Reportaje


Una pieza clave



El profesor Matthew S. Shugart, uno de los académicos que más ha estudiado la política colombiana, analiza el impacto de la reforma electoral sobre los partidos.

Por Matthew S. Shugart*


El 12 de marzo de 2006 los colombianos votaron en las elecciones para Congreso utilizando por primera vez el nuevo sistema electoral creado por la reforma política de 2003. La intención de la reforma era establecer partidos políticos más fuertes y asegurar un mejor sistema de rendición de cuentas del Congreso hacia los electores. Dados los resultados, ¿qué podemos decir de los alcances del nuevo sistema electoral para lograr esos objetivos?

Los partidos políticos fuertes son esenciales para el funcionamiento de la democracia. Durante décadas, los partidos en Colombia eran clasificados entre los más débiles de cualquier régimen democrático a pesar de la existencia de un bipartidismo estable, dada la existencia de múltiples facciones dentro de los partidos tradicionales Liberal y Conservador.

Con frecuencia, el vínculo a la facción del congresista era más importante que el vínculo al partido mismo, ya que los partidos dejaron de diferenciarse en términos ideológicos y de implementación de políticas. Si los partidos no toman una posición sobre las políticas a desarrollar, los votantes no pueden utilizar su voto al Congreso para expresar sus preferencias acerca de la orientación política que se debe tomar en decisiones trascendentales como la apertura del comercio, negociación y diálogo o confrontación con los grupos alzados en armas, expansión o disminución del gasto social, distribución del recaudo de impuestos, por sólo dar algunos ejemplos.

En el pasado reciente, los candidatos al Congreso por el Partido Liberal y Conservador se diferenciaban principalmente por la capacidad de sus redes clientelistas y no por la existencia de un programa de partido. El sistema electoral anterior no logró generar los incentivos para recompensar a los partidos que presentaran un enfoque programático y alternativas de política claras, mientras que sí premió su eficiencia en distribuir los votos en listas de las diferentes facciones que normalmente representaban las redes de clientela dentro de los partidos.


De hecho, el antiguo sistema electoral castigaba el surgimiento de partidos que no contaran con estructuras clientelistas tradicionales. Para los partidos y movimientos que intentaron captar el “voto de opinión” presentar demasiados candidatos podía resultar en no elegir ninguno, aun cuando la sumatoria de todos los votos combinados de sus candidatos fuese suficiente para elegir más de un legislador.

La causa fundamental de la fragmentación de los partidos tradicionales en facciones y la incapacidad de los nuevos partidos para agregar votos era que la definición de “candidato” en el sistema electoral anterior hacía referencia a múltiples listas personales y no a múltiples candidatos en una lista de partido. Aunque cada una de estas listas contenía más de un candidato, en realidad, con excepción de un pequeño porcentaje de éstas, el único candidato con probabilidad de ser electo era el primer renglón, la cabeza de lista. Movimientos no tradicionales que intentaran elegir más de un candidato tenían que encontrar una forma de dividir sus votos en diferentes listas. El problema, para ponerlo en forma sencilla, era que las redes clientelistas constituían una manera eficiente de distribuir votos de forma óptima, mientras que cultivar los votos de opinión –la esencia misma de un programa de partido– no lo era.

Las consecuencias de este sistema electoral se vieron muy claramente en las elecciones de 2002 para el Senado de la República. En esa elección, el Partido Liberal obtuvo 28 de las 100 curules, en 28 listas diferentes. Los conservadores ganaron 13 curules de 13 listas diferentes, y otros 39 movimientos (más 16 independientes) obtuvieron representación a partir de 56 listas diferentes. El alto número de partidos con representación senatorial marcó sin duda un nivel de fragmentación sin precedentes. Dado que todos los senadores –excepto seis– resultaron elegidos como cabeza de lista y un gran número de partidos sólo contaban con un senador, la conexión entre el voto y las posteriores posiciones de política dentro del Senado era casi inexistente. La situación en la Cámara de Representantes era muy similar. Así, el sistema de rendición de cuentas a los votantes era casi inexistente.


