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Las que viene sufriendo el país le corresponde afrontarlas de acuerdo con sus características y revistiéndose de reflexiva solidaridad democrática.
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Abdón Espinosa V | 20-08-2002

Conmoción Interior y emergencia económica

Por el rabillo útil de un ojo, me esfuerzo en volver a la circulación, todavía sin superar la severísima conjuntivitis viral que me ha mantenido por más de diez días tras espesa cortina acuosa y en plena introspección, no sin bregar por vencer sus barreras mediante el refinamiento y el aprovechamiento del órgano auditivo. Tanto como han progresado la ciencia y la técnica en la detección y detención de los virus que a diario conspiran contra los equipos electrónicos, la eficiencia de sus procedimientos contrasta con la falta de amparos preventivos de la salud humana.
La capacidad insospechada de estos bichos invisibles de resistir a las cargas de profundidad de antibióticos y sulfas exige terapias curativas relativamente prolongadas, pone a prueba la paciencia de galenos y víctimas, y, lo que es peor, no deja de esparcir el contagio. ¿Cuáles las previsiones eficaces para descontaminar y preservar el ambiente y romper dicha cadena de dolencias infernales?
Pero vamos al grano del entorno nacional. Quizá no hayamos asimilado suficientemente el lanzamiento de las baterías de cohetes contra los símbolos y las sedes de la legitimidad democrática, mientras se cumplía, el 7 de agosto, el solemne rito del relevo en la cima. No habían acabado de jurar el cumplimiento de sus deberes constitucionales los nuevos mandatarios cuando la agresión terrorista asombraba al mundo y amenazaba a la nación con descabezarla y sumirla en el desconcierto.
Fue uno de esos momentos trágicos en que instintivamente se pensaba, sobre la veintena de cadáveres y los escombros de El Cartucho, en la "unión sagrada" de estirpe gala, sin perjuicio del libre examen, y la pluralidad de ideas, lejos por supuesto de las tentaciones de un pensamiento único. Siendo el súmmum de la Conmoción Interior, nada excusaba de declararla. No pocos veníamos pidiéndola, a contrapelo de la tesis archivada de su inutilidad.
A veces resulta cierta la frase manida de que los árboles no dejan ver el bosque. En efecto, en el exterior no se omitía resaltar tales circunstancias. Ni en el interior cesaban de experimentarse, aunque se les diera el enfoque de episodios sueltos y no rigurosamente coordinados. Por ejemplo, en su edición del 10 de agosto, The Economist publicó el índice de estabilidad política y económica de las economías emergentes, elaborado por la firma de análisis de riesgo político, Lehman Brothers y Eurasia.
En ese cuadro, la de Hungría resulta la más estable, seguida por la de México. La de Colombia aparece por debajo de las de Brasil, Filipinas, Rusia y Venezuela y, quién lo creyera, de la misma arrinconada de Argentina, aunque por encima de las de Turquía e Indonesia. A los factores políticos corresponde, en la valoración, el 60 por ciento y el resto a los económicos. Los ataques dramáticos del 7 de agosto al corazón del poder civil y militar no hicieron de consiguiente sino dramatizar la situación que de tiempo atrás se había conformado.
La cuestión es con dinero
Por lo pronto, el primer decreto del estado de Conmoción Interna ha sido para arbitrar recursos destinados al sostenimiento de la guerra: en concreto, gravamen del 1,2 por ciento sobre el patrimonio. Francamente recesivo y antitécnico, tanto más en tiempos de desahorro y descapitalización, pero políticamente viable merced a la extrema necesidad y al ofrecimiento anterior de voceros de las organizaciones empresariales de desprenderse de parte de sus activos con tal de contribuir al restablecimiento del orden público. En la famosa reforma tributaria de 1936, fue tan sólo impuesto complementario al de renta
El observador desprevenido se pregunta si no hubiera sido más conveniente adoptarlo declarando también la emergencia económica, en cuyas prescripciones se hace excepción al principio de "no tributación sin representación" y se autoriza a establecer, en forma transitoria, nuevos gravámenes o a modificar los existentes. Mera inquietud de derecho constitucional. En cuanto a la significación del impuesto mismo, cabe anotar la característica ya advertida de ser ingreso por una sola vez, pero con el fin de atender y crear gastos permanentes, al menos mientras dure la guerra.
¿Cómo mitigar en lo posible su fuerte impacto recesivo? Espaciando siquiera su recaudo y aplicando la tesis del esquemático y sentencioso discurso inaugural del presidente Uribe Vélez en el sentido de que el ajuste fiscal es ineludible, "pero se adelantará en procura de un mayor crecimiento de la economía y el empleo". Además de absorber las implicaciones recesivas del gravamen de marras, sería aconsejable formular la anunciada reforma tributaria en términos más benignos, valerse de los aranceles selectivos, obtener el concurso prudente y eficiente del Emisor y revisar los actuales mecanismos de la deuda pública.
La reducción del ingreso por habitante, la cifra altísima de indigentes y los elevados niveles de desempleo y subempleo no sirven, ciertamente, a la causa de la paz y la convivencia democrática. Tiene razón el presidente Uribe Vélez: sin estabilidad social no es posible la estabilidad económica.
Abdón Espinosa V/08/20/2002/I>
El Tiempo
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