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| La globalización ha favorecido más a los países ricos que a los pobres. |
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Por Fernando Estrada Gallego *

Las grietas de la economía
en la era de la globalización

El argumento de Eduardo Sarmiento Palacio(El Espectador, junio 21) merece atención. Después de la crisis del Este de Asia como Corea y Taiwán, una de las medidas inmediatas de los gobiernos fue "la renovación total de los equipos económicos". Colombia, por el contrario, repite el mismo equipo asesor que nos trajo el modelo exportador fallido y la cartilla recesiva del Banco de la República y los acuerdos con el FMI. Hay que atender el fondo de la crítica demoledora que para nuestro caso viene elaborando con bastante documentación empírica el profesor Sarmiento. Una seria evaluación de los alcances del Modelo Único sobre la economía del mercado y la suerte de efectos que esta ha tenido sobre la región a lo largo de los últimos veinte años, las recomendaciones dadas por el Banco Mundial, el Consenso de Washington y el propio Fondo Monetario Internacional.
Sin embargo, una comprensión teórico-empírica que coloque los temas dominantes de la globalización económica en el contexto de un debate más universal, tendrá que atender necesariamente al magistral libro de Joseph Stiglitz: El malestar en la globalización (Taurus, 2002). Esta obra, intermedia entre la divulgación popular y el manual académico, se constituye en un instrumento de rigor para avanzar sobre una discusión amplia en torno a lo que será el programa de nuestra economía durante el gobierno que comienza el 7 de agosto. El caso comparado de los países asiáticos y la filosofía económica que le sirvió de fondo, cobra una tremenda actualidad. Veamos:
TIERRA PROMETIDA Y DESIERTO
Según la teoría económica clásica, la expansión del comercio tendría un impacto inercial sobre el crecimiento y el bienestar de la humanidad. Desde Adam Smith los economistas estuvieron de acuerdo en que el comercio es algo bueno porque permitía que los países se especializaran en aquello que mejor producían. Esta "división del trabajo" (en palabras de Smith) daría lugar a una mayor producción, lo que a su vez, aumentaría directamente los ingresos para los gastos ordinarios en comida, salud, educación y demás artículos de consumo. Aunque algunas personas perdieran su trabajo debido a los cambios en la estructura del intercambio económico, los ganadores lograrían tanto como para compensar a los perdedores y todavía les quedaría, un resto.
Durante los años 70 y 80, cuando países como Corea y Singapur salían de la extrema pobreza, la teoría pareció funcionar cabalmente. La globalización, en términos de Stiglitz, ayudaba a centenares y miles de personas a conseguir mejorar su nivel de vida más allá de lo imaginado. Durante la última década, sin embargo, algo salió mal. Desde 1990 el número de personas que vive con menos de dos dólares al día ha ascendido de 100 millones a 3.000 millones. El charquito que antes dividía a los países pobres de los ricos, se ha convertido en un mar abismal. Incluso, regiones relativamente prósperas del mundo en vía de desarrollo, como el Sudeste de Asia y Europa Oriental, han entrado en depresiones inauditas. "Hoy la globalización no opera a favor de muchos pobres del mundo", dice Stiglitz. No ayuda a la protección del medio ambiente ni está contribuyendo a estabilizar la economía global.
¿Por qué razón? Según Stiglitz, los países ricos han raptado la globalización usándola instrumentalmente por medio del FMI, la Organización Mundial del Comercio y otras entidades internacionales, supuestamente encargadas de velar por los intereses económicos de todos los países. "Estas instituciones son aliadas directas de los intereses comerciales y financieros de los países industriales avanzados", escribe Stiglitz, el efecto neto de sus políticas es "beneficiar a unos pocos a expensas de muchos, los bienes obtenidos a costa de los pobres". Los gobiernos de los países ricos han empujado a las naciones en vías de desarrollo a abrir sus fronteras comerciales a la importación de tecnología y la privatización bancaria, mientras protegen sus propias empresas textiles y agropecuarias contra los productos económicos de los países pobres. Respaldan la extensión de patentes que garanticen las ganancias de sus imperios farmacéuticos como Pfizer y Merck, mientras privan a los gobiernos africanos de las drogas necesarias para combatir la epidemia del Sida. Los enemigos de la globalización, acusan a estos países ricos de hipocresía. Y, dice Stiglitz: "Ellos tienen razón".
Si la avanzada internacional contra el modelo capitalista de la globalización necesitaba un filósofo social de peso, ya lo tiene, Joseph Stiglitz. Aunque el propio autor repare en las tendencias extremistas del movimiento anti-globalización: "Algunos de los manifestantes se exceden, otros alegan también que las barreras proteccionistas sobre los países en desarrollo terminan creando un mayor caos. Pero pese a estos problemas los pequeños empresarios, estudiantes, ciudadanos comunes y mujeres que participaron en las marchas por las calles de Praga, Seattle, Washington y Génova, han puesto de presente la urgente necesidad de reformar la agenda del mundo desarrollado". Con pasajes como este, el propio Stiglitz se pone de parte de una creciente heterodoxia que busca definir una línea media entre el Consenso de Washington y el polo radical del movimiento anti-globalización.
