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ANÁLISIS
Presidente colombiano
Un nuevo presidente trae vientos de cambio, renovación y esperanza. Pero eso no basta.

Los colombianos necesitamos apelar altruistamente a lo mejor que tenemos para forjar la identidad teñida sin aflojar en declaraciones o celebraciones ñoñas.

Por Fernado Estadra Gallego *

Forjar nuestro país

Este 7 de agosto de 2002 Álvaro Uribe Vélez tomó posesión como presidente de los colombianos. Una auténtica constelación de graves dilemas toma cuerpo. Y con la fecha no una flecha, sino la posibilidad de una escalada del conflicto armado. O su contrario, un pacto definitivo que obligue, bajo estrictas condiciones, una negociación efectiva y duradera.

Una nación no se construye sin tributos para mantener la seguridad de sus ciudadanos, incrementar el gasto militar no debe ser el problema. Pero no basta. Hay también más pobreza, más desempleo, más desigualdad social, menos justicia, menos rigor con la riqueza ilícita, menos ganas de luchar para muchos, más distancias ostentosas en la economía doméstica. Con un presidente elegido no parece que se resuelva todo, aunque muchos así lo crean. Nación quiere decir más que presidente. Necesitamos algo complementario.

El 7 de agosto importa. Una fecha, una cita histórica, una nueva oportunidad. Ha sido así desde los tiempos de la Polis griega. Se reúne a la asamblea y el escogido dirige al auditorio un discurso que se vuelve relevante. Cada palabra es como un primer paso para todos. El discurso epidíctico forja los valores compartidos. En medio de los compatriotas, el presidente marca una ruta que puede ser definitiva. En Colombia esto no ha sucedido por muchos años. Décadas. Álvaro Uribe Vélez encarna una extraña condición, poco visible en los últimos presidentes, estatura de estadista y una personalidad laboriosa puritana (de derecha radical, según Caballero). El 7 de agosto todos nos movemos de nuevo en el ámbito de posibilidades. E importa mirar hacia el futuro. De esto se trata.

La personalidad colombiana

Hace dos años Eduardo Posada Carbó repasaba las reflexiones del profesor Jaramillo Uribe en sus ensayos La personalidad histórica de Colombia (Bogotá, El áncora, 1994) destacando la afirmación de Jaramillo Uribe: "Colombia bien puede ser llamado el país americano del término medio". La mesura de la personalidad colombiana ha tenido su más claro reflejo en sus expresiones políticas. Nada de cierto tiene concebir el panorama de realidades complejas en Colombia como propio de una polarización, excepto hurgando en un estilo algo hiperbólico.

Nos conviene traer estas consideraciones ahora por tres razones: por el imperativo presente que nos exige rigor en el lenguaje analítico para acompañar con frecuencia los calificativos que damos a nuestra propia identidad nacional. Segundo, porque un nuevo período presidencial suele acompañarse por una voluntad de renovación para afrontar las diversas crisis que vive el país y, tercero, porque conviene que el pensamiento académico adquiera un espíritu reflexivo con las realidades cotidianas, abandonando ese estilizado aire de erudición al vacío.

Pero no olvidemos que el panorama social y político se orienta también de acuerdo con los estados de ánimo, con las emociones que va logrando fijar un determinado lugar en la economía de la nación. Y los valores que forjan un país dependen estrechamente de tales emociones. Vivimos tiempos de emociones mezcladas que oscilan entre el optimismo y el pesimismo. Al optimismo de unos pocos le sobrepasa el pesimismo de la mayoría.

Esto lo hace más inteligible Antonio Gramsci, pensador de izquierda, quien escribiera en una carta desde la cárcel que: "Hay que observar que muchas veces el optimismo no es más que una manera de defender la pereza propia, la irresponsabilidad, la voluntad de no hacer nada. Es también una forma de fatalismo y de mecanicismo". Esta contundente declaratoria comprende una crítica subyacente a la ingenuidad, y de paso nos sirve como espejo para interiorizar que las clamorosas llamadas a "partir de cero" o "hacer borrón y cuenta nueva", no son consecuentes con una mente y un corazón patrio sano. Los colombianos necesitamos apelar altruistamente a lo mejor que tenemos para forjar la identidad teñida sin aflojar en declaraciones o celebraciones ñoñas.

Forjar nuestro país

Gramsci repunta el llamado de atención sobre la necesidad de concretar una inteligencia política anticipándose a Richard Rorty. Pero con Rorty el pensamiento sobre cómo forjar el país cobra matices de suficiente actualidad. Desde las posibilidades que se tiene para concretar el significado de la identidad nacional, el orgullo patrio y forjar los valores que dependan de un propósito colectivo. Colombia necesita repetir conscientemente estas condiciones y los colombianos hacerlas propias con el fin de salir del estado crítico que hoy tenemos.

