
La infancia de los presidenciables
Todos los psicólogos, incluidos los que niegan a Freud, consideran que la niñez marca la vida de los adultos. Teniendo esto en cuenta, Votebien investigó cómo fue la niñez de los candidatos presidenciables para entender mejor sus más profundas motivaciones.
Alvaro Uribe Velez en su niñez
Carlos Gaviria Díaz
Carlos Gaviria nació en Sopetrán, un pueblo caliente del noroccidente de Antioquia, famoso por sus frutas exóticas. Su padre era un autodidacta del periodismo, de espíritu aventurero, que se suicidó cuando él apenas tenía cuatro años. Su madre, una maestra, “echada para adelante” y de familia liberal, decidió viajar a Medellín con sus tres hijos después de enviudar.
En Medellín, la familia Gaviria se estableció en la casa de los abuelos maternos en el barrio Manrique. Allí su mamá se dedicó personalmente a educarlos. Después de juiciosas jordanas de estudio, los niños eran premiados a la hora del “algo” – como llaman en Antioquia la comida a mitad de la tarde-. Podían escoger entre los panes con arequipe y bocadillo (mojicones), los pasteles y los panderitos que traía la “parvera”, personaje tradicional de la época que vendía puerta a puerta las delicias en una caja de madera.
Carlos aprendió a leer con un libro llamado “Nuestro lindo país colombiano” escrito por Daniel Samper Ortega. Este texto hablaba de un caño multicolor donde confluían tres ríos diferentes. Desde estos primeros días de infancia ha deseado visitar este lugar, que con el tiempo descubrió que era el “Caño Cristales” en la Sierra de la Macarena, Meta.
Guardar la imagen de este lugar durante años evidencia la memoria prodigiosa que tiene Carlos Gaviria Díaz. Esta virtud la heredó de su abuela, “uno de los personajes más influyentes en la vida de Carlos”, según su esposa María Cristina. Todas las noches, la voz de su abuela lo arrullaba con historias de aventuras, hazañas de antepasados y uno que otro cuento de terror. Por su abuela, la lectura sigue siendo para él, mil veces mejor que la televisión. En su infancia este hobby sólo era reemplazado de vez en cuando por el fútbol y las bicicletas.
La primaria y el bachillerato los cursó en el colegio de los jesuitas, el de la Universidad Pontificia Bolivariana. Siempre le apasionaron las materias de pensar y no de memoria, sobre todo desde que conoció a su maestro Octavio Harry, que según su esposa es una de las personas que más marcó a Carlos Gaviria.
Su colegio, además de un buen maestro como Harry, le dio una educación más libre que la de la mayoría de colegios de la época. Los jesuitas fueron los primeros que aceptaron en sus aulas a niños de otras creencias religiosas, específicamente de los jóvenes judíos que llegaron a Medellín con sus familias, cuando inició el auge de la industria antioqueña. Pero esto para él no fue suficiente. Este libre pensador a pesar de ganarse la beca para terminar la carrera donde los jesuitas, se fue para la Universidad de Antioquia, con el sueño de encontrar una educación laica y más liberal.
Álvaro Leyva Durán
Según testimonios de su hijo Jorge Leyva e el perfil escrito por la periodista María Teresa Ronderos, en el libro ‘Retratos del Poder’, la infancia de Álvaro Leyva Durán sufrió un cambio abrupto que lo marcó para siempre. Jorge, su padre, era el ministro más poderoso del criticado régimen conservador de Laureano Gómez y cuando este fue derrocado, toda la familia- incluyendo sus siete hermanos y su madre María- debieron abandonar el país y establecerse en Estados Unidos.
A los once años, Leyva Durán dejó de ser un típico niño de la elite bogotana que vivía en una casa en el barrio campestre de La Soledad y debió enfrentarse a la escasez económica y al rechazo del que fue objeto su familia por la trayectoria política de su padre.
Mientras aprendía a multiplicar en un colegio benedictino en Nueva York, becado gracias a la palancas con el monseñor Samoré en Roma, los medios de comunicación colombianos caricaturizaban a su papá como un extremista de derecha protagonista de la violencia política. Lo apodaron “El Pájaro Leyva”, en alusión a los “pájaros”, aquellos bandoleros conservadores despiadados que habían asesinado y perseguido a familias liberales en la década de los cuarenta.
