El año que volvió la esperanza (Parte 2)
En el primer trimestre de este año se vio que todas estas medidas no tuvieron un efecto recesivo, como muchos temían. Antes, por el contrario, la economía creció al 3,8 por ciento, la tasa más alta de los últimos cinco años, impulsada por la mayor confianza de los inversionistas y de los propios colombianos, que empezaron a percibir una mejor seguridad. El desempleo bajó de 16 por ciento en agosto de 2002 a 13 por ciento en mayo de este año; un descenso insuficiente, pero esperanzador en todo caso.
Hace dos meses se retiró Roberto Junguito del Ministerio de Hacienda en medio de serpentinas y aplausos, y en su reemplazo Uribe nombró a Alberto Carrasquilla. Este último no había terminado de instalarse en su puesto cuando tuvo que hacer un anuncio desconcertante: que el hueco era de cerca de tres billones de pesos, que el presupuesto de 2004 está desfinanciado y que se necesitan más impuestos, otra reforma pensional y más cambios a la Constitución para recortar el gasto.
El anuncio es tan absurdo que hay quienes se resisten a creer que sea cierto y desearían oír que se trata de un mal chiste. Pero lo grave es que el Ministro habla en serio. Y lo más preocupante es que, políticamente, el discurso del hueco fiscal a estas alturas no tiene ninguna presentación.
El gobierno dice que necesita más plata para sostener el ritmo del gasto en seguridad democrática. Eso se sabía perfectamente desde el momento en que se decretó el impuesto al patrimonio. Plantea también que le tocará gastar una fortuna en pensiones. Nuevamente, era algo previsible y para eso se hizo la reforma pensional. Por último, afirma Uribe, que necesita modificar otra vez la Constitución para frenar algunos gastos y transferencias que están amarrados en la Carta. Pero, ¿no fue eso lo que dijo cuando introdujo las preguntas de ajuste fiscal en el referendo? ¿Por qué no aprovechó para desamarrar gastos en el cambio constitucional de la reforma política que se aprobó hace dos meses?
De otro lado, la economía está creciendo más de lo previsto. ¿Cómo justificar, entonces, las nuevas reformas y nuevos impuestos? Es bien difícil, pues todas las razones del descuadre presupuestal eran perfectamente previsibles desde el año pasado, cuando se tramitaron las primeras reformas. Por mucho que intenten disimularlo lo que hubo fue un error gigantesco de planeación financiera.
De manera que en el primer año de Uribe el primer timonazo evitó el iceberg pero la neblina se levantó y volvió a aparecer sorpresivamente. ¿Qué va a pasar ahora? Es posible que con la aprobación del referendo se logren algunos ahorros, incluso superiores a los que ha anunciado el gobierno. Pero la situación económica en general es todavía muy delicada. Aunque la economía va por buen camino, en un país en guerra nunca se sabe. La incertidumbre en las finanzas públicas es sin duda el mayor lunar que muestra hasta ahora el gobierno de Alvaro Uribe.
Sin comodín
Las apuestas de Uribe son entonces muy altas. En el momento más crítico de su historia el Presidente está frente a un póker sin comodín y sin posibilidad de cambio de cartas. Ha hecho seis grandes apuestas y, como dicen en los casinos, está 'resteado'.
La primera apuesta es la sostenibilidad de la guerra. ¿Se puede mantener la financiación de la guerra a este ritmo? El Plan Colombia no es eterno y está financiado hasta septiembre de 2004. Aunque la mayor parte de la inversión de las Fuerzas Militares está financiada por el presupuesto nacional, la ayuda de los gringos es definitiva para presionar militarmente una salida negociada.
La segunda apuesta es la sostenibilidad del ajuste económico. ¿Cuándo será suficiente? Después de todas las reformas e impuestos el hueco fiscal sigue ahí. Gigantesco. Y todos los intentos por taparlo son ínfimos desde lo fiscal pero enormes desde lo social. ¿Hasta cuándo aguantará el apretón del Fondo Monetario cuando 60 por ciento de los colombianos viven en la pobreza?
La tercera apuesta es la sostenibilidad del modelo económico. ¿Se puede reactivar la economía con semejante hueco fiscal de un lado y la guerra del otro?
La cuarta apuesta es la sostenibilidad de la recuperación del territorio. ¿Logrará hacer presencia la legitimidad del Estado en las zonas de conflicto a través de maestros y fiscales y no sólo de militares? ¿Con qué plata?
La quinta apuesta es la sostenibilidad de su nuevo modelo de gobernabilidad. ¿Aguantará la política de cero puestos con el Congreso? ¿Qué pasará cuando caiga la popularidad del Presidente?
La sexta apuesta es la sostenibilidad de la dependencia externa. ¿Podrá el país sobrevivir sin la mano de Estados Unidos? Son apuestas que se definirán en el transcurso de los próximos tres años de gobierno y que medirán qué tan buen jugador es Uribe en el arte de gobernar.
Lo cierto hasta ahora es que Uribe logró poner al país frente a sus problemas fundamentales, algo que pocos presidentes habían hecho. Y lo ha hecho porque sencillamente no tiene otra opción: está al filo del caos. A pesar de que va en la dirección correcta los resultados no pueden ser espectaculares en 12 meses. Pero los colombianos han recuperado la confianza de que con Uribe es posible llegar a la otra orilla. Quizá la situación de orden público no haya mejorado sustancialmente y Colombia siga siendo uno de los países más peligrosos del mundo pero existe la sensación de que las cosas están cambiando. Y esa percepción colectiva de que el país puede salir adelante es el primer paso para reactivar la economía y transformar la política. El pesimismo es el peor enemigo del progreso. Y Colombia, a pesar de la magnitud de los problemas, es hoy un país que ha recuperado la esperanza. Y eso se lo debemos a Uribe. ¿Cuánto durará ese romance? Más de lo que muchos creen.



