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ANÁLISIS
Presidente Bush y Álvaro Uribe Vélez
Estados Unidos, ¿manda en la agenda de seguridad colombiana?

Después del 7 de agosto volverá la indiferencia. Y con el paso de los meses, los partidos seguirán sin entender porqué se les mueve el piso. Buscando el modo de confundirse todos con la derecha para derivar ganancias y dividendos.

Por Fernando Estrada Gallego *

El mito de Uribe

El mito de la seguridad dio a la campaña de Uribe Vélez ventajas comparativas que hoy se han vuelto parte de una coartada para no afrontar la crisis de lo político.

Como el desierto de Nietszche, la seguridad se ha vuelto un fetiche del cual se aferran unos y otros. Resulta más cómodo que preguntarse ¿por qué los partidos mueren como la piel de zapa? ¿Por qué estas elecciones confirman el descrédito de la política institucional y el desplazamiento hacia un ambiguo Estado Comunitario? La derecha (que constituye hoy todo el sistema de poder en Colombia) sigue la inercial pendiente del discurso de "cero tolerancia" y de la mano dura.

Las Farc, por su parte, empeñadas en una terca encrucijada contra la historia de la lucha revolucionaria, parecen unirse al ritual simbólico de la degradación política. Dividiendo territorios y creando el pánico entre los gobiernos locales, ayudan a precipitar un enorme vacío en las propias posibilidades de la izquierda democrática. Porque lo peor para la izquierda es que pueda fácilmente caer en la tentación de asumir tanto los tópicos de las "sirenas contestatarias" como el discurso de la intransigencia, en puro mimetismo de la derecha.

Esta semana Washington le ha dado cartilla a Uribe Vélez, mientras aquí la insurgencia parece esperarlo con un jeroglífico de su guerra. Lo grave es que después del 11-S. la doctrina de seguridad ha suplantado la iniciativa por los Derechos Humanos. También a las Farc, por supuesto, este tema le tiene sin cuidado. Donde Bush pone ahora Al Qaeda, con los nervios en punta del pueblo norteamericano, Uribe Vélez pone insurgencia y drogas, con la resignación del pueblo colombiano. De manera que el fetiche de la seguridad sirve para señalar –y separar- al otro. Es un modo soterrado de predicar la impotencia de un gobernante tercermundista frente al Imperio.

La angustia de algunos sectores de opinión (muy pocos, la verdad) ante lo que se avecina no es más que la cristalización de inseguridades y temores mucho más profundos. La clamorosa petición de más policías y ejército en cada ciudad y localidad, la preparación de sapos en cada barrio y población, la venta disparada de armas en los mercados negros, será la oportunidad para una mayor lumpenización de los diversos conflictos violentos que hoy se tienen en Colombia. El énfasis del nuevo gobernante sigue la vieja receta de responderle a una clase social con privilegios, los ricos, la clase empresarial y las entidades que proyectan la economía nacional desde hace décadas. Cuando el centro del problema está en otra parte: en el desamparo en que la ciudadanía se siente al ver en peligro la mínima protección social a la que tiene derecho; en el desasosiego de adolescentes y jóvenes que venden aguas sucias en los semáforos porque no pueden ir a la escuela o a la universidad; en la pérdida de adecuados referentes culturales a cambio de una modelo postiza o un futbolista semifracasado.

La gente se mueve en medio de dos extremos, un mercado de bienes básicos del cual son injustamente excluidos y una guerra que los afecta directamente sin que el Estado logre llevarla dentro de sus límites. El dilema entre una economía global y una guerra local sin que el ciudadano común pueda hacer nada. Es todo lo que se proyecta desde el gobierno electo y la insurgencia ilegítima. Y son estas inseguridades las que hacen que la gente, a la vista de alternativas políticas inciertas, se entregue en las manos del populismo de derecha y el Estado de derecha.

Las sirenas del nuevo gobierno pretenden hacer creer que el final de la guerra es posible inflando la economía de la misma. Meter las conciencias por la vía totalitaria del Imperio. Con un renovado estatuto de seguridad y la retórica del terrorismo impuesta por el gobierno Bush, naturalmente en poco tiempo estaremos pagando las consecuencias. Son los cambios provocados por una segunda versión del tan recordado "revolcón" de Gaviria, sólo que ahora en lugar de alborotar un gallinero (para eso sirve la palabrita) precipitará una prolongación de siglos en guerra y pobreza.

Y las Farc, tan perdidas entre los escombros que les ha dejado la reciente historia de su arrogancia, verán aplazados también los tiempos cuando las masas populares dirán un sí a la revolución comunista de vieja estirpe. El paso del buen salvaje al buen revolucionario dará un viraje hacia la lepenización. Los mitos bolivarianos quedarán sepultados por la horrible pesadilla de una justa armada que imitará a pie juntillas el modelo de lucha antipopular de las clases dirigentes. A un Fernando Londoño Hoyos le saldrá un guerrillero montañero con igual espíritu enardecido para imponer su autoritarismo. El autoritarismo no depende entonces de ideologías sino de emociones viscerales.

Y como trasfondo el descrédito de la clase política. Por lo que quizás es más importante fijarnos en las diferencias creadas por el gobierno que copia el presidente electo, a saber, el de César Gaviria Trujillo. Estas diferencias han traído más recesión económica, pobreza en los campos, mayor desempleo en las ciudades y un volumen de crisis no fáciles de solucionar en corto plazo. Desde Gaviria, hemos tenido gobiernos de azar, improvisados, con poco interés por resolver lo fundamental. Uribe no anuncia nada diferente, al gobernante arrodillado ante los Estados Unidos e impotente para destronar la politiquería. Juega con las mismas cartas de una clase política mediocre. Asistimos a una destrucción de la democracia por dentro, por el trabajo roedor del clientelismo y una insurgencia paleolítica. De ahí la indiferencia mayoritaria. Nada nuevo bajo el sol, dice el libro del Eclesiastés.

Después del 7 de agosto volverá la indiferencia. Y con el paso de los meses, los partidos seguirán sin entender porqué se les mueve el piso. Buscando el modo de confundirse todos con la derecha para derivar ganancias y dividendos. Y la derecha mantendrá esa pose medio republicana con lenguaje comunitario, hablando al mismo tiempo de seguridad y democracia, sobredimensionando los gastos militares y apaciguándolos con brebajes orgánicos de pertenencia a una misma familia. El país se irá degradando. A nadie extrañará tampoco las cifras de los muertos y los desplazados, sus rostros se irán perdiendo en la arena de un desierto que crece, como diría Nietszche.

* Director del Seminario Problemas Colombianos Contemporáneos, Escuela de Economía, UIS.

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