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ANÁLISIS
Militares
La vigilancia al proceso electoral y sus garantías.

Hay un electorado radical y emotivo y unas campañas que, por lo tanto, tienden a buscar votos con una mezcla de pronunciamientos fuertes y alianzas con barones electorales.

Comportamiento electoral

El voto en situaciones de conflcito

Las incertidumbres y expectativas que genera un conflicto como el que estamos viviendo hacen variar las intenciones de voto, así sólo sea porque desplazan el interés de las campañas electorales a lo relativo a la resolución de dicho conflicto.

El 26 de mayo de 2002 Colombia vivirá una jornada electoral particularmente tensa pues a la elección del presidente que liderará el futuro de una economía enferma y de una complicada arremetida guerrillera y paramilitar se suma la presión de estos grupos armados por definir la contienda.

Estas circunstancias especiales hacen más que necesaria una breve indagación en los factores que podrán modificar las tendencias electorales y los resultados definitivos, teniendo en cuenta los datos de otras elecciones similares y las probables reacciones del electorado a esta situación.

Situaciones similares

Para poder realizar este análisis se requiere ante todo ubicar casos que puedan ser comparables. Colombia es un país con una democracia formal de larga data y gran arraigo, por lo que el apoyo electoral a los candidatos es fundamental. Esto nos aleja de situaciones en las que existe una tensión política producto de un reciente cambio de régimen, como serían las elecciones de 1958 tras la caída de Rojas Pinilla y la creación del Frente Nacional (que, además, vieron por primera vez la relevancia del voto femenino). Por otro lado, debe tenerse en cuenta que estamos en un momento de gran violencia, pero que ésta es interna y no se puede hablar de elecciones como las que ocurren durante períodos de guerra externa, que por demás han sido casi desconocidos en la historia colombiana.

La realidad del conflicto en Colombia es que en él actúa una multiplicidad de actores, lo que hace más difícil la creación de dicotomías amigo/enemigo que polaricen las votaciones. En esa medida el actual proceso electoral se diferencia de los vividos con anterioridad al Frente Nacional, en los cuales la lucha partidista revestía una intensidad tal que cualquier elección era un momento clave en la medición de fuerzas en todos los sentidos.

De hecho, la evolución de la política colombiana en los últimos quince años (elección popular de alcaldes, Constitución de 1991, operación avispa, lenta agonía de los partidos tradicionales) hace muy difícil establecer una comparación directa con comicios anteriores a estos cambios. Así, la posibilidad de interpretar un poco el clima de las actuales elecciones requiere echar mano de nociones más teóricas que expliquen el comportamiento en este tipo de situaciones.

Los tipos de votante y las formas de elegir

Teóricamente, se habla de una variedad de formas en las que elector decide por quién vota. Estas herramientas aclaran un poco el panorama, pues pueden ayudar a determinar ante qué tipo de votantes se está y, por lo tanto, que racionalidad aplicará a esta situación de conflicto.

En primer lugar está el llamado votante partidista, que sufraga por el candidato del partido al que pertenece o, por lo menos, con el cual se identifica. Este tipo de votante, que limita su cultura política a la identificación con un partido o movimiento (eventualmente, a un líder concreto), es el que hizo posible que la filiación partidista llegara a producir fenómenos como la Violencia de los cincuentas. Sin embargo, y como ya analizamos en un artículo anterior, el voto independiente, es decir, alejado de estas estructuras partidistas tradicionales, ha crecido enormemente, sobre todo en las ciudades, con lo que el peso de este tipo de votantes en el total de electores se hace correlativamente menor.

El voto independiente es un voto incierto, volátil y muy variado. La pérdida de poder de las estructuras partidistas en las zonas urbanas no ha obstado para que en ciertas zonas se mantenga una noción clientelista del voto, según la cual se vota por quién más ofrezca para satisfacer necesidades directas (de formas tan disímiles como regalo de mercados, compra de votos, promesa de obras públicas u ofrecimiento de puestos en el sector público), en tanto que en otros sectores se ha ampliado la conciencia política y se ha establecido el llamado voto de opinión.

Las incertidumbres y expectativas que genera un conflicto como el que estamos viviendo hacen variar las intenciones de voto, así sólo sea porque desplazan el interés de las campañas electorales a lo relativo a la resolución de dicho conflicto. En términos de un votante tradicional, la situación no variará mucho, pues siempre es posible que se endilguen las culpas de lo que sucede a los obstáculos impuestos por el otro al logro de lo prometido.

Sin embargo, esta falta de responsabilidad política de la que tanto se ha denigrado últimamente (aquella ausencia de la accountability por la que claman comentaristas y politólogos) debilita este tipo de estructuras políticas y lleva a un aumento de la abstención o a una independización más o menos rápida de los votantes. Esta evolución que hemos observado en las últimas décadas pues los "independientes" captan cada días más votos, mucho más allá de los movimientos alternativos clásicos como el MRL, la ANAPO o la UP, hace que la presión del conflicto se más grande y cree interrogantes más urgentes.

El voto independiente, que como vemos es cada día más importante, es más proclive a verse afectado por el conflicto. La desesperación, la polarización (que afortunadamente no hemos vivido, pese a la oposición entre "guerreristas" y "pacifistas") o el desencanto llevan a que cada votante haga consideraciones más prácticas y menos ideológicas a la hora de votar, pues generalmente se prefiere sacrificar principios que parecen vacíos por realidades que mejoren su calidad de vida. Es así como estamos ante un voto más emocional y menos reflexivo, lo que hace que las campañas tiendan a ser más efectistas, con grandes frases e imágenes fuertes, y releguen a un segundo plano la coherencia de su discurso.

Esta es la coyuntura ante la cual nos encontramos: un electorado radical y emotivo y unas campañas que, por lo tanto, tienden a buscar votos con una mezcla de pronunciamientos fuertes y alianzas con barones electorales.

Si le sumamos a esto la presión directa de los grupos armados por que la gente no participe en las elecciones o lo haga en un sentido determinado, vemos que entre la gran indeterminación surge el fantasma del pensamiento maniqueo (con etiquetamientos como amigo/enemigo, entreguista/asesino o salvador/traidor) y de creación de expectativas excesivas que, como bien sabemos desde hace cuatro años, no llevan a ninguna solución real.



Fescol/Votebien


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