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Retos

La Medellín del nuevo alcalde

La ciudad no pasa por su mejor momento. Crisis política, económica y social esperan a Sergio Fajardo.
Medellín, la “Tacita de Plata”, ha perdido parte de su brillo, pero aún hay razones para el optimismo. Esa será el panorama que deberá enfrentar el próximo alcalde: una ciudad que sigue siendo la más violenta del hemisferio, y que en las próximas semanas se convertirá en el primer laboratorio de paz urbano con las autodefensas.
Sin duda ese es el reto más apremiante para el nuevo burgomaestre. Al menos 800 efectivos del Bloque Metro de las Autodefensas se concentraran en una mini zona de distensión a las afueras de la Medellín. El actual alcalde, Luis Pérez Gutiérrez, ofreció ese escenario para desmovilizar a este frente paramilitar y capacitar sus integrantes para su reinserción productiva a la sociedad. Es un proceso controvertido e innovador que cuenta con el respaldo del presidente Álvaro Uribe.
La intención detrás de este ofrecimiento es suturar las heridas que han dejado los paramilitares en una ciudad que se asemeja a un tablero de ajedrez dado su permanente disputa con las milicias urbanas de las FARC, la presencia del ELN y la existencia de grupúsculos independientes como los Comandos Armados del Pueblo. El más visible escenario de esa puja por el territorio se vivió a finales de 2002 en la Comuna 13.
En esa zona de la ciudad se produjo el más cinematográfico de los enfrentamientos entre la fuerza pública y las milicias guerrilleras. Tras dos semanas de operativos los comandantes del Ejército y la Policía, Mario Montoya y Leonardo Gallego, cantaron victoria y anunciaron la recuperación de esos barrios para la institucionalidad. Sin embargo, en las semanas posteriores a los operativos se comenzó a comentar en la ciudad el cambio de dueños en la Comuna 13: los paramilitares habrían hecho su entrada triunfal tras los escombros de la guerra.
La violencia y la seguridad representan el punto más álgido para la ciudad. Aunque en los últimos meses se ha registrado una disminución de los asesinatos, esta cifra es en comparación con 2002, el año más violento de toda la historia de la ciudad. En el primer semestre de 2003 los homicidios disminuyeron en un 39 por ciento o sea 712 menos que en el mismo período del año anterior; los atentados terroristas pasaron de 42 a 4; el hurto de automotores se redujo en un 32 por ciento, los bancarios en un 52 por ciento, a residencias en un 23 por ciento y los secuestros pasaron de 7 a 2 por ciento. Se capturaron en flagrancia a 11.837 personas con un incremento del 27 por ciento. Se desactivaron 59 petardos de bajo poder y 11 bombas de alto poder, frustrándose seis escaladas terroristas.
Pero lo cierto es que en la capital de la montaña mueran 220 personas por cada 100.000 habitantes anualmente. Esa es la razón por la cual un medellinense tiene una expectativa de vida de apenas 68 años, cuando la media nacional es de más de 70.
Algunos observadores sociales ven en ese espiral de violencia las consecuencias del empobrecimiento de la ciudad, el alto desempleo y la marginalidad a la que están condenados un número significativo de ciudadanos.
En ese frente las cifras hablan por sí mismas. Hay unos 800.000 hogares con alguno de los servicios públicos cortados, y la disminución en el consumo de alimentos es del 7%; 16 de cada 100 habitantes de Medellín tienen necesidades básicas insatisfechas y un 3.5% de la población vive en la miseria; el desempleo afecta a 253.000 personas, mientras 372.000 paisas están subempleados y ni siquiera alcanzan a devengar un salario mínimo. Está situación afecta especialmente a los más jóvenes, y entre ellos a los más pobres. Especialmente, porque quienes viven en barrios conocidos como violentos pocas opciones tienen de conseguir un trabajo.
Falta integrar al Sisbén a un 70% de los pobres que existen en la ciudad y el déficit en vivienda es del 24%. El hacinamiento comienza a hacer estragos en la “Bella Villa”, que ya está urbanizada en un 95%.
La educación también es un factor crítico al que deberá enfrentarse el próximo mandatario. Unos 25.000 niños y jóvenes no encuentran cupo en la educación básica. De cada 100 que entran a cursar primaria, 6 terminan como desertores, un nivel que es muy similar en la secundaria. Y la educación es desigual. Segúnel Observatorio para la Equidad y la Integración social una persona perteneciente al 10% más rico de la población puede aspirar a culminar bachillerato y a continuar en la universidad, en cambio, quien pertenece al 10% más pobre, sólo puede aspirar a terminar la primaria.
Falta integrar al Sisbén a un 70% de los pobres que existen en la ciudad y el déficit en vivienda es del 24%. El hacinamiento comienza a hacer estragos en la “Bella Villa”, que ya está urbanizada en un 95%. Por ello resulta clave el tema del transporte urbano. El próximo alcalde deberá definir la forma en que el transporte público se articule con el Metro, y pensar especialmente si es necesario llevar a la cuidad un esquema como el de Transmilenio. La deuda del metro también es un asunto que le quitará al futuro burgomaestre algunas horas de sueño, sobre todo si a ella suma los 89 mil millones de pesos que se pagan cada año por servicio de la deuda.
Con los cerca de 710 mil millones de pesos que tiene para invertir deberá pensar en la atención humanitaria de los casi 150.000 desplazados que viven en la ciudad, y en los que están por llegar, los cuales serán un nuevo desafío para la red de servicios públicos de la ciudad que, salvo en recolección de basuras, ya tienen un 100% de la cobertura en la ciudad.
Precisamente el tema de las Empresas Públicas en la ciudad siempre estará en la agenda del primer mandatario de Medellín. El reto es despolitizarla, un fenómeno que según algunos se ha incrementado en la última administración. Las dudas también asaltan por el lado de qué hacer con las utilidades de la joya de la corona.
Esa es, a grandes rasgos, la ciudad que deberá administrar el nuevo alcalde. Una ciudad que no pierde ni su orgullo ni su empuje, pese a las dificultades.
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