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Estos apoyos electorales, sobre todo cuando son tardíos, terminan siempre desdibujando a los partidos políticos adherentes, así en las primeras de cambio éstos logren algunos fugaces beneficios.
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Arturo Sarabia Better

Las democracias impredecibles

Ex Ministro de Estado y autor del libro: Reformas políticas en Colombia. Del Plebiscito de 1957 al Referendo de 2003. Bogotá, Editorial Norma
Si hay un rasgo que caracterice a las democracias más desarrolladas, es que sus elecciones son en cierta forma predecibles. Y no tanto en lo atinente a sus resultados, sino en la naturaleza de los actores que estarán en juego. En la Inglaterra de hoy, por ejemplo, o ganan los candidatos laboristas o ganan los conservadores, pero las posibilidades de que irrumpan súbitamente y tengan alguna opción otras fuerzas o figuras, son prácticamente inexistentes. Igual ocurre en Chile, con sus dos bloques multipartidistas, o en Uruguay, con su sistema tripartita. Allí la incertidumbre se centra más que todo en conocer quiénes serán los candidatos de los partidos conocidos. Suena un poco aburrido, pero es más estable. Y más serio.
No ocurre lo mismo en las democracias más atrasadas, en las cuales todo puede pasar. Desde la clásica confrontación bipolar entre los dos partidos más fuertes, hasta un inédito enfrentamiento entre las más disímiles y atolondradas coaliciones de último minuto. A las democracias premodernas pues, entre las cuales está la nuestra, lo que las identifica no es un péndulo, de ésos que tarde o temprano oscilan y permiten la alternación, sino algo parecido a una de esas mangueras que zigzaguean alocadas en un jardín, y que uno nunca sabe hacía dónde van a dirigir su chorro.
Esta atmósfera de incertidumbre electoral, en la que cualquier cosa puede presentarse, lejos de ser un síntoma de vigor democrático, debería considerarse más bien una patología, como bien podrían corroborarlo, por ejemplo, los peruanos. A la presencia de este fenómeno ha contribuido -al menos en el caso colombiano- la existencia de un sistema de partidos disperso y anárquico. Sus cerca de 71 agrupaciones, muchos de ellas con nombres similares: Únete Colombia, Colombia Siempre, Sí Colombia, y cosas parecidas, han convertido a nuestra democracia, como bien lo ha anotado el politólogo Scott Mainwaring, en una de las más enrevesadas y personalistas del mundo.
Esta inquietante atomización de nuestro sistema de partidos se disparó a partir de las reformas introducidas en la constitución de 1991, que facilitaron -bastaban 50.000 firmas para ello- la creación de nuevas agrupaciones políticas. Es cierto que antes de que ello ocurriera no existía en nuestra legislación ninguna norma que lo impidiera, pero tampoco existían dos poderosos estímulos para hacerlo: el acceso gratuito de los candidatos y los partidos a los medios de comunicación y la financiación de las campañas. Fue esta combinación de factores la que provocó esta dispersión, que ha tornado confuso el escenario electoral, y propiciado toda suerte de curiosas e inorgánicas coaliciones.
Lo ocurrido esta semana en Bogotá, por ejemplo, con la adhesión del Partido Liberal, o de su sector oficialista, a la candidatura a la alcaldía del Polo Democrático, es una buena demostración de este desacomodo, en el que todo puede ser posible. No en vano algo parecido, pero al revés, se había presentado hacía pocos días en Barranquilla. Allí los miembros del Polo dejaron colgado de la brocha a su candidato a la alcaldía, para plegarse a un candidato de otro sector político.
La práctica de plegarse impúdicamente al aspirante que va ganando es impensable en democracias serias, que cuenten con partidos políticos sólidos. Sólo los partidos minoritarios y sin opción alguna, acuden en esos lugares a tan subalterna opción. Pero jamás aquellos que, como es el caso del Partido Liberal colombiano, tienen una clara e histórica vocación de poder. Que lo hagan los pequeños tiene sentido, pero de los grandes. debería esperarse una conducta más consecuente.
Estos apoyos electorales, sobre todo cuando son tardíos, terminan siempre desdibujando a los partidos políticos adherentes, así en las primeras de cambio éstos logren algunos fugaces beneficios. El respaldo liberal a Lucho Garzón no era una mala idea, pero sí se hubiera adoptado en su momento, y no a escasos ocho días de las elecciones, y como resultado de una valoración postrera de las encuestas. Al hacerlo de esa manera oportunista, así sus propulsores la hayan tratado de mimetizar como un pacto por lo “social”, cualquier cosa que ello signifique, lo que sus actuales directivas dejaron traslucir fue la precaria condición de esa colectividad.
Si las ideas sociales sobre Bogotá de quienes hoy dirigen el liberalismo, entre los cuales habría que destacar a la dirigente antioqueña Piedad Córdoba y a los barones electorales costeños Juan Manuel López o Juan José Vives, eran como se afirma tan afines a las de Lucho Garzón, ¿por qué entonces se demoraron tanto en descubrirlo? ¿Acaso no eran esas coincidencias ostensibles desde antes, si se tiene en cuenta que los postulados del Polo Democrático son los mismos, según se sostiene, que hace algunos meses quedaron consignados en de la plataforma socialdemócrata del oficialismo liberal?
Es cierto que en las democracias contemporáneas las elecciones tienden cada vez más a resolverse en las propias campañas, a golpes de opinión. Y que ningún partido, ni siquiera el sempiterno PRI mexicano, que perdió la última elección, tiene asegurado de antemano el triunfo. La creciente influencia de los medios masivos de comunicación, el auge de las encuestas, la progresiva personalización de la política, y el cuestionamiento de muchos referentes ideológicos, entre otros, son factores que han aumentado la incertidumbre en la mayoría de las democracias. Pero esta incertidumbre existe sólo en lo atinente a sus resultados electorales, más no en lo concerniente a la naturaleza de los actores políticos que estarán en juego. Que es lo que está ocurriendo en Colombia y en otras democracias rezagadas, dada la ausencia de partidos consolidados.
El espectáculo que en estos días estamos presenciando, caracterizado por las más inverosímiles alianzas, pactos o curiosos arreglos, es la mejor demostración de la conveniencia, de un lado, de la reforma política que fue aprobada este año, y que se hará efectiva en el 2006, y, del otro, del complemento que a esta reforma trae el referendo, al reiterar instrumentos como el voto preferente, y adoptar otros como la reducción del congreso, que estimulará aún más la conformación de verdaderos partidos políticos, sin los cuales ninguna democracia que se precie de tal podrá jamás funcionar.
Arturo Sarabia Better/Votebien.com
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