LA CRISIS DEL ESTE ASIÁTICO
El núcleo duro del debate planteado en El malestar en la globalización, lo constituye la evaluación crítica del FMI, su papel en la crisis financiera de los países asiáticos y la moderna transición rusa. La crisis asiática comenzó en julio de 1997, cuando sobrevino la devaluación tailandesa con sus efectos en todo el Sudeste de Asia, mientras la región se sumergía en un retroceso social nunca antes visto. Stiglitz sustenta que la causa principal de la devaluación fue la liberalización financiera, recomendada por Washington en los años anteriores.
Por contraste, países como Singapur y Corea del Sur, apenas sí solicitaron consultas económicas con alguna entidad económica internacional. Mediante la combinación de creación de mayores fuentes de trabajo, altas tasas de ahorro y una prolífica intervención de los gobiernos, estos países se convirtieron en modelos universalmente admirados de desarrollo. Corea del Sur elevó su producto interno per cápita, de noventa dólares a cuatrocientos cuarenta dólares entre 1950 y 1990. Como parte del modelo asiático de desarrollo, los gobiernos advirtieron a los inversionistas extranjeros (y a los residentes) sobre la movilidad del dinero en y fuera de sus países con entera libertad. Estas restricciones y recomendaciones propias, ayudaron a evitar colapsos repentinos e hicieron que capitales ambiciosos del extranjero no tuvieran libre acceso para cubrir todos los mercados de Asia. Comenzando la década de los noventa, el FMI forzaba a los países asiáticos a liberar las medidas restrictivas del movimiento de capitales. Bajo una presión, según Stiglitz, innecesaria de Wall Street. A mediados de la misma década, Corea del Sur, Tailandia y otros países asiáticos, siguieron las recomendaciones de Washington y aflojaron las medidas restrictivas sobre el libre flujo de capitales. El resultado fue una estampida de capitales especulativos, el dinero extranjero comenzó a entrar a raudales y las inversiones corrían con un alto riesgo.
El FMI generó una peor contracción de las economías al tratar de poner el orden en los países golpeados, subiendo las tasas de interés y equilibrando los presupuestos para restaurar la confianza de los inversionistas. Estas medidas habían sido diseñadas, recordemos, para crear austeridad entre países derrochadores de América Latina, que fomentaron por aquel entonces, demasiado dinero impreso. La mayoría de países asiáticos, por el contrario, tenía los balances equilibrados e incluso con ganancias, cuando sobrevino la crisis. La política monetaria y fiscal se hizo imperante durante la devaluación y la conflagración fue extendiéndose por toda el área, incluyendo a Malasia e Indonesia. El gobierno de Suharto fue obligado desmontar los subsidios para alimentos y combustibles, a fin de ajustarse a las medidas impuestas por el FMI. La turbulencia social y política que se ocasionó terminó por derrumbar al dictador. Mahathir Mohamad, primer ministro malasio, sólo escapo al mismo destino de Suharto, ignorando las recomendaciones del FMI Pese a la amarga oposición de Washington, introdujo leyes que hicieron difícil a los inversionistas nacionales y extranjeros sacar su dinero del país. Los resultados: lejos de destruir la economía Malasia, como lo habían predicho algunos economistas del libre mercado, el país se pudo recuperar de la crisis mucho más rápidamente que sus países vecinos.
¿MÁS SUDOR Y LÁGRIMAS?
En los capítulos finales, Stiglitz recomienda el camino de reformas graduales que China y Polonia tomaron para liberalizar sus economías. En Polonia, una de las economías más prósperas y representativas de Europa Oriental durante los últimos años, el gobierno rechazó uno de los acuerdos centrales del Consenso de Washington: la rápida privatización. En lugar de apresurarse a vender las empresas del Estado a los inversionistas extranjeros, los polacos se dedicaron a crear un sistema legal moderno y un mínimo de seguridad social para todos. Sólo entonces, fueron permitiendo a los inversionistas privados escoger las inversiones a su gusto. En China, igual, el gobierno se encargó de administrar las empresas grandes que el Estado poseía, creando nuevas empresas al lado de estas, y permitiendo a la gente la creación de las suyas, a veces en asocio con compañías extranjeras. Durante la década de los noventa el G.D.P de China, creció a una media porcentual del diez por ciento, y su índice de pobreza cayó drásticamente. "El contraste entre lo sucedido en China con lo acontecido en países como Rusia, fracturó la ideología del F.M.I como nunca antes", escribe Stiglitz. "Lo cierto es que después de lo sucedido, China, recién llegada a la economía del mercado, parecía más sensible a incentivar sus decisiones en materia de economía política, que el propio FMI".
Los funcionarios encargados de las políticas económicas de orden local y nacional, podrán encontrar controvertidas algunas hipótesis de Stiglitz a lo largo de su exposición, pero no la necesidad del cambio, porque "sin una reforma, las repercusiones negativas que han comenzado aumentarán y el rechazo de la globalización capitalista crecerá". Como lo expresa el mismo Premio Nóbel: "Sería una tragedia para todos, pero más, para los billones de seres humanos que podrían ser beneficiados con su buen manejo".
* Director del Seminario Problemas Colombianos Contemporáneos, Escuela de Economía, UIS.
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