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¿Voto en blanco o abstención?


Desde Bogotá, Thilo Hanisch Luque da una respuesta, después de analizar experiencias recientes.

Por Thilo Hanisch Luque


No somos pocos los colombianos que no nos identificamos con alguna de las alternativas políticas que nos ofrecen, cada vez que se acerca la hora de escoger al próximo Presidente. La falta de fe en las instituciones políticas y su inherente corrupción era la excusa perfecta para no madrugar a votar los domingos, y más bien quedarse en piyama viendo televisión cómodamente en la casa, o cualquier otro plan que no implicara perder valiosos momentos de recreación y descanso a cambio del dudoso honor o deber moral de cumplirle al país participando activamente en la conformación del estado. De esta manera la respuesta a la apatía política siempre había sido la abstención en la gran mayoría de casos.

Una minoría insatisfecha, sin embargo, seguía acudiendo a las elecciones, así fuera para votar en blanco. Esto último como una demostración de apego a la institucionalidad, dignidad política y quizás, por amor a la patria, a pesar de que hasta hace poco, el voto en blanco no tenía otro efecto diferente al de constituir una protesta sin eco, al ser una herramienta inefectiva para alterar las relaciones de poder estatales.

Pero a partir de la reforma política de 2003, que modificó el artículo 258 de la Constitución Política de 1991, se estableció que debían repetirse las elecciones para elegir miembros de una corporación, gobernador, alcalde o la primera vuelta en las presidenciales, por una sola vez, en el evento de que los votos en blanco constituyeran la mayoría absoluta en relación con los votos válidos en el primer caso, o mayoría simple, en los casos restantes.

De hecho el voto en blanco ya tuvo consecuencias políticas concretas el día 26 de octubre de 2003, gracias a un pequeño pueblo del departamento de Cundinamarca, llamado Susa, cuyo ganador de las elecciones para la alcaldía local fue el voto en blanco. Entre los 2.788 habitantes de Susa que participaron con su voto en las elecciones, 1.872 votaron en blanco, mientras que los candidatos, Óscar Eduardo Rocha Ramírez y Hugo Alberto Martínez Castillo, obtuvieron 511 y 146 sufragios cada uno.

Rocha no pudo ser declarado alcalde electo porque, como lo establecen las normas electorales del país, el número de votos que obtuvo fue superado por la opción en blanco, lo que invalida la jornada electoral. Por primera vez en toda su historia, el voto en blanco le sirvió al ciudadano colombiano como algo más que un simple “voto protesta”.

Pero no todo es color de rosa. Aunque con la nueva reforma política el voto en blanco adquiría una nueva dimensión de participación en el poder, no necesariamente se convierte de forma automática en un mecanismo de mayor transparencia en el quehacer político. Volviendo al ejemplo de Susa, cabe señalar que el candidato favorito para dichas elecciones era Guillermo Almanza Vanegas, un ex cantante de orquesta, de 43 años, quien había sido inhabilitado para participar tres días antes de la elección, por haber sido condenado a la cárcel, al ser encontrado culpable del delito de peculado mientras ejerció como alcalde entre 1998 y 2000, de acuerdo a informaciones del Diario El Colombiano, en su publicación de octubre 30 de 2003.

Ante el inminente proceso judicial en su contra, el candidato hizo pública su opinión sobre lo “injusto de esta actuación”, e inmediatamente promovió una campaña por el voto en blanco que obligara a la realización de una nueva elección. Y lo logró, pues las preferencias de las mayorías en Susa estaban con él. De manera que Almanza eliminó a sus contendores políticos Oscar Eduardo Rocha Ramírez y Hugo Alberto Martínez Castillo para la nueva elección, ya que ninguno de ellos logró alcanzar la legitimidad equivalente al 50% de los votos válidos, ni por separado ni juntos.

El voto en blanco es por tanto un arma de doble filo. Recientemente, tanto los opositores a la reelección presidencial, como sus defensores a ultranza, plantearon interesantes hipótesis sobre las posibles aplicaciones del derecho al voto en blanco.


