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El mercado ha terminado por distorsionar las relaciones de separación que deben existir entre las diferentes esferas del poder político hasta confundirlas en un solo volumen de intereses privados.
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Comentarios a Joseph E. Stiglitz

La economía del Estado comunitario

Se publicó recientemente un artículo del premio Nóbel de Economía, Joseph E. Stiglitz, que resume con todo rigor el comportamiento de las economías débiles (caso Argentina) frente a las políticas del FMI y que de paso coloca la cuota inicial para evaluar las fatales consecuencias de una extralimitación de la esfera del mercado en democracias como las de América Latina. En este ensayo Fernando Estada Gallego* repasa los argumentos de Stiglitz identificando los alcances que tiene su crítica a las políticas del FMI y su relevancia con respecto al panorama político colombiano.
La encrucijada colombiana
El argumento de Stiglitz
La virtud epistémica que tiene el argumento de Stiglitz se puede colegir en tres aspectos interrelacionados. Primero, desenmascara las falacias de sentido común en lo que respecta a las verdaderas causas de la crisis Argentina: déficit grande, corrupción y mal manejo. El juicio que según muchos economistas de EE.UU. explica los tremendos reveses que ha sufrido este país. La salida a esta crisis no se dio por la desobediencia de los argentinos a las políticas del FMI: recorte del gasto, control fiscal, privatización a fondo. La postura de Stiglitz sugiere que los consejos del FMI a la Argentina son tan erráticos como el trazado de sus políticas económicas para el resto de la región.
Una a una estas falacias de causalidad son puestas en entredicho. No sólo son factores endógenos como la corrupción o el mal manejo de las políticas económicas las principales causas, sino factores exógenos: la tasa de cambio, la depresión económica que las políticas del fondo acarrearon, la falta de medidas afortunadas para contener las fugas de capitales y el escape de los mismos a mercados de capital abierto. Estos factores exógenos liberaron progresivamente una crisis que ya no se pudo contener.
"Como la mayoría de los economistas ajenos al Fondo, creo que en una depresión económica recortar los gastos sencillamente empeora las cosas: los ingresos por impuestos, el empleo, así como la confianza en la economía, también sufren mengua". El dilema que se plantea para los tecnócratas de las economías convalecientes es como responder a las demandas fiscales que provienen de compromisos con la banca internacional sin agobiar aún más la estrechez de recursos propios. Stiglitz subraya lo equivocadas que son las políticas de pretender solucionar la crisis mediante un ajuste inequitativo como los recortes al gasto pensional, pues no son los que generan desvalance a nivel macroeconómico.
La clave del dilema macroeconómico en el caso de Argentina como en el resto de los países de la región hay que buscarla en las reformas económicas emprendidas en la década de los 80. En el caso colombiano este período tiene su auge con el Gobierno Gaviria. Con un lenguaje de gallinero el "revolcón" abrirá de par en par las puertas al comercio internacional, la modernización del país se confunde con la importación de bienes suntuarios y maquinaria pesada. Las ventajas comparativas, aún en el caso del mercado con los países andinos, resultó fallida. El efecto neto de esta apertura a la economía neoliberal deja pérdidas cuyos efectos hoy son contundentes a nivel del desempleo y la pobreza. Los responsables directos en la aplicación de este modelo anómalo son las entidades cuyo poder político ha traspasado fronteras como el FMI.
Otra falacia que descubre Stiglitz es la suposición de que al reducir el déficit los países endeudados verían un mayor incremento de las inversiones extranjeras. Para el caso de la Argentina no fue cierto. Dos razones son suficientes como explicación, primero, las inversiones requieren un mercado lo suficientemente saludable como para operar dentro de principios de demanda razonables; segundo, la confianza que depara una estabilidad de orden macroeconómico. Las consecuencias no se hicieron esperar, se incrementó el desempleo y los rendimientos de la economía se vinieron al suelo.
Sumando. El problema de la economía Argentina así como el resto de las economías de la región no se resuelve imponiendo medidas de recorte al gasto interno ni afectando la seguridad social de los ciudadanos. Las causas profundas de esta crisis son factores exógenos que provienen de medidas erráticas de las entidades del mercado internacional y de la severa recesión que cobijó a países como México y Brasil. Una salida consiste en favorecer la apertura de los mercados de países ricos a los productos de los países pobres con todos los efectos de viabilidad comercial que dichas medidas imponen.