¿Hizo alguna diferencia la reforma al sistema electoral? Una muy grande. El cambio más fundamental en las reglas electorales es el requisito de que cada partido presente una lista única que puede ser abierta o cerrada. Si el partido se decide por la utilización del voto preferente –como lo hizo la mayoría de los partidos– los candidatos siguen en libertad de cultivar un voto personal. La diferencia es que por primera vez en la historia electoral de Colombia, el voto por un candidato individual es también un voto por el partido. De esta forma los partidos ya no deben ocuparse en dividir eficientemente sus votos entre las diferentes listas personales.

La importancia de este cambio no debe ser subestimada. En la reciente jornada electoral la mayoría de los partidos se organizaron en bandos a favor y en contra de la reelección de Uribe. El número de listas y partidos presentando candidatos fue radicalmente menor: se pasó de 321 listas y 66 partidos en las elecciones de 2002 para Senado a 20 listas cada una presentada por un partido diferente, en 2006. Solo 10 de 20 partidos obtuvieron curules, seis de los cuales tuvieron el respaldo explícito del presidente Uribe y dos asumieron claramente la oposición.


El tener una sola lista con la utilización de la cifra repartidora restableció una conexión clara entre popularidad y representación. Los votos agregados de los seis partidos respaldados por Uribe para el Senado alcanzaron el 58% de los votos y 61 curules. Los dos partidos de oposición –el Partido Liberal y el Polo Democrático Alternativo– sumaron el 26% de la votación que se transformaron en 28 curules. El contraste con las elecciones de 2002 es ilustrativo. Para aquellas elecciones, el Partido Liberal terminó subrepresentado (con 30% de los votos y solo el 28% de las curules) al mismo tiempo que el Partido Conservador terminó sobrerrepresentado con 13 curules a pesar de haber obtenido sólo el 10% de la votación. Otros pequeños partidos también resultaron sobrerrepresentados, aunque otros terminaron subrepresentados. Es decir, las elecciones previas a la reforma no sólo tuvieron un número extremadamente alto de partidos, sino que además no existía una conexión clara entre las preferencias de los votantes y cómo estas se tradujeron en curules en el legislativo. El nuevo sistema electoral ha hecho que la oferta de opciones para los ciudadanos sea mucho más clara y que el proceso representativo sea más transparente: por primera vez los colombianos tienen un Senado que refleja claramente las preferencias de quienes votaron.

En la Cámara de Representantes, la situación es también más clara que en el pasado. Los partidos que recibieron el aval del presidente Uribe obtuvieron poco más del 51% de los votos a nivel nacional, lo cual se tradujo en 55% de los escaños. En cuanto a los partidos oposición, el Partido Liberal obtuvo 19% de los votos y 22% de las curules, mientras que el Polo se vio significativamente subrepresentado con 5,5% de las curules a pesar de haber obtenido el 8,2% de los votos. La razón de esto, por supuesto, es que la fuerza electoral del Polo está concentrada en unos pocos centros urbanos. La Cámara de Representantes, a diferencia del Senado, no está diseñada para representar la distribución del voto nacional entre los partidos sino su distribución entre departamentos. Este regionalismo de la política colombiana se ve reflejado en el 13% de las curules de la Cámara que fueron ganados por movimientos que sólo presentaron listas en uno o unos pocos departamentos. Estos partidos regionales colectivamente recibieron alrededor del 16% del voto. Por consiguiente, el nuevo sistema electoral ha generado un equilibrio entre fuerzas electorales nacionales y regionales en la Cámara de Representantes, con una mayoría uribista (en votos y curules). De nuevo, la conexión entre los votos de los electores y la forma como éstos se ven representados es clara.

El sistema electoral es sólo un componente de la democracia. De hecho, es sólo uno de los aspectos que fueron modificados con la reforma política aprobada por el Congreso colombiano en 2003. Sin embargo, el sistema electoral es una de las piezas más importantes de la democracia representativa. Aun desde esta primera oportunidad, el sistema electoral ha contribuido a una mejor representación de los votantes colombianos.

* Profesor e investigador de la Universidad de Californa, San Diego.



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