sintieron la explosión y el cimbronazo. El candidato no se alteró. Preguntó si todos estaban bien y les dio instrucciones de no bajarse del carro para evitar que intentaran rematarlos. Calmó al conductor, que estaba alteradísimo, y le dijo que pusiera el campero en marcha. Este lo hizo rodar unos metros pero no pudo continuar. “Está destruido, no me anda más”, recuerda alguno de los presentes que dijo. El senador Maloof estaba mudo, como atontado. Minutos después Uribe, controlado, sereno, salió a los medios a pedir prudencia.

El domingo 14 de abril de 2002 por la tarde Alvaro Uribe Vélez había terminado un almuerzo en la Sociedad Portuaria de Barranquilla y se dirigía al centro de la ciudad. Iba en una Toyota con su asistente Alicia Arango, el senador barranquillero electo Dieb Maloof, los coordinadores de la Costa Atlántica de la campaña y el conductor. Luego se supo que los agresores habían puesto una carga de dinamita que estalló. Un bus que pasaba por la calle amortiguó la onda explosiva. Además, el campero se lo había facilitado a Uribe el socio de unos de los frigoríficos y mataderos de carne más grandes de Barranquilla, Rafael Matera, quien tenía el máximo blindaje posible en su campero pues su familia había sido objeto de varios atentados. Los salvó el blindaje.

No así a varios transeúntes y pasajeros del bus: cuatro murieron y 26 resultaron heridos. “Lo que más lo afectó fue que murieran personas cuando el atentado iba contra él”, dice Alicia Arango, aún hoy dolida con la indiferencia del país ante el suceso, como si sintiera cierta amargura de dudar que quizás el sacrificio no lo hubiese apreciado nadie.

Este es Uribe el templado. Pero hay otro opuesto, el que se sale de casillas con facilidad. Ante una acusación periodística que no le gusta, porque sospecha de su tono o de su motivación, corta de un tajo la conversación. También se prende como fósforo si huele engaño. Algo así debió pasarle cuando se “le soltaron varios puños” contra Fabio Valencia Cossio porque lo encontró sentado en la silla del registrador el día en que él le estaba ganando la gobernación de Antioquia por 4.000 votos a Alfonso Núñez, protegido de Valencia. Uribe explica esta contradicción: “Soy consciente de que hay que tener el total control de buen capitán de barco para enfrentar situaciones difíciles, pero si uno está convencido de una cosa, y la profundiza, y luego vienen a distorsionarla con el chismecito de mal gusto, me descuelgo”.

El contraste revela que el Presidente electo de Colombia no encaja en ningún molde. Aunque cause sorpresa decirlo, por lo mucho que sus competidores intentaron estereotipar su figura, tiene un temperamento complejo, un estilo diferente al clásico político colombiano que lo hace difícil de clasificar.

Uribe Vélez es contradictorio hasta en su apariencia. Bajo, fuerte, con manos anchas de ordeñador, tiene a la vez una expresión juvenil que lo hace ver bastante menor de sus 50 años. Su personalidad también envía señales contrarias. Aunque es solitario y de pocos amigos íntimos es probable que apenas el más cercano, José Roberto Arango, lo acompañe en la Casa de Nariño— es también un buen político. Le sabe el nombre a cada persona y la hace sentir como si fuera la más importante. Tiene la convicción de que hay que dar buen ejemplo desde arriba, y por eso como gobernador despidió a miles de empleados públicos, desbaratando focos de dominación clientelista, y al tiempo no ha escatimado esfuerzos por cuidar a cada uno de los caciques de pueblo que le han puesto votos. Adelantó la política dura de armar civiles en Antioquia —mientras en Urabá el número de homicidios se duplicaba— y al mismo tiempo capacitó a más de 90.000 personas en negociación pacífica de conflictos.

Así que Uribe, estudiante modelo, abogado de la Universidad de Antioquia, con un certificado de administración y finanzas de la Escuela de Extensión de la Universidad de Harvard y especializado en Oxford en estudios latinoamericanos, y también campesino madrugador de carriel, no es fácil de dilucidar. Para entender de qué está hecho, cómo va a gobernar y, claro está, con cuál experiencia y con cuáles ideas y métodos va a ponerle freno al conflicto, es necesario contar su historia, el origen de su talante, desde el principio.

