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ANÁLISIS
Candidatos 2002
Horacio Serpa y Álvaro Uribe, testigos del fraccionamiento del liberalismo.

La división que se consumará el próximo 26 de mayo será formalmente la primera desde la registrada en 1982, cuando el electorado liberal se fraccionó entre las candidaturas de López Michelsen, y la del entonces senador Galán Sarmiento.

Los partidos ante las elecciones

División liberal versión 2002

Con dos candidatos presidenciales, el liberalismo llega a las urnas con una inédita división nada parecida a la de 1982. Cuatro caras del partido en el tarjetón.

Las elecciones del próximo 26 de mayo, en las que unos 24 millones de personas se encuentran habilitadas para votar, servirán no solamente para iniciar la selección democrática del nuevo Presidente de la República.

A los primeros comicios presidenciales del siglo XXI, Colombia asistirá también a la formalización de una nueva y, quizá, irreversible división liberal.

Marginada casi por completo de la agenda de campaña, la división enfrenta a los candidatos Álvaro Uribe Vélez, de Primero Colombia; y a Horacio Serpa Uribe, del Partido Liberal Colombiano, quienes, dicho sea de paso, han obviado casi toda referencia a aspectos propios de un debate entre disidencia y oficialismo.

La ausencia de controversias en la actual campaña sobre el grado de división liberal ha sido explicada por los analistas como una consecuencia del repliegue en que se encuentran los partidos políticos, reflejo de una crisis aún mayor.

Por lo demás, resulta curioso el hecho de que, hasta el momento, la candidatura disidente supera en intención de voto a la del candidato oficial del partido.

Se trata de un panorama inédito a la luz de lo que ocurrió, por ejemplo, en 1982, cuando las críticas a la disidencia de Luis Carlos Galán Sarmiento y los llamados a la unión caracterizaron el debate político, en un momento en que el favoritismo electoral de éste nunca superó al del ex presidente Alfonso López, su contrincante en las urnas.

Veinte años después, los reproches a los protagonistas de la actual disidencia son inexistentes, no sólo por el favoritismo de Uribe sobre Serpa en las encuestas, sino porque, contrario a otros años electorales, el liberalismo ha canalizado estas pugnas mediante consultas internas, convirtiéndolas en mecanismos eficaces para el manejo de eventuales escisiones por parte de precandidatos derrotados.

De cualquier modo, la situación no deja de sorprender, si se tiene en cuenta que la división que se consumará el próximo 26 de mayo será formalmente la primera desde la registrada en
1982, cuando el electorado liberal se fraccionó entre las candidaturas de López Michelsen, y la del entonces senador Galán Sarmiento, quien casi tres años antes –con apoyo de influyentes sectores lleristas- había fundado en Rionegro
(Antioquia) el Nuevo Liberalismo.

El ausentismo de mayores controversias frente a esta escisión tiene también que ver con la invocación multipartidista que ambos candidatos han hecho en sus respectivas campañas, en un
claro intento por obtener votos de sectores políticos distintos al liberalismo, un partido con el que, según la encuesta Voz y Voto, sólo se siente identificado el 33% por ciento de los electores.

Rotuladas con los nombres de Primero Colombia y Compromiso Social, las candidaturas de Uribe y Serpa, ambas liberales, han tocado angencialmente el tema de la división liberal, más la segunda que la primera.

Razones

La razón, según los expertos, obedece al afán de impedir que una excesiva identificación liberal con cualquiera de ellos les prive de las ventajas propias del perfil pluripartidista que cada quien quiere darle a su aspiración, sin renunciar -simultáneamente- a los dividendos electorales que supone en un país de históricas mayorías liberales la pertenencia a dicho partido.

Las pruebas, tanto de lo uno como de lo otro, abundan: Uribe Vélez, por ejemplo, no ha renegado de su militancia liberal, colectividad con la que se sigue identificando plenamente.

Más aún, parece sentirse cómodo bajo el apelativo de "candidato liberal disidente" con que a menudo es tratado por los medios y por los propios políticos en el curso del debate electoral.

Pero, y en una demostración de su pragmatismo en tiempos de crisis para los partidos, el ex gobernador de Antioquia tampoco ha dejado de mencionar que su "campaña está abierta a todos los que compartan el ideal de cambio democrático" que, según dice, encarna su movimiento Primero Colombia.

Uribe ha utilizado muchas veces el mismo giro idiomático para explicar las innumerables adhesiones recibidas por sectores tan disímiles como la del Directorio Nacional Conservador y
la de los movimientos nacidos de grupos guerrilleros reinsertados como Esperanza, Paz y Libertad.

La situación no es distinta en las toldas serpistas. La prueba reina del espíritu multipartidista de su campaña tiene que ver con la militancia de su compañero de fórmula a la
presidencia: el jurista y ex magistrado conservador José Gregorio Hernández, un hombre ajeno hasta entonces a la política.

No es la única demostración de que en el liberalismo de Serpa pueden converger simpatizantes de todos los partidos. La candidatura ha privilegiado el nombre de Compromiso Social, un esfuerzo destinado a aminorar el impacto negativo inherente a una designación exclusivamente liberal.

