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Lo que si pide González es una regulación que impida que las encuestas se hagan públicas a menos de 24 horas de las elecciones.
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Elecciones 2003

Encuestas: Creer o no

Las mediciones contratadas por los medios han sido cuestionadas por los resultados del pasado 26 de octubre. ¿Son confiables? ¿Alguien “mete la mano”? ¿Por qué se equivocan los vaticinios? Votebien.com consultó a los expertos.
Pasaron las elecciones y de nuevo los dedos acusadores señalan a las encuestas. De mecanismos manipuladores, de perversiones de la democracia, de mentirosas y antitécnicas han sido calificadas por algunos. Los resultados parecen darles la razón a sus detractores en unos aspectos, y en otros, ayudan a desvirtuar esa percepción.
Lo que unos críticos llaman contrastes entre los resultados de las elecciones y las encuestas es el principal puntal del debate. Sobre todo ante diferencias tan dramáticas como las que se presentaron en Medellín, Cali y, en menor medida, en Bogotá.
Las pifias
En la capital de Antioquia la votación del candidato conservador Sergio Naranjo fue de al menos la mitad de lo que sugerían las mediciones de intención de voto. Más aún, sólo 48 horas antes de los comicios, según una encuesta de Invamer-Gallup publicada por el diario El Colombiano, Sergio Fajardo -a la postre el candidato electo- logró una diferencia a su favor. El margen fue apenas de 4 puntos. El domingo la realidad demostró que a los dos candidatos los separaron al menos 20 puntos porcentuales.
Una curiosidad resultó la medición de Invamer-Gallup, contratada por Semana y el diario El País en Cali. Todas las otras encuestas daban siempre como seguro ganador a Apolinra Salcedo, en tanto que la encuesta en la que figuraba El País como contratante daba a Francisco Lloreda (accionista de ese diario) como seguro ganador y por abultado margen.
En Bogotá, las encuestas de Invamer-Gallup y Napoleón Franco indicaron durante casi los tres meses del debate electoral una intención de voto en favor de Juan Lozano. Pero la Universidad Piloto de Bogotá encargó una encuesta propia que desde el principio y durante las tres mediciones realizadas, señalaba un claro triunfo de Lucho Garzón y contradecía a las encuestas encargadas por los grandes medios. El resultado del 26 de octubre dio la razón a la Universidad Piloto. No había tal ventaja de Lozano y ni siquiera el “empate técnico” que el diario El Tiempo proclamaba tras la última encuesta.
Cómo explican estos vaticinios erróneos
¿Qué es lo que pasa con las encuestas que despiertan tanta controversia cada vez que hay elecciones? Lo cierto es que existen algunos mitos urbanos sobre la naturaleza de estas mediciones que deforman la percepción que los ciudadanos tienen de ellas.
La primera, es que con ellas se manipula a la opinión pública. Esa idea ha encontrado un resumen capcioso en una frase formulada por el columnista Roberto Posada –D’Artagnan- en las previas de las elecciones para presidente en mayo de 2002 cuando su candidato, Horacio Serpa, comenzaba a perder terreno: “el que encuesta elige”, dijo con ironía.
La verdad es que las empresas de medición no son para nada parecidas a las logias perversas que imaginan algunos. Son compañías que solo cuando hay elecciones se meten a “hacer política” si se puede llamar así. El resto del tiempo realizan consultas sobre productos comerciales, estrategias publicitarias e impacto de políticas públicas entre otras. En cualquiera de esos escenarios las mentiras o errores de una encuesta no arrojan muchos réditos y la credibilidad, afirma el veterano Carlos Lemoine, del Centro Nacional de Consultoría, es el principal capital de esta industria.
Si la sensación generalizada de que las encuestas mienten se extiende, las únicas perjudicadas serán ellas mismas ya que nadie paga millones para que le digan mentiras, por más que sea eso lo que quiera escuchar. Esa percepción es publicidad negativa que afecta directamente su negocio. Otro elemento es que las encuestadoras son empresas independientes de los medios, ya que estos no son sus únicos clientes.