El ex alcalde de Bogotá y ex constituyente Jaime Castro, por ejemplo, propuso el voto en blanco como una alternativa electoral a la reelección de Uribe. “Veo imposible una unión de fuerzas de la oposición. Por eso hay que empezar a defender el voto en blanco por su valor político, ya que es una manera de denunciar en las urnas la ilegitimidad de la reelección, y eficacia jurídica, porque si es mayoría se deben repetir los comicios con otros candidatos”, dijo Castro. “Uribe no es invencible”, sentenció a su vez el senador Carlos Gaviria Díaz, precandidato presidencial de la izquierda, quien ponía oído atento a la propuesta de Castro.

Pero los uribistas no se quedaban atrás, cuando aún existía incertidumbre con respecto al fallo de la Corte Constitucional sobre la exequibilidad o no del proyecto de reelección presidencial, y los defensores del presidente de la república plantearon la posibilidad de votar por el Presidente, aunque la Corte Constitucional declarara inexequible la reelección, o votar en blanco como una salida constitucional al asunto.

Según el director ejecutivo del Centro de Estudios Constitucionales –Plural-, Armando Novoa, lo que se estaba buscando era crear un colapso institucional, “Sería como repetir la frase de Luis XV: ‘El Estado soy yo, si no es conmigo no hay posibilidad de vigencia del Estado de derecho’. Ese voto en blanco estaría en función de articular una lectura de esa naturaleza”.

José Saramago, el premio Nóbel de literatura 1998, en una conferencia reciente para la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, resumida en la revista Número, habló sobre su última novela titulada Ensayo sobre la lucidez, y que trata precisamente sobre una ciudad hipotética, en la que un día el 83% de los votos introducidos en las urnas fueron votos en blanco. “En el caso de la novela podría ocurrir sencillamente que el gobierno, en una especie de iluminación, de lucidez, podría decir que es un fenómeno extraño, pues siempre hay votos en blanco, pero no en ese porcentaje. (..) No hace falta decir que si el gobierno, del que se habla en este libro, optara por pensar, pues no tendríamos novela. Lo que pasa es que el gobierno decide entrar por el camino aparentemente más fácil y por el que se supone que podrá alcanzar mejores resultados, por lo menos más rápidos: la represión. Ahora sí, con la represión ya hay novela. Cuando la novela se presentó en Lisboa, a finales de marzo del 2004, estaban en la mesa principal cinco personas, una de las cuales era el ex presidente de Portugal Mario Soares, que tiene un pasado político extraordinario, de luchador contra el fascismo y deportado. En lo más encendido del debate, Soares me puso la mano en el brazo y me dijo: «Pero hombre, ¿usted no se da cuenta de que 15% de votos en blanco significaría el descalabro de la democracia?». Yo lo miré ahora sí con una superioridad total y le contesté: «¿Entonces 40 o 50% de abstenciones no son, no representan o no significan un descalabro para la democracia?». Bueno, la conclusión es muy fácil: los políticos prefieren la abstención al voto en blanco. Con la abstención han vivido siempre y han encontrado una forma de justificarlo todo: por la lluvia, por el sol, por la playa, por la gripa, por la enfermedad, o sencillamente porque a la persona no le apeteció votar. Es distinto que 40% de sufragantes tengan intención de votar pero las propuestas existentes no les interesan, por lo que deciden sufragar en blanco.”


CONCLUSIÓN : Votar en blanco es mejor que abstenerse. La democracia sigue siendo “el menos peor de los gobiernos”, e igual cosa puede afirmarse sobre el proceso electoral. Si a usted no lo convence ninguno de los políticos, no es excusa para no participar, pues como bien lo dice Mario Soares, “los políticos prefieren la abstención al voto en blanco.” Hay que recordarles, por tanto, de quién es el poder, y no dejarse llevar por el escepticismo de las encuestas.

La única encuesta que vale, es la del día de las elecciones, así le digan lo contrario…… Touché.




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