Uribe, segundo tiempo
Al cumplir dos años de gobierno, queda claro que Álvaro Uribe aún tiene un gran liderazgo, pero su estilo de gobierno ha golpeado las instituciones democráticas del país.
Publicado en revista SEMANA, agosto 2 de 2004
Los colombianos llevaron a Álvaro Uribe Vélez a la Presidencia porque creían que era el hombre que podía cumplir con dos misiones: derrotar a las Farc y acabar con la politiquería. Uribe entró con el dinamismo de un gobernante independiente a quien le sobraba capital político para tomar decisiones impopulares y dolorosas, pero necesarias para sacar al país de la postración en la que se encontraba.
Con un liderazgo fuerte, el Presidente jugó su primer tiempo decidido a cumplirles a los ciudadanos. Pronto se vieron una mejoría sustantiva en los índices de seguridad, una meritocracia en marcha que prometía desterrar el clientelismo, reestructuraciones en empresas estatales, como Telecom y Ecopetrol -a las que por muchos años nadie se les había medido- y un primer paso para solucionar la crisis acumulada de las pensiones. También consiguió un mayor respaldo internacional para la lucha antiterrorista y consolidó la alianza con Estados Unidos para mantener el vigor de un Plan Colombia, que además de combatir el narcotráfico se había extendido a combatir la guerrilla.
Como lo dijo esta revista en su momento, al finalizar el primer año del gobierno Uribe, había vuelto la esperanza. Esa mayor confianza en el futuro ayudó a despertar a la economía de su letargo, y aunque esa no fue la única razón de la reactivación, los efectos económicos de este renovado optimismo se sienten hasta hoy.
La percepción de que el país renacía convirtió a Uribe en el Presidente más popular en mucho tiempo. Desde que se realizan encuestas nunca antes un mandatario colombiano había alcanzado niveles del 80 por ciento de favorabilidad al terminar su segundo año de gobierno.
En el Consejo de Ministros televisado del pasado 17 de julio, el presidente Uribe pasó al tablero a cada uno de los ministros y les hizo un examen exhaustivo sobre su gestión
Uribe tomó entonces una decisión de alto riesgo y resolvió invertir este enorme respaldo ciudadano en legitimar su campaña para la reelección. Por eso, en parte, algunos de sus grandes propósitos, en este segundo tiempo que comienza ahora, están perdiendo foco. La defensa de la democracia en la que se empeñó está flaqueando en puntos álgidos. Tiene un afán desmedido de conseguir resultados aun a costa de saltarse las reglas de juego democrático y ha mostrado debilidad en su negociación con los paramilitares. Y su compromiso de transformar a fondo las relaciones entre el Ejecutivo y los partidos políticos está desdibujándose.
El estilo presidencial tampoco le ha ayudado. Es cierto que su fuerte liderazgo es bienvenido, porque a la gente le gusta que esté pendiente de que las cosas se hagan. Reconforta saber que hay un líder comprometido a quien le importan los problemas de los ciudadanos del común. Sin embargo, su preocupación por controlar cada minucia hace que el gobierno en su conjunto pierda el norte, y de paso contribuye a desinstitucionalizar el país, al irrespetar conductos regulares quitándoles piso a sus propios subalternos, y a gobernantes locales. No es sino observar un sábado de consejos comunales para darse cuenta de ello.
Hay demasiado Presidente y poco gobierno. Esto está debilitando la institucionalidad democrática, y en poco tiempo puede comenzar a afectar el respaldo al gobierno. Ya se perciben los primeros síntomas preocupantes en lo político, en lo económico y en la seguridad democrática.
¿Contra la politiquería?
En el terreno de la política el presidente Uribe anunció el fortalecimiento de los partidos como parte de su plan para hacer una democracia más robusta. La reforma política, que les cerró opciones a las operaciones avispa, pasó con un buen empujón del Ejecutivo. Una interlocución moderna con los partidos de gobierno y de oposición implicaba una discusión de los grandes temas, y también un gobierno de coalición que tuviera una amplia representación. Así pareció conducir las cosas al principio, cuando conservadores y noemicistas, entre otros, entraron al gabinete, asegurando una mayor gobernabilidad.
Pero el ánimo reeleccionista transformó el panorama. El gobierno se ha ido cerrando, quedándose cada vez más solo con los amigos. Es lo que suele suceder al final, cuando los gobiernos pierden aliados por el desgaste de estar en el poder. Pero a los dos años de mandato es arriesgado para la gobernabilidad cerrarse tanto.
De otra parte, el diálogo político con los contrincantes liberales o con los aliados conservadores ha venido siendo reemplazado por una repartija burocrática. Uribe dijo en su 'manifiesto democrático' que "para salvar al Seguro Social, al Sena, al Bienestar Familiar, al Sisbén y la educación pública, cero politiquería". Pero en algunas de estas entidades ya ha comenzado a mostrar laxitud frente a las presiones de los políticos. Varios cargos regionales en Icbf, por ejemplo, ya se están entregando abiertamente a cuotas políticas. Los grandes logros en el Sena, que duplicó sus cupos, se ven ahora amenazados porque está volviéndoles a dar espacio a los amigos de los parlamentarios. Y para un puesto que maneja tantos contratos como es el de gerente de Invías se escogió a una cuota conservadora, más por su partido que por sus méritos profesionales.