El mejor ejemplo de esos años de clandestinidad, es la historia que Leyva le contó a la periodista Ronderos. Días antes de que Leyva y su siete hermanos viajaran a Estados Unidos llegó una caja de golosinas enviada por sus padres que se habían exiliado desde el día en que cayó el gobierno. Los hermanitos se comieron felices los chocolates y botaron a la basura la bella caja donde venían. Pero pesaba demasiado. Sólo entonces descubrieron que tenía un doble fondo en el que venían los discos con los discursos que Laureano Gómez enviaba a sus copartidarios desde el exilio.
De los 11 a los 18 años, Leyva vivió en carne propia la experiencia de ser un extranjero. En el colegio Mount St. Joseph debió enfrentarse a un prefecto de disciplina xenófobo. En cambio de rebelarse contra el prefecto, conquistó tocando violín a sus profesoras que eran unas monjas viejitas, y ellas lo protegieron. A través de la televisión gringa, conoció a los Beatles, vio los debates de los jóvenes congresistas Kennedy contra Jimmy Hoffa, el líder sindical mafioso, la toma del poder de Fidel Castro y los discursos encendidos de Martin Luther King, lo cual le abrió los ojos a la revolución de los derechos civiles y le mostró una sociedad más igualitaria que la que él conocía en la fría Bogotá conservadora donde se había criado.
Antanas Mockus
Los padres de Antanas Mockus se conocieron durante el final de la Segunda Guerra Mundial. Después de vivir como refugiados en Alemania, decidieron no volver a su natal Lituania ocupada por la tropas soviéticas y buscaron fortuna junto a otros 400 compatriotas en Colombia. La mayoría de ellos se instaló en Bogotá en Teusaquillo con el apoyo de religiosos lituanos.
La familia Mockus compartió un apartamento en arriendo junto a Jouzas Zaranka, otro lituano profesor de filología que influyó mucho sobre el candidato. No tenían muchas propiedades. Un viejo baúl que sirvió para traer las pocas pertenencias funcionaba como armario. Media docena de cajas forradas con espuma eran las sillas de la casa. Los Mockus comenzaron a buscar cómo ganarse la vida: mientras el padre estudiaba ingeniería e inglés por correspondencia, su madre, una artista plástica, asumió los costos de la educación de sus hijos Antanas e Ismena vendiendo cerámicas y haciendo ilustraciones para los periódicos bogotanos.
Antanas Mockus creció en medio de este ambiente. Su madre no permitía que quedaran muchos momentos para el ocio y supervisaba con disciplina las horas de estudio fuera del colegio. Los fines de semana dedicaba su tiempo a ayudar a su padre clasificando recortes de revistas de ingeniería, armando aviones a escala y asistiendo a la iglesia como acólito. De tener novia ni hablar. “Mi madre siempre evitó el noviazgo de joven”, recuerda Mockus.
El ex alcalde hizo su preescolar en un colegio del barrio y luego pasó al Liceo Francés. Allí siempre sobresalió como el mejor estudiante de su clase, y algunos dicen que de muchas promociones, y desarrolló una gran amistad con varios de sus maestros. La relación con sus compañeros y vecinos era más difícil. Según María Teresa Ronderos, autora de un perfil de Mockus en el libro Retratos del Poder, “este niño genio también era un poco desadaptado: demasiado intenso en el sentido de justicia, demasiado romántico, demasiado artista”.
A los trece años, Antanas estuvo a punto de irse para el seminario en Roma gracias a una beca que le consiguió uno de los sacerdotes para los cuales servía como acólito, pero su padre no se lo permitió. Mockus no terminó en un seminario porque era tan enamoradizo que se sentía incapaz de cumplir el voto de castidad, no entendía la negación de la sexualidad por parte de la Iglesia. Su primer beso lo dio bajo el permiso del confesor de su vecina con la advertencia de que no podía tener pasión.
Enrique Parejo
Enrique Parejo nació en Ciénaga, Magdalena, en 1930. Su padre era supervisor del ferrocarril y trabajaba transportando la carga de banano de la United Fruit Company hacia Santa Marta. Su madre, ama de casa, se encargaba de la crianza de sus cuatro hermanos y dos de sus primos que habían quedado huérfanos. La casa de la familia era propia gracias a un dinero ganado por una fracción de un billete de lotería.
El dinero no alcanzaba para mucho y Parejo tuvo que irse a vivir con una tía a Sevilla, Magdalena, cuando apenas tenía 6 años. Allí, ella le enseñó a leer y a escribir. A falta de escuela, el ex ministro ayudaba en los quehaceres de la casa y en el trabajo al esposo de su tía, un humilde carpintero.