La identificación de Serpa con su partido no
ha sido, ni mucho menos, camuflada. De hecho, el
logotipo rojo y blanco dominado por una ele ligeramente inclinada que identifica a la colectividad, sigue presente en el tarjetón, como prueba de la importancia crucial que la campaña concede a la matrícula liberal de la candidatura.

Sea como fuere, lo cierto de todo es que la división liberal está presente en varias de las 22 fotografías del tarjetón, además de las de Uribe y Serpa.

Junto a la disidencia de Uribe, quien ganó varias elecciones parlamentarias con el aval de su partido, aparece la de Francisco Santos, heredero de una dinastía liberal dedicada al periodismo y que cuenta entre sus ascendientes a un tío-abuelo que fue presidente de Colombia y a un bisabuelo
santandereano que luchó en las filas liberales durante la Guerra de los Mil Días.

Eso sin contar, la militancia liberal de su primo Juan Manuel, hoy ministro de Hacienda, ex ministro de Comercio Exterior y último Designado presidencial entre 1993 y 1994.

No es el único disidente. Además de la fórmula Uribe-Santos figuran el ex ministro de Gobierno Fabio Villegas, quien como funcionario de confianza del ex presidente César Gaviria a
comienzos de los 90, ha sido señalado siempre de haber sistematizado las cuotas burocráticas dadas a los parlamentarios durante la administración de su mentor político.

En una categoría diferente se encuentra Ingrid Betancourt, la secuestrada candidata del Partido Verde Oxígeno, que en 1995 rompió con su partido a raíz de sus críticas al presidente Ernesto Samper, por el sonado escándalo del proceso 8.000.

Betancourt fue elegida en 1998 al Senado a nombre del movimiento Oxígeno Liberal, obteniendo entonces la más alta votación del país, lo que la convirtió en una interlocutora esencial en el trámite de las malogradas reformas políticas
propuestas por el presidente Andrés Pastrana, una vez instalado en la Casa de Nariño.

Sus desavenencias con su propio partido la llevaron a crear el Partido Verde Oxígeno, con el que se catapultó como candidata presidencial.

¿Un maleficio?

Desde 1978, año de una aguda división -entre lleristas y turbayistas- el partido liberal ha perdido justamente cuando han fracasado sus esfuerzos por solucionar democráticamente
sus pugnas.

En ese año, el Consenso de San Carlos, según el cual las elecciones parlamentarias se convirtieron en una especie de primarias, legitimaron la candidatura de Julio César Turbay
Ayala, quien resultaría electo, si bien por estrecho margen, en junio de ese mismo año.

De consenso no hubo nada en 1982, cuando el ex presidente Alfonso López Michelsen fue proclamado candidato en septiembre de 1981 en Medellín, sin haberse logrado un acuerdo satisfactorio con el ala galanista del partido que pedía mecanismos democráticos para la escogencia del candidato.

Resultados diferentes se obtuvieron en 1986, cuando Galán aceptó que las legislativas de marzo jugaran un papel similar al del Consenso de San Carlos, facilitando la elección de Virgilio Barco Vargas, el candidato que menos resistencia despertaba entre el Nuevo Liberalismo.

También en 1990, el triunfo liberal de César Gaviria coincidió con un año de consulta interna por vía de las urnas, la primera, en la que éste se enfrentó a los precandidatos Hernando Durán, Ernesto Samper, Alberto Santofimio, William Jaramillo y Jaime Castro.

Situación similar se dio en 1994, cuando el presidente Samper triunfó en la consulta que lo enfrentó a precandidatos tales como Humberto de la Calle, Carlos Lemos Simmonds, Carlos Lleras de la Fuente, David Turbay Turbay y Rodolfo González
García.

En 1998, por el contrario, Horacio Serpa fue ungido candidato por aclamación ante el fracaso de la DNL para lograr que los precandidatos aceptaran someterse a una consulta interna, la
cual para muchos de ellos carecía de garantías.

Los contradictores de Serpa -Humberto De la Calle Lombana, Juan Manuel Santos y Carlos Lleras de la Fuente- adhirieron unos a la candidatura de Andrés Pastrana y otros a la de Noemí Sanín.

En 2002, la ausencia de consulta para la escogencia de un candidato único ha sido explicada como imposible a la luz del rápido favoritismo que logró Uribe el año pasado, lo que,
además, para muchos habría sido desgastante para Serpa, al someterle a un debate que consideraban innecesario. A cambio, el partido optaría por una encuesta.

De cualquier manera, el 26 de mayo, y nuevamente sin consulta interna, el oficialismo liberal intentará romper esa especie de maleficio que le ha acompañado en su historia "postfrentenacionalista", según el cual su candidato ha perdido las elecciones presidenciales justamente en aquellos años en que ha sido incapaz de realizar procedimientos más democráticos para la escogencia de un aspirante único a la Presidencia de la República.

Colprensa/Votebien


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