A salvar la democracia
“Votar en el Cauca es un ejercicio antidemocrático, regido por el hambre, la violencia y la extorsión del Estado”, escribe un ciberciudadano que vive en el departamento.
Por Pazal*
Votar en el Cauca es un ejercicio antidemocrático, regido por el hambre, la violencia y la extorsión del Estado. Las oportunidades de elegir libremente son iguales a las de un preso que en cautiverio lee con detenimiento y por casualidad, la carta de un restaurante con una oferta gastronómica impecable. Tal vez escoja un plato. Pero tendrá que conformarse con sentarse a digerir el obligado almuerzo mal servido que le ofrece el contratista de la cárcel, que se ganó una licitación “cristalina” para prestar el servicio. Desde hace 3 meses, y sin mayor variación, comerá papas, lentejas y arroz.
Algo parecido pasa en Cauca: varios años de los mismos que quieren entronizarse, sumados a los lustros de los que ya se empotraron, son las propuestas políticas que nos ofrecen cambios sosos, irrelevantes y repetitivos. Una comarca regida por el clientelismo puro, en donde el Estado es el mayor empleador. La empresa privada es mediocre y de bajo perfil dentro del contexto Nacional.
Todos estos ingredientes están lejos de lograr garantías democráticas que ofrezcan alternativas a un pueblo sumiso, capaz de aceptar su realidad política a cambio de un cargo burocrático.
Los nativos del Cauca han sido utilizados por la clase política de todos los pelambres para servir de trompos quiñadores en las aspiraciones electoreras de los caciquitos de turno, exponiendo sus vidas y su piel en jornadas con inventarios de muertos y heridos difíciles de enumerar.
Se organizan invasiones de tierras para afectar comarcas en que tal o cual enemigo político posee tierras o guarda intereses económicos. Nuestros gobernantes son capaces de organizar movilizaciones sociales donde se promueven reivindicaciones populares, únicamente para desestabilizar gobiernos de sus opositores o regiones con unidades electorales que están en contradiciccion a los intereses de quienes patrocinan esas acciones.
De esto no escapan godos a ultranza ni rojos envenenados ni comunistas disfrazados. Todos, todos, fueron participes de estos métodos en la última parte del siglo 20 y lo siguen practicando en los pocos años del presente.
Las organizaciones indígenas y campesinas están divididas, no por su creencia filosófica ni mucho menos por sus monolíticos intereses, sino por los políticos que cuando no encuentran eco a sus intenciones, convocan la conformación de nuevos colectivos y descalifican a los que no son garantes de sus intereses, otorgándoles las personerías jurídicas y el protagonismo que garantice que sean interlocutores a sus propósitos.
El resultado: un campo perezoso, improductivo y en manos de indígenas acostumbrados a recibir del estado paternalista que reemplazó a sus amos y de las organizaciones internacionales, los elementos esenciales para la manutención de sus cortas aspiraciones vitales. De otro lado un campesinado laborioso pero sumido en la improductividad por la falta de liderazgo, tarea encomendada por la economía de mercados, a la empresa privada, que acá ¡no existe!, a excepción de la del norte del Cauca, que no nos pertenece, porque no es nuestra y es jalonada por Cali, tributa al Valle del Cauca y obedece a los propios intereses de los Vallunos.
Además de una población urbana que aspira a ser empleada publica y dejar sus cargos a sus descendientes como a ellos también se los dejaron. Un pueblo hipotecado en el peor sentido de la palabra, sin oportunidades de trabajo y una clase dirigente de profesionales empeñados a los directorios políticos y a las ONG’s de turno, que también obedecen a empresas electorales así se autodenominen de izquierda, esperando migajas de contratación como constructores de obras o consultores de proyectos que solo son viables y posibles, en la medida en que tengan la bendición de los jefes encargados del soporte clientelista, que incline los “términos de referencia”, enmarcados en una contratación publica torcida a sus intereses.
¿Cuál es la democracia que salvaremos el domingo? Seguramente hay excepciones...
* Pazal es el seudónimo del ciberciudadano que se registró con todos sus datos en nuestra red, pero prefiere reservar su identidad.