A los 10 años, Parejo regresó a su casa en Ciénaga y comenzó su primaria. El ex ministro no pasaba mucho tiempo con su padre. Apenas lo veía en las mañanas porque sus labores lo mantenía ausente la mayor parte del día. Fuera de la escuela, pasaba el tiempo jugando con sus hermanos y primos en su casa, aunque su madre reforzaba la educación con mucha disciplina. “Sin duda mi madre forjó mi carácter. Ella era muy dura a la hora de castigar, pero me enseñó muchos preceptos morales que marcaron mi vida”, recuerda Parejo.
Carlos Arturo Rincón
Rincón nació en 1950. Su infancia transcurrió en Ramiriquí, un pueblo frío, nublado, empinado y con una iglesia enorme, como todos los del centro de Boyacá. Él y sus cuatro hermanos vivían cómodamente, pues su padre ganaba bien comerciando insumos para el ganado en los pueblos cercanos.
En la primaria se hizo famoso entre sus compañeros por ser el mejor medio campista del pueblo. ‘Caniche’, era su apodo deportivo y cuando se fue a estudiar el bachillerato como interno en Tunja llegó a ser famoso en varios municipios del departamento. También era conocido como buen jugador de billar y experto ciclista, como muchos de los niños boyacenses de la época. Sus materias preferidas eran geografía e historia y sus héroes de infancia fueron el delantero de Millonarios Alejandro Brand y el ciclista Martín Emilio Cochise Rodríguez.
Después de la muerte de su madre, victima de una bala pérdida en medio de un tiroteo entre esmeralderos, Rincón quedó desubicado. Primero, pensó en dedicarse al fútbol profesional, pero su padre lo disuadió. Al final, cogió impulso y se fue a estudiar medicina en Europa con 40 dólares en el bolsillo y llenó de sueños por delante. En Sevilla, se convirtió en médico oftalmólogo.
Horacio Serpa
Horacio Serpa nació en Bucaramanga, el 4 de enero de 1943. Es hijo de José Serpa, un “tinterillo” y de Rosa Uribe, una maestra de escuela. Es el segundo de siete hijos.
Al preguntársele sobre su infancia, explica que fue como la de cualquier niño de provincia, miembro de una familia humilde y con recursos económicos limitados, “alejados de los lujos y la suntuosidad”, afirma. Su padre era un hombre amante de las leyes. Vivía de redactar edictos, revisar expedientes, asesorar a vecinos, entregar citaciones y de ayudar a hacer declaraciones de renta.
La familia Serpa Uribe recorrió todo Santander, pues su madre era trasladada con frecuencia a las escuelas de los municipios aledaños. Finalmente se establecieron en Bucaramanga, donde Horacio cursó sus últimos años de bachillerato, en el colegio público Santander. Durante esa época fue un estudiante promedio que atendía las responsabilidades, pero no se destacó.
Inspirado en la vida de su padre, decidió estudiar derecho. Explica que gracias a la educación impartida por su madre en la casa y la que recibió en los colegios públicos, logró superar las “trabas y obstáculos sociales que a la postre se convierten en la más férrea herramienta de discriminación”.
Alvaro Uribe
Nació en Medellín el 4 de julio de 1952. Desde muy niño fue un estudiante aplicado. Rayaba en la obsesión. Se sabía de memoria todos los discursos de Gaitán y las cartas y discursos de Bolívar. Recitaba párrafos enteros de poesía y escribía cuentos. Uno de ellos es especialmente recordado por sus amigos por su título: ‘Politiqueros y politiquería’.
La vena política la heredó de su mamá. Laura Vélez, que fue concejal de Salgar y una de las pioneras en la lucha por el voto de la mujer. “Esa inducción me dejó metido en la política sin salida”, le dijo Uribe a Semana, en su primera campaña hacia la presidencia.
Pasó su infancia en una finca en Salgar (Antioquia), montando a caballo y arreando ganado. Estudió los primeros años en una escuela de la región a la que, dice, llegaba en mula.
Cuando tenía siete años les preguntaron a él y a su hermano Jaime, que murió de cáncer en 2001, qué querían ser cuando grandes. Álvaro respondió: “Yo quiero ser presidente de Colombia”. Y su hermano menor agregó: “Y yo quiero ser hermano del presidente”.
Se graduó de bachiller del colegio Jorge Robledo, en Medellín, donde fue uno de los mejores estudiantes. En los dos últimos años de bachillerato lo eximieron de exámenes finales en todas las materias. Fue el mejor bachiller de la promoción de 1970.