El lado oscuro del mercado
Con las ventajas analíticas que ofrece la postura de Stiglitz, podemos complementar su crítica en dos direcciones: (1) refiriendo cómo esta crisis económica viene refrendada por un grave deterioro de las instituciones democráticas (incluidos los partidos políticos) y (2) cómo la esfera del mercado ha desplazado las capacidades del poder político del Estado convirtiéndolo en parte de sus propios intereses.
La Modernidad política puede interpretarse como el arte de la separación y el liberalismo como fundamento del mismo, como bien lo define el filósofo Michael Walzer. Separación entre el Estado y la Iglesia, la universidad, la familia, la sociedad civil, la comunidad política, el individuo. El caso es que, con excesiva frecuencia, en la tradición política y la formación de los Estados en América Latina estas separaciones no han tenido lugar o si la han tenido ha estado marchitada por procesos de desagregación económica y política.
En Europa y los Estado Unidos el éxito liberal consistió en proteger un gran número de instituciones del poder político con lo que se limitaron los alcances del mismo. La limitación del poder fue un logro conseguido mediante la práctica del arte de la separación, pero ese mismo logro ha podido allanar el camino del poder privado. Hoy esas fronteras entre lo privado y lo público han degenerado a favor de los intereses del mercado por vía de la globalización económica. Aquí podemos encontrar el origen de las aberrantes medidas que se han tomado para privatizar los servicios públicos. El Estado social de derecho ha terminado cediendo poder a la imposición descontrolada de una economía en manos de entidades paraestatales como el FMI.
Las políticas económicas del Fondo Monetario Internacional para los países de América Latina han superado los límites del mercado (libre) de tres maneras, estrechamente relacionadas entre sí. En primer lugar, las flagrantes desigualdades sociales de riquezas generan su propia forma de coerción de modo que hay numerosos intercambios que sólo son libres en un sentido puramente formal. En segundo lugar, algunas de las manifestaciones del poder del mercado, en estructuras sociales asimétricas, engendran modalidades de dirección y obediencia en las que, incluso, las formas del intercambio llegan a confundirse con el poder político. El caso de Argentina es patético, las recomendaciones de las entidades financieras terminaron minando la propia capacidad política de los gobernantes, los circuitos de poder económico asfixiaron las iniciativas de los presidentes. En tercer lugar, la riqueza extrema, al igual que la propiedad o el control de las fuerzas de producción, se transforma fácilmente en poder puro, es decir, en poder en el más estricto sentido del término: de este modo, el capital echa mano con regularidad y con éxito del poder coercitivo del propio Estado.
Con la apertura económica de los 80 los países de América Latina no sólo carecieron de firmeza política sino de percepción. La mayoría de los teóricos de la economía no se percataron literalmente de la riqueza individual y del poder de las grandes compañías como fuerzas sociales dotadas de un peso político propio y diferente al de su valor en el mercado. La retórica del mercado libre y las ventajas comparativas fueron a la par de una demagogia de rebaja de aranceles para el comercio con los países ricos. Nada de esto sucedió. Una miope liberación de los flujos de capital corrió paralela a las medidas condicionales del intervencionismo de Estado. La credulidad en la transparencia del capital financiero se llevó por delante las propias competencias del poder político hasta irlo menguando poco a poco.
Lo que ha identificado Stiglitz para el caso de la Argentina vale para lo sucedido en el resto de países de la región andina. El libre intercambio no se sostiene por sí solo; necesita sostenerse en instituciones, reglas, hábitos y costumbres. Pero este es un defecto histórico no siempre claro para quienes trazan las políticas de desarrollo de estos países. El Estado no tiene el poder suficiente para separar las políticas del mercado capitalista, no restringe las concentraciones de capital y no estimula costumbres sanas en el marco de la esfera económica. Más, el Estado no ha tenido la fuerza suficiente para imponer la expropiación de capitales provenientes de negocios ilícitos como el contrabando y el narcotráfico. El mercado ha terminado por distorsionar las relaciones de separación que deben existir entre las diferentes esferas del poder político hasta confundirlas en un solo volumen de intereses privados.
Una riqueza incontenible, ilimitada, ha quebrado las condiciones de estabilidad social de los países de la región. Sin capacidad de manejo político los gobernantes han tenido que limitar su desempeño a resolver los desastres económicos causados por el déficit. Una insuperable brecha de poder separa a los ricos de amplios sectores sociales marginados. La esfera económica traslada sus fronteras más allá del resto de esferas del poder político y cohesiona las propias capacidades de los ciudadanos. Nadie pone en duda la conversión de riqueza en poder, privilegio y posesión. Este es el lado oscuro del Mercado.
Segunda parte: la encrucijada colombiana
(*) Director del Seminario Problemas Colombianos Contemporáneos,Escuela de Economía, UIS.
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