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ANÁLISIS
Elecciones
El voto urbano sí tiene un peso.

Las elecciones presidenciales todavía están lo suficientemente lejanas como para pensar que aún existe un buen margen para que la votación urbana fluctúe

¿Qué tanto pesa?

El voto urbano y el voto de opinión

Las ciudades se suelen relacionar con este voto volátil, disperso y de difícil manejo que es el voto de opinión, que parece representar el prototipo del "nuevo" votante colombiano. ¿Qué significa eso de cara a la primera vuelta presidencial del próximo 26 de mayo?

Las ciudades suelen ser el lugar donde se concentran las campañas políticas, especialmente por la relativa facilidad de movilización y por la concentración de electores, a lo que se suma, en estos comicios, el imperativo de seguridad que limita la movilidad de los candidatos.

Así, estudiar brevemente el comportamiento del electorado urbano se hace crucial para vislumbrar cuál puede ser la dirección en la que se muevan estas elecciones. Además, las ciudades se suelen relacionar con este voto volátil, disperso y de difícil manejo que es el voto de opinión, que parece representar el prototipo del "nuevo" votante colombiano. Pocos estudios existen al respecto, por lo que nos guiaremos por el análisis que Patricia Pinzón hace en su artículo "Una aproximación al voto urbano: el voto en las ciudades colombianas".

Indagaremos así en la realidad que está detrás de los supuestos de que las ciudades colombianas son menos partidistas, más independientes y participativas que las zonas rurales, centrándonos en lo relativo a las elecciones nacionales –tanto legislativas como presidenciales- más que las locales o regionales.

La importancia del voto urbano

Muchos se habla del peso que tienen las ciudades dentro del total de la votación, pero pocas cifras se tiene para corroborar esa idea. Un estudio de Patricia Pinzón en la Fundación Presencia muestra cómo, a lo largo de las últimas cinco elecciones presidenciales, la suma de votos de las diez ciudades de mayor votación se ha mantenido por encima del 33% del total de votos, así: en 1982 sumaron el 35% del total, en 1986 el 34.6%, en 1990 el 37.4%, en 1994 un 35.1% para la primera vuelta y un 33.6% para la segunda y en 1998 el 38.5 % y 37.5% respectivamente.

Vemos, entonces, que las ciudades sí representan por lo menos un tercio del caudal electoral; si hacemos extensiva esta idea, es evidente que el voto urbano representa cuando menos la mitad de la votación total. Hay que anotar, además, que este peso se disminuye cuando se hacen los mismos cálculos en relación con elecciones locales: para Bogotá, tenemos que en la elección de alcaldes de 1997 su votación alcanzó el 13.3% del total nacional mientras que en las presidenciales de 1998 su peso fue del 18% y 17% en cada vuelta. Desde otro punto de vista, la relación entre la abstención electoral total y aquella que se presenta en las ciudades parece haber cambiado, pues éstas tuvieron un nivel más bajo que el promedio nacional en 1998.

Voto independiente, voto partidista y voto de opinión

Las ciudades posan de ser los grandes campos de los movimientos no partidistas, como fue el caso de las candidaturas presidenciales de Noemí Sanín y Harold Bedoya en 1998 (la primera recogió el 48% de sus votos en las 10 principales ciudades).

Esto fundamenta la idea de que se trata de zonas donde el voto partidista pierde terreno rápidamente. Esta independencia, sin embargo, no debe tomarse como sinónimo del voto de opinión, que es aquél que se caracteriza por basarse en un conocimiento informado y racional sobre los candidatos y sus propuestas. Así, la votación por Carlos Moreno de Caro en Bogotá puede interpretarse como un voto independiente, pero difícilmente puede calificarse de voto de opinión. Es por ésta independencia que encontramos alcaldías ganadas por candidatos independientes, como Bernardo Hoyos y Humberto Caiaffa en Barranquilla, Antanas Mockus en Bogotá, José Enrique Rojas en Manizales, John Mario Rodríguez en Cali o Iván Moreno Rojas en Bucaramanga, o por políticos partidistas que han tomado un cariz independiente o han formado movimientos propios, como Luis Alfredo Ramos en Medellín, Enrique Peñalosa en Bogotá y Mauricio Guzmán en Cali.

Sin embargo, más que la independencia, la gran característica -ya histórica- del voto en las ciudades es su diversidad: las ciudades han apoyado a movimientos como la Anapo (tuvo la alcaldía de Armenia por dos períodos y ahora ostenta la de Bucaramanga) o el Moir, han respaldado candidaturas como la de Harold Bedoya o las de Regina Betancur de Liska, han votado por el M-19 (como Barranquilla en 1990 y Antonio Navarro en Pasto) y por el Movimiento de Salvación Nacional...

Vemos que las ciudades, más que un fortín del voto de opinión o del voto partidista, tienden a votar de forma tan variada que generan cierta incertidumbre respecto a su comportamiento. Así, un voto de protesta como el que fortaleció a Andrés Pastrana en reacción contra el proceso 8.000 o el que parece apoyar actualmente a Álvaro Uribe Vélez contra el proceso de paz, puede coexistir con un voto de premio y confianza, como el que Barranquilla otorgó a Hoyos en 1998 o el que Bogotá dio a Mockus en 2000.

En cuanto a las elecciones parlamentarias que acabamos de vivir, es evidente la gran dispersión de la votación cuando la lista con mayor número de votos apenas llegó a un 2,15% del total, y el senador que logró salir elegido con menos votos parece haberlo logrado, según los datos actuales, con un 0,385%. La consecuencia de ello es la existencia de un grave problema de subrepresentación y pérdida de legitimidad del Congreso.

Estas breves reflexiones nos llevan a concluir que el voto urbano, de gran relevancia a escala nacional, varía sustancialmente y puede sorprender así a los analistas. ¿Qué inquietudes nos deja este análisis en relación con los próximos comicios? Las elecciones presidenciales todavía están lo suficientemente lejanas como para pensar que aún existe un buen margen para que la votación urbana fluctúe, según los acontecimientos políticos y el desarrollo de las campañas presidenciales.



Votebien.com


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