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| Álvaro Uribe: ¿patriotismo republicano o estado comunitario? |
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Álvaro Uribe opone la sociedad de los iguales ante la ley contra la sociedad de los idénticos según la peculiaridad de los temores y las venganzas de grupos.
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Fernando Estrada Gallego analiza la campaña de Uribe Vélez

El Estado comunitario

No es enfático ni convincente el señalamiento que se hace de Uribe Vélez como candidato del paramilitarismo, con todo y la inclinación a su favor que tiene también la tesis sobre las fuerzas oscuras detrás de su campaña, los gamberros dispuestos al oportuno aprovechamiento de las circunstancias que hoy vive el país para desatar "autorizados" una escalada de tierra arrasada sobre quienes no compartan sus ideas de un país sin guerrilla, sin sindicatos, sin opinión crítica, sin maestros, sin locutores. Es decir, un país sin país.
A este ambiente enrarecido se suma el peligro de polarizarlo todo, llegando a unos niveles francamente vergonzosos, algunos formadores de opinión maximizan las condiciones del peligro al no colocar el acento donde se debe. Los columnistas dominicales, con excepciones, parecen estar dedicados a aceitar con sangre la maquinaria de los acontecimientos apocalípticos que llevan el día a día de la semana. Construyen falsos dilemas (guerra o paz, derecha o izquierda). El país se va llenando de estereotipos para calificar a quienes piensan distinto. Los puntos de vista que no caben en los extremos sencillamente se ignoran o se obligan a pertenecer a los ideales fanáticos de una u otra campaña. Pero no son así las cosas. El análisis requiere separación. Veamos.
Inteligencia política
Lo primero es tener claro las intenciones de maniobra política que toda campaña electoral lleva consigo. En una democracia es admisible que los candidatos presenten sus ideas en controversias públicas, que sustenten con argumentos las diferencias de matices que tienen sus programas, que eleven con sus debates la cultura política de una nación. En Colombia no. Ni se han tenido debates donde prevalezca la razón pública, ni se permite el libre ejercicio de movilidad de los candidatos. A la política se le impone la amenaza, el silencio o en el más común de los casos, la muerte. Guerra total se dice, sin que nadie se cuide de preguntar los alcances terribles a que dichos términos dan lugar.
Segundo, citar el caso de Álvaro Uribe Vélez viene al caso por dos razones. Porque los críticos de su campaña se amontonan para satanizar toda declaración suya, todo apunte, todo gesto, todo sobre todo. Algo que, sin saberlo, le ha servido para colocarse en una posición envidiable para el talento natural que tiene como político. Y le sobra. Como un corredor de montaña, poco a poco ha ido dejando a sus competidores en el asfalto, extenuados. Ha demostrado cómo se hace política en los tiempos modernos para una democracia de instantes: con una definición estricta de fines y medios, con sagacidad para medir tiempo y espacio, con tacto, contundente en sus apuntes, con los problemas más sentidos de la gente en su cabeza. No hace derroche de palabras y libera dudas ahí donde nadie quiere dudar. Este es el peligro, sin embargo.
Un texto ilustrativo
La otra razón, más relevante. Las ventajas electorales del candidato dan una mayor prelación al análisis que deberíamos tener sobre sus argumentos de gobierno. Aquí hay dos caras de una moneda: por un lado los argumentos que nos permite visualizar el tipo de país que tiene en mente, por otro, las condiciones de hecho que van a darle fundamento a tales propuestas.
En su entrevista para Lecturas Dominicales el candidato hace la siguiente afirmación:
(1) No soy de extrema derecha ni de derecha. Soy un demócrata que cree en la autoridad. (2)Participo de los objetivos de la socialdemocracia: crear empleo productivo, profundizar la descentralización y avanzar en la seguridad social. (3) Soy amigo de la intervención del Estado, no para obstruir, sino para garantizar la equidad. (4) Por eso, y porque no acepto importaciones desbocadas que arruinen nuestros sectores productivos, rechazo el neoliberalismo. (5) Creo en el Estado comunitario, con creciente participación ciudadana.
Se advierten aspectos cuya propiedad analítica dan para convertir el párrafo en una pieza de clave densa. Ordenemos esto.
(1) Contesta a una inculpación con una estratagema ad hominem. La inculpación que lleva implícitamente la equivalencia entre "extrema derecha" y "paramilitar". La sobredosis del término "derecha" tiene una carga negativa de la cual se quiere liberar. Define y corrige un lugar común, la relación aparentemente antagónica entre "democracia" y "autoridad". Un golpe de suerte unido a la terquedad del argumento le ha valido al candidato credibilidad entre un sector amplio de potenciales electores.
(2) Induce una relación políticamente correcta dentro de las reglas globales del debate sobre modelos de gobierno. Un candidato debe jugar corrigiendo las tesis de sus oponentes. Mientras Serpa patina hablando de socialdemocracia, Uribe la pone ante los ojos en un dos por tres.
(3) Las reglas de la política en las sociedades democráticas tienden a un término medio, hoy cobra vigencia la hipótesis de un Estado mínimo que garantice algunos preceptos del Estado Liberal.
(4) Un argumento erístico, los valores rechazados por una mayoría como dañinos deben repudiarse en público. Neoliberalismo es un término con amargas evocaciones para el ciudadano común.
