Cubra usted las elecciones

La política también entra por los ojos


El barranquillero Brian Arjona resalta el papel del photoshop y la televisión en las campañas y posteriores elecciones de los políticos modernos.

Por Brian Arjona


En todas las elecciones modernas, los candidatos buscan ser reconocidos por la ciudadanía con novedosas formas de publicidad, que van desde forrar un carro entero con la propaganda del candidato, hasta la famosa cirugía embellecedora del photoshop.

Es común observar en los paraderos de buses las vallas o pancartas con la foto de los aspirantes de los distintos partidos, con tales retoques que hasta los más feos podrían resultar atractivos para el transeúnte.


El proceso consiste en reformar las pequeñas o grandes imperfecciones del rostro como atenuar el color de los ojos, hacer más brillante la expresión, retocar las cejas, quitar o poner un poco de canas, delinear los labios o hacer la tradicional limpieza facial que elimina granos o manchas.

Basta no más con encontrar cara a cara al candidato, para saber que algo pasó con el muchacho buen mozo de la valla.

Pero el fenómeno de la publicidad política no es de ahora. La historia cuenta las estrategias de marketing que utilizaban candidatos como Jorge Eliécer Gaitán (la oración por la paz, o los maratónicos --pero muy seguidos discursos en el teatro municipal de Bogotá que hoy lleva su nombre). Pero el boom de la publicidad política irrumpió con la cultura audiovisual, por un lado, y la violencia, por el otro.

En efecto, los peligros que representaba la plaza pública para los aspirantes a corporaciones públicas, en un país que en un solo debate electoral vio morir a cuatro candidatos presidenciales en forma violenta, replegó los discursos y la visibilidad de los oradores. Estos descubrieron, al mismo tiempo, que 30 segundos en televisión eran más efectivos que las riesgosas manifestaciones. La televisión introdujo la comunicación visual y no hubo nada más que hacer: este producto también entraba por los ojos.

Antes, las únicas campañas publicitarias que emprendían los candidatos estaban asociadas con la provisión de licor o sancocho, al son de una papayera y, por supuesto, la consabida promesa de trabajo. Un político de la costa esgrimía siempre en estas concentraciones festivas, la frase: “el que pela la yuca se come el sancocho”, para decir que había que votar ahora para acceder a los favores políticos después.

Ahora la promesa es comunicativa. Como todo va cambiando, los asesores le apuntan a frases como “todo entra por los ojos” o “una imagen vale más que mil palabras”. Pero los ciudadanos no se entregan fácilmente a este fenómeno de marketing, pues como dice el dicho “caras vemos, corazones no sabemos”.

* Estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Norte, Barranquilla






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