Mientras el Presidente siempre invita a los parlamentarios a acompañarlo en sus propósitos de acabar con el clientelismo, y las primeras leyes las sacó sin repartir prebendas, desde que se puso a andar el proyecto de reelección inmediata, las cosas cambiaron. Se han hecho comunes las llamadas y visitas de los ministros a los congresistas, y a los 'acuerdos programáticos' sólo les queda el nombre. Este fue el caso del pacto que se hizo con el Partido Conservador, que quedó reducido a un intercambio de puestos por votos.
El Presidente se propuso devolverles independencia y transparencia a las relaciones entre el Ejecutivo y el Congreso. Sin embargo, el gobierno ha empezado a ceder ante intereses burocráticos de algunos congresistas
Después de la masacre de La Gabarra, Uribe criticó a Ammnistía Internacional por no denunciar los actos de las guerrillas. Esa fue una salida en falso contra una institución muy respetada en Europa
Es que en el juego político de partidos, paradójicamente a quien menos ha tratado como tal es a su propia bancada. Algunos de los parlamentarios uribistas sienten que el Presidente los ha dejado a la deriva y sólo los convoca para trabajar en equipo antes de las votaciones decisivas. Varios congresistas oficialistas no perciben un liderazgo ideológico del Ejecutivo. "El gobierno le coquetea a todo el mundo menos a nosotros", dijo una congresista uribista. Con ello corre el riesgo de perder a sus aliados naturales en la tarea de conformar mayorías parlamentarias.
El propósito presidencial de fortalecer la democracia también se ha visto debilitado porque cada vez el gobierno recurre más a los 'atajos'. Se salta las normas y conductos institucionales existentes para lograr lo que quiere. Esa tendencia ya se vio incipiente desde el principio del gobierno, cuando dejó al general Jorge Enrique Mora en la comandancia de las Fuerzas Armadas más allá de su tiempo reglamentario o cuando llamó de nuevo al general Teodoro Campo al servicio activo para que dirigiera la Policía, con lo que creó un cisma institucional del cual aún la entidad no se recupera.
En la estrategia antiguerrillera también se han buscado las salidas rápidas. Así por ejemplo, ha respaldado capturas masivas de sospechosos. Tanto es así que en una tarjeta plastificada con los puntos clave de la seguridad democrática, que el gobierno reparte a diestra y siniestra, figuran las capturas masivas como una estrategia de seguridad, con lo que se metió en el ámbito de la justicia. Estas capturas no sólo se han prestado para abusos a ciudadanos inocentes, sino que les han restado apoyo de la población civil a las Fuerzas Militares, una condición esencial para legitimar el Estado democrático en los territorios antes dominados por las guerrillas.
Por último, es claro que el mayor brinco a las reglas del juego que pretende dar el gobierno de Uribe es impulsar un proyecto de reelección inmediata. Esta iniciativa representa un cambio mayor de la institucionalidad colombiana. Implica no solamente que el Presidente se pueda candidatizar en 2006, sino que lo pueda hacer en condiciones de equidad con otros competidores. Para ello se necesitaría reglamentar nuevas condiciones de financiación de campañas, acceso a los medios de comunicación, permiso para que los funcionarios puedan hacer proselitismo, etc. El gobierno no parece interesado en preparar el desarrollo de ninguna de estas normas. Que sea el mismo Presidente quien esté promoviendo la desinstitucionalización, para intentar quedarse en el poder, deja mucho que desear de su compromiso con la democracia. (El hecho de que Uribe nunca quiera mencionar en público la palabra reelección, y aluda a ella como "el temita ese", no quiere decir que no sea obvio que sin su interés, no podría ser reelegido).
El desdén por las instituciones ha traspasado las barreras nacionales, y ha causado daño a las relaciones internacionales. Lo que hizo Uribe con la mano, como lograr una condena de la OEA al terrorismo y una mayor colaboración de casi todos los países vecinos, puede estarlo borrando con el codo, con sus salidas en falso. Nadie puede esperar ganarse la opinión europea poniendo en duda la seriedad de organizaciones tan respetadas en ese continente como Amnistía Internacional. Y cuando se cuenta con un aliado tan estrecho en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo como Estados Unidos, resulta algo incongruente hacer oídos sordos a sus críticas de que es escandaloso sentarse a negociar con narcotraficantes sin una exigencia perentoria de que, como condición previa, dejen el negocio. Por último, no es posible llevar adelante una política exterior profesional cuando se reparte el servicio diplomático entre parientes de los políticos, idóneos o no, como si se tratara de cualquier instituto sin importancia.
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