(5) Un vínculo enteramente problemático en teoría política clásica: Estado-Comunidad, se ha ido convirtiendo en un lenguaje alternativo para hacer política en el nuevo milenio.
Estado Comunitario
Nos ocuparemos de (5) para un comentario especulativo sobre las representaciones que tiene el candidato sobre el Estado.
Uribe Vélez en su evocación del Estado Comunitario busca recavar en el fondo un sentimiento de pertenencia que refuerce las nociones abstractas de ciudadanía participativa pero estilizado a través de la argumentación institucional de esta: seguridad, orden, igualdad, justicia. Algo que sin alejarnos del respeto a la ley nos dé el calor de la tribu. Reiterando la necesidad de rodear al Estado en su corrección de los violentos, hace gala de un comunitarismo que protege los intereses de todos mediante relaciones y vínculos de familia.
Sin embargo, también los contenidos de su declaración parecen provenir de una raíz común a la defensa del patriotismo republicano. En la argumentación por la defensa de un Estado comunitario encontramos ideales propios de la república romana, de los que derivan versiones modernas de Maquiavelo, que lo centró en el amor a la libertad común y en las instituciones que la sustentan pero no en la homogeneidad cultural. Este patriotismo se opone a la visión nacionalista: para los patriotas, el valor principal es la república y la seguridad que permite; para los nacionalistas los valores principales son la unidad espiritual y cultural de cada pueblo.
El problema con la proclama de seguridad y orden del Estado comunitario en Uribe Vélez es que tiene mercenarios dispuestos a interpretar en términos no políticos este llamado. Militarmente un ejército ilegal se sentirá a sus anchas para llevar a cabo acciones lesivas contra la humanidad de sus enemigos. Esto puede tener graves consecuencias. Uribe ha insistido en permitir las armas "cortas" para un millón de patriotas dispuestos a denunciar a los "delincuentes". Una patente de corzo, sin más. No vivimos en un país con suficiente estabilidad de sus organismos militares y los miembros de las organizaciones secretas. Es la amenaza. Quienes tienen cuentas pendientes de venganza procurarán las ventajas que se le dan para cometer crímenes en la impunidad.
La ciudadanía, debería saberlo el candidato, no nace de los lazos de nacionalidad. Los pueblos más homogéneos cultural, religiosa o étnicamente no son los que tienen mayor espíritu cívico. Por el contrario, tienden a ser intolerantes, prejuiciosos, aburridos. Una barbarie encubierta. O la tiranía. La verdadera política democrática, se basta para construir la ciudadanía. No necesita ayudantes incómodos.
La moral del guerrero
Uribe Vélez cabalga a lomo por ideales de patriotismo sin advertir aparentemente con su convocatoria los riesgos implícitos de arrastrar celos políticos excluyentes. Muchos colombianos que experimentan hoy un sentimiento de inferioridad en Miami o en alguna de las ciudades del país, verán reforzado sus prejuicios de minoría. Grupos que no corresponden propiamente a una organización política sino militar, formados por el mito de un valor natural, en una prehistoria idealizante, en una ideología que no está destinada a justificar una realidad sino a transformar aquella ante la que se encuentra, se verán de lleno liberados por fin para dar batalla contra los enemigos de la patria. Quiénes sean estos enemigos no es un asunto de estrategia sino de moral, sólo que se impondrá la moral del guerrero.
¿Estado comunitario? ¿Patriotismo republicano? ¿Nación de ciudadanos? Teóricamente cada fórmula comprende sus más y sus menos, pero en Colombia las tres dan en común para afrontar el mismo problema: el despedazamiento de un Estado débil históricamente en nombre de la homogeneidad política y militar contra los enemigos. Pretender controlar los elevados índices de daño al país "armando" a los patriotas para que vigilen a los demás, es probablemente pagar un costo demasiado alto. En otros términos, Álvaro Uribe opone la sociedad de los iguales ante la ley contra la sociedad de los idénticos según la peculiaridad de los temores y las venganzas de grupos.
Lo que no se oye
Convendría exigir mayor claridad sobre la letra menuda de sus propuestas en materia de seguridad. Nada o poco se oye sobre los mecanismos prácticos de protección social y educación pública para luchar contra las dos lacras que imposibilitan una ciudadanía, a saber, la miseria y la ignorancia. Y presuponen un respeto a la legalidad compartida que veda los sectarismos tanto de guerrilleros como de paramilitares. El cociente de un Estado comunitario en las actuales circunstancias de desprotección y pobreza que vivimos en Colombia podría ser incompatible también con la apremiante necesidad de respuesta a los graves desequilibrios económicos y políticos, a los tremendos niveles de impunidad y el deterioro en la calidad de vida de una mayoría.
No que el candidato, repito, tenga necesariamente los atributos de espartano que le acreditan sus enemigos. Con lo demostrado comparativamente se le ve políticamente por encima de sus inmediatos contendores. Con independencia de quienes le siguen, Uribe ha librado una campaña inteligente, o al menos superior a los demás. El compromiso no explícito que facilitan sus declaraciones es la solidaridad de quienes sí quieren representar hasta sus últimos días a la extrema derecha.
Votebien.com/Fernando Estrada Gallego
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