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Si no hay una verdadera reforma de los partidos, no vale la pena estar en ellos.
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Armando Benedetti

Me 'salgo' del Partido Liberal

Yo no sé si pertenezco al Partido Liberal. Tampoco estoy seguro de que el partido exista. En términos puramente formales, no he solicitado ni he obtenido afiliación, nadie me ha expedido un carné, jamás he sido consultado como miembro sobre directivas o candidatos del partido a elecciones populares, no he pagado cuotas de afiliación y mantenimiento, nada.
De vez en cuando, casi siempre en vísperas electorales, el Verano de cada época me envía una invitación a participar en seminarios, foros o reuniones inútiles, convocadas generalmente para dar la impresión de una deliberación participativa que casi nunca se desea. También me envían de vez en cuando invitación a las convenciones que rigurosamente desatiendo.
Los jefes del partido, en contra de lo que podría creerse o esperarse, no orientan a la militancia. Yo diría que se dedican intencionalmente a confundirla. Veamos, por ejemplo, lo que ocurre con los ex presidentes. Gaviria lleva tres debates electorales votando en contra del candidato del partido, o de quien se supone que lo sea. López se ampara muy escrupulosamente en "la disciplina", pero habitualmente lanza algunas frases destinadas a interponer cifrados distingos. Que Noemí es la mejor, que Noemí tiene el mejor equipo de gobierno, que Uribe es un candidato estupendo. Carlos Lemos nunca abandonó la disciplina, pero el tono de sus artículos recientes lo evidencia seducido por el discurso autoritario de Uribe. Samper es coherente solo porque en las mismas tres últimas elecciones él era el candidato o lo era alguien muy allegado; lo cual no le impidió recordarnos que Uribe era samperista histórico y miembro del Poder Popular. Lo de Turbay, por último, tiene un sentido puramente ritual, una especie de actitud galante, caballerosa y continuada, que, por desprovista de contenido, no niega la regla.
Ideológicamente, la confusión es peor. Unas veces el partido presume de su pertenencia a la Internacional Socialista, pero la mayoría de las veces se comporta como una oficina ambulante del Fondo Monetario Internacional. Tal vez es por eso que pertenecen al partido Rudolf Hommes y Eduardo Sarmiento Palacio, agua y aceite. O Germán Vargas y Piedad Córdoba, dos senadores visceralmente divorciados en términos de seguridad, democracia y derechos humanos. También por eso el Presidente es un liberal que puede suscribir sin atenuantes el discurso de talante tan conservador de su Ministro del Interior.
Esa confusión interna e ideológica deriva en un partido de "avispas", o de avispados, o de facciones regionales de garaje. O en que el partido sean los parlamentarios, no la gente a quienes representan. El clientelismo, las relaciones incestuosas y pervertidas del Congreso con el Ejecutivo y la corrupción son consecuencias verosímiles de todo ese panorama. Ya no es posible permanecer en el partido a punto de evocaciones históricas, cuando ser liberal era oponerse al Estado confesional y autoritario. O respaldar el sindicalismo. O las libertades públicas. O el ingreso de la mujer a la universidad. O denunciar la masacre de la zona bananera. O comprender la lucha de María Cano. O fortalecer el Estado de Bienestar. O la reforma agraria y las ligas de usuarios campesinos antes del Chicoral. O el carácter no deliberante de los militares. O darle vivas al viejo López, Gaitán o Uribe.
El Partido Liberal ya no es nada de eso. Si al partido de ahora le hubiese tocado cualquiera de las coyunturas sugeridas en esta lista, de seguro el resultado sería muy poco liberal y la historia muy diferente.
Si no hay una verdadera reforma de los partidos, no vale la pena estar en ellos. Y esta puede frustrarse otra vez, bien porque el Gobierno no quiere hacerla, según lo probaría un proyecto de referendo de corto alcance y pobrísimas estipulaciones de reforma, como un Congreso que puede utilizar esas veleidades del Gobierno para frustrarla otra vez.
Yo me "salgo" del partido, así no sepa cómo puede uno salirse de una cosa que no existe. Y lo hago por vía de esta columna porque no tengo carné que devolver ni afiliación que cancelar. Es, por supuesto, una decisión tardía, pero tarde es mejor que nunca. A menos que una reforma en la que nadie parece realmente estar interesado, se haga, carece de toda coherencia política mantener una militancia falsa, inútil, inmaterial, confusa y alcahueta. Me voy, pues, aunque eso no le importe un carajo a nadie. Menos al Partido.
Armando Benedetti/08/26/2002/
El Tiempo
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