Citaremos el párrafo inicial de su ensayo: Achieving Our Country (Harvard University Press, 1998) porque modula el espíritu del presente comentario sobre cómo forjar a Colombia:

"El orgullo nacional es para los países lo que la autoestima para los individuos: una condición necesaria para su autorrealización. Un exceso de orgullo nacional puede generar belicosidad e imperialismo, igual que demasiada autoestima puede generar arrogancia. Pero, igual que una autoestima demasiado baja le hace difícil a una persona demostrar su coraje moral, un insuficiente orgullo nacional no favorece un debate contundente y real sobre política nacional. Para que ese debate sea imaginativo y productivo, se necesita una implicación emocional con tu propio país, sentimientos de una gran vergüenza y orgullo encendido que sean evocadas por las distintas etapas de su historia y por las distintas políticas nacionales de hoy en día. Seguramente ese debate no se producirá a menos que el orgullo se sobreponga a la vergüenza".

Hay dos caracteres en la cita de Rorty que resultan pertinentes. Por un lado el argumento de inclusión que le sirve de apoyo y, por otro, la insistencia en las condiciones de emoción personal y debate político como referentes necesarios para plantear el problema del patriotismo.

El orgullo nacional es análogo próximo de la autoestima personal y viceversa. Ser nación requiere una emoción de orgullo. Se aplicaría bajo una sana interpretación la propaganda que circula ahora en los medios de comunicación en Colombia: hablar mal del país, es hablar mal de uno mismo. Pero ni es en verdad lo postulado por Rorty, ni es la filosofía de un gobierno que culmina su fracasado período como el del presidente Pastrana. Donde Rorty habla de orgullo nacional también piensa que el mismo se forja en el debate político. Pastrana apela a la falta de orgullo como un reproche entre niños malcriados. Una patadita. Rorty hace depender la emoción del orgullo patrio de la capacidad narrativa, pública y controvertible, sobre aquello que piensan los ciudadanos de su país. En Colombia se dice patria para pensar en el himno o la bandera o una celebración de oportunismo político mediante una gesta deportiva o el triunfo de una cantante. Decir nación sugiere unidad evocatoria de unos hechos y unos acontecimientos sin los cuales se pierde cada uno en la nada. Uno puede decir patria sin nación o nación sin patria. Algo como identificarse como una nación sin Estado. Una breve reflexión sobre este punto.

Nación sin Estado

La historiografía nacional nos deja mal parados. "¿Pueblo sin nación?" se pregunta Marco Palacios en la introducción a su libro De populistas, mandarines y violencias (Bogotá, Planeta, 2001). La pregunta lleva implícito un legado de tradiciones sociales y políticas inacabadas, en deuda con un proyecto maduro de Estado Nación moderno. Palacios describe como propio de nuestra inconclusa nacionalidad "la precariedad del Estado". 2Cuando decimos Estado débil, decimos simultáneamente Nación débil". Las dimensiones separables entre el mercado y el Estado, entre la iglesia y el Estado, entre el Estado y la escuela, el Estado y los medios, todos esos conjuntos de necesaria ruptura y discontinuidad que orientan la política moderna, según Michael Walzer, entre nosotros han fallado.

Para Palacios el trasunto de la debilidad estatal es aún la más acusada debilidad de la conciencia nacional. Por eso banalizamos con pasmosa facilidad las tragedias cotidianas del conflicto armado. Muy pocos quieren percatarse de un hecho obvio: que nos estamos asesinando entre colombianos; que estamos destruyendo nuestro patrimonio colectivo; que proseguimos ciegamente sembrando odio. Maniqueos anacrónicos, hemos inventado un enemigo interno, y con implacable lógica fraticida aceptamos que el enemigo interno hay que exterminarlo.

En este pasaje un reclamo agudo y una causa clave de la crisis. La ceguera que ha sido conducente a extremos de barbarie, la de ignominia que trazan un doloroso expediente contra la personalidad colombiana. La causa más grave: "La debilidad de la conciencia nacional". Llegamos de nuevo a Rorty. La pregunta final es cómo podemos en tiempo presente fortalecer la conciencia nacional, cómo aportarle al país su dignidad, sus valores propios en medio de tal diversidad de conflictos e intereses.

Gobernabilidad

Rorty, en una entrevista concedida antes de la publicación de su libro, menciona dos cosas que deberían ocupar la alternativa a la crisis de identidad nacional: Primero, la defensa de los programas de gobierno, antes que los principios, segundo, el pragmatismo para llevar a cabo las reformas necesarias.

No son propiamente problemas de doctrina ideológica los que están determinando nuestra severa crisis en Colombia, son proyectos de gobernabilidad democrática mal fundados o llevados a la práctica por una clase política incompetente.

Sobre el necesario pragmatismo de la política democrática, Rorty lo coloca en los siguientes términos: "Necesitamos frenar la inmensa incertidumbre que nos causa los cambios que se deben provocar en nuestra cultura y en nuestro país. Debemos reemplazar esta conciencia débil y dubitativa por propuestas para cambios en el legislativo. Cambios que tienen que obrar de inmediato sobre las costumbres de resignado desaliento: tenemos el deber de seguirlo intentando, a pesar del letargo y el egoísmo, una mayor oportunidad social de los más necesitados y una sociedad menos desigual en lo económico y en lo político".

Nos quedan numerosas inquietudes, todas ellas para pensar y forjar a Colombia en un tiempo en el cual parece desfallecer toda iniciativa optimista, pero como lo observó estrictamente Gramsci, es un compromiso de inteligencia política mantener una vocación moral por el cambio y el mejoramiento de nuestro país.

(*)Director del Seminario Problemas Colombianos Contemporáneos, Escuela de Economía, UIS.

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