El puritano

El nuevo Presidente de Colombia nació en Medellín el 4 de julio de 1952. A los 5 años su familia se trasladó a Salgar, Antioquia y allí, en una finca de pastizales altos, se crió hasta los 10 años, cuando regresaron a la capital y él comenzó a estudiar con los jesuitas; luego estudió con benedictinos y se graduó con casi cinco en todo de bachiller del Instituto Jorge Robledo.

Su padre, Alberto Uribe Sierra, era un sibarita: un paisa carismático, bohemio, amigo de las rimas, la trova y la tertulia.

Alvaro, su hijo mayor, resultó todo lo contrario. Desde muy niño se aplicó al estudio metódico y obsesivo; se sabía de memoria todos los discursos de Gaitán y las cartas y discursos de Bolívar. Recitaba párrafos enteros de poesía y escribía cuentos, uno de ellos recordado ahora por sus amigos de colegio por su título: Politiqueros y politiquería.

La vena política la heredó de su mamá, Laura Vélez, una mujer excepcional para su época, que fue concejal de Salgar y una de las pioneras en la lucha por el voto de la mujer. “Esa inducción me dejó metido en la política sin salida”, dice Uribe. En efecto, dicen sus amigos que soñaba desde niño con la gloria de partir en dos la historia de Colombia. Cuando tenía 7 años les preguntaron a él y a su hermano Jaime, que murió de cáncer el año pasado, qué querían ser cuando grandes. Alvaro respondió sin titubear: “Yo quiero ser Presidente de Colombia”. Inmediatamente su hermano menor agregó: “Y yo quiero ser el hermano del Presidente”. Jaime estaba acostumbrado a escucharle los discursos políticos que desde entonces ensayaba teniendo como público obligado a todos los primos.

Y es que la exigencia de sus padres no era poca. Su papá era enemigo acérrimo de la pereza (la madre de todos los vicios) y su mamá insistía en la constancia (que vence lo que la dicha no alcanza). Su padre tenía un temperamento muy fuerte y era estricto con él, como lo es ahora Uribe con sus dos hijos, ya universitarios, Jerónimo y Tomás. No obstante Uribe asegura que él ha procurado que sus hijos “se sientan en un ambiente de más cariño”.

El padre de Uribe Vélez fue asesinado el 14 de junio de 1983 durante un intento de secuestro de las Farc en su finca Guacharacas, Antioquia. “Cuando se muere el papá uno mismo lo tiene que reemplazar, y eso es muy difícil”, dice. Su respuesta es literalmente cierta. Se tuvo que poner al frente de los negocios de la familia como hijo mayor de cinco hermanos. Su papá era dueño de 25 fincas con diferentes socios y muchas deudas, y ordenar ese enredo era una carga pesada. Salvó una finca pequeña en Bolombolo, el único patrimonio que le quedó a su familia.

Su papá le inculcó la ruda disciplina campesina que él, siendo tan juicioso, la convirtió en una austeridad de seminarista que lo ha acompañado toda la vida. En su finca de Córdoba —que tiene una de las productividades pecuarias más altas de la región gracias a un original diseño de rotación del ganado— duerme en hamaca, se baña al amanecer en una ducha de agua fría casi al descubierto y va vestido con abarcas de cuero. En su casa reina el ahorro, al igual que en sus campañas, en las que, como en esta última, cada cual se pagaba sus comidas y viajes y el candidato se compraba hasta la última barra de nutrición con su propia plata. En el cierre de cuentas de la campaña, cuando le dijeron a Uribe que se había gastado 28.000 pesos de la tarjeta que le había dado la campaña, protestó porque él estaba seguro de que no había puesto allí ningún gasto. Eran los cargos de manejo. Hicieron la campaña con poca gente —quizás muy poca para su dimensión— y con contribuciones controladas (no recibieron, por ejemplo, donaciones de contratistas del Estado).

Cuando fue estudiante en Harvard y Oxford —aunque ya tenía una trayectoria política— vivió como cualquier primíparo, sin carro, con bicicleta y con fondos escasos.

No ha aflojado en esa vida puritana con el éxito político. Hace yoga y meditación diaria para balancear su energía y domar el carácter, toma poco para evitar los malos tragos y vive en permanente estado de superación personal. Por ejemplo, echando mano a su prodigiosa memoria, aprendió inglés de grande por la necesidad de estudiar en Harvard y hasta el día de hoy sigue acrecentando su vocabulario con un traductor electrónico con el que permanentemente consulta las nuevas palabras y su significado.

Vea segunda parte

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