Pero los resultados siguen sembrando dudas. Carlos Lemoine, acepta la pifiada de las mediciones en Medellín, pero agrega que de las 40 encuestas que hizo el Centro Nacional de Consultoría solo en cuatro se equivocaron. En la capital de la montaña la situación se pudo presentar, afirma, porque solo hasta el final la candidatura de Fajardo se vio con posibilidades como para competir con Naranjo. Eso motivó a muchos indecisos y seguidores de otros candidatos a irse con Fajardo, quien genera menos resistencias que el candidato conservador.
En el tema de las encuestas, también suele caerse en la consabida discusión sobre “qué fue primero, si el huevo o la gallina”. Es decir, si las encuestas crean la opinión o si la opinión se refleja en las encuestas. Para Javier Restrepo, de Napoleón Franco y CIA, los encuestadores no tienen tanto poder como se cree para influir en la gente, ya que en esta inciden muchos factores distintos a las probabilidades de los candidatos. Es decir, la gente no acompaña solamente con el que se perfila como ganador.
Al respecto, Restrepo hace un símil con el fútbol: Santa Fe hace más de 25 años no gana un título del rentado nacional y sin embargo sigue teniendo hinchas, incluso jóvenes furibundos que nunca han visto al club dar una vuelta olímpica. La encuesta por sí sola no tiene la capacidad de imponer un candidato, ni de eliminar a los que no van punteando.
Así mismo, afirma, no se puede esperar que un ejercicio probabilístico y estadístico como las mediciones coincida exactamente con los resultados de los comicios. No se puede olvidar que se trata de tantear la opinión de personas con emociones que varían o se refuerzan incluso de un día para otro. Es una ciencia exacta aplicada a una ciencia social como la política de lo cual se puede esperar cualquier cosa.
Tampoco que las encuestas muestren tendencias permanentes. “De lo contrario para qué hacer campañas, y gastar tanto dinero. Con una sola encuesta ya se sabría quien gana y quien pierde”. Eso comprueba el carácter definitorio que en unas elecciones tienen los indecisos. En Bogotá por ejemplo esta franja de opinión arranco en más del 30% y termino en 8.3%, que fue quienes votaron en blanco.
En ese elemento también pesan factores sociales. Los estratos bajos son quienes más demoran en tomar una decisión, pero los que a la final más votos ponen. En Chapinero por ejemplo, la tendencia a favor de Lozano siempre fue mayoritaría, pero apenas pone el 17% de los votos de la ciudad. Kennedy, en cambio sólo se decidió en la recta final por Lucho, pero pone casi el 28% de los sufragios de la capital.
Dicen que las encuestas solo molestan a quienes las pierden. Óscar González, director nacional del Polo Democrático Independiente, el partido de Lucho Garzón, asegura que “hoy en día poner en duda las encuestas es ridículo”. Esa afirmación viene de la campaña que perdió las encuestas pero ganó las elecciones. La campaña que ganaba las encuestas pero perdió las elecciones prefirió no pronunciarse.
Lo que si pide González es una regulación que impida que las encuestas se hagan públicas a menos de 24 horas de las elecciones. Otros analistas creen que el punto fundamental consiste en subir los estándares. Los tamaños de la muestra tienen que ser mucho más amplios y, como afirma, el politólogo Pedro Medellín, debe comenzar a desdeñarse de la encuesta telefónica porque “hay un gran numero de hogares en Bogotá sin teléfono y otros que no están funcionando. Eso aumenta significativamente el margen de error”.
Las encuestas están de nuevo en el ojo del huracán. Sin embargo, lo que nadie se atreve a señalar es que estén de más. Son un elemento importante de referencia en el debate político, tal vez lo malo es que sea el único.
Votebein.com
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