Crónica de una muerte anunciada
Con 1.400.000 votos, la mitad de lo que sacó en el 2002, y en el tercer lugar, Serpa se despide de su carrera política y el Partido Liberal se sumerge en la crisis más profunda de su historia. ¿Cómo se llegó a esto?
Por Cristina Vélez
Serpa entra al auditorio del Hotel Cosmos 100. Lo esperan 120 personas entre “serpatizantes”, miembros del partido y periodistas. Sólo dos personas animan a los asistentes, gritan “Viva Serpa” y la gente responde automáticamente. No hay banderas, sólo se ven algunas camisetas y ruanas rojas. Las caras son largas, hay lágrimas en muchos ojos. Rodean al candidato César Gaviria Trujillo, jefe nacional del partido, el vice Iván Marulanda y Rosita, su esposa. La ausencia de los parlamentarios liberales se nota mucho, uno de los directivos afirma que faltaron porque supuestamente fueron a acompañar a los votantes en las regiones. A pesar de su soledad, Serpa se ve firme y sin mostrar ninguna emoción, acepta su derrota en una declaración que no se parece en nada a sus emotivos discursos de plaza. Es breve. Termina con un sabor de amargura: “Uribe venció, pero no convenció”.
Según los escrutinios, el Partido Liberal no salió victorioso en ninguno de los departamentos del país. Álvaro Uribe le quitó toda la Costa, menos la Guajira, en donde ganó la izquierda, y los “santanderes”; los dos fortines electorales que le quedaban al “glorioso”. Horacio Serpa sacó la mitad de los votos que había sacado en el 2002 y la mitad de Carlos Gaviria. Ni siquiera pudo mantener los votos que sacó en la consulta del pasado 12 de marzo, porque según se rumora “ni el partido votó”.
El partido del pasado
La imagen desoladora del auditorio de la derrota contrasta con un pasado de plazas y recintos rojos a los que no les cabía un alma, atestados de caras desfiguradas por el sentimiento, un sentimiento por el que se llegó a matar. Ser liberal era una religión, un distintivo que se llevaba de por vida y se trasmitía de generación en generación; una histeria colectiva que se alimentaba de leyendas.
Por ejemplo, en miles de casas de barrios marginales estaba colgada la imagen de Jorge Eliécer Gaitán. Las mujeres le rezaban para que les conectaran el agua y la luz; le prendían una veladora como si fuera un santo. Y medio siglo después, Luis Carlos Galán, con el seño fruncido y la mano arriba empuñada, mostrando indignación, marcó la vida de muchos que vieron en él la posibilidad de un país sin la influencia del narcotráfico. Por su muerte se derramaron muchas lágrimas.
No todo era corazón. El liberalismo, estuvo en el poder aproximadamente 60 años, con interludios de predominio conservador. Tiempo en el cual desarrolló una maquinaria que llegó a cada rincón del país. La pirámide de mando empezaba en el Presidente de la República, quien elegía a dedo los gobernadores y alcaldes, quienes a su vez llenaban con sus clientelas todos los puestos burocráticos a nivel regional y local. El presupuesto de la Nación estaba al servicio del partido y el que estaba por fuera de la “rosca” se puede decir que estaba por fuera del Estado.
¿Qué pasó?
Hay múltiples puntos de vista frente a la crisis del liberalismo. Todos coinciden en que las causas de su caída vienen de tiempo atrás, incluso desde el Frente Nacional.
Los analistas dicen que uno de los problemas que tiene al liberalismo es que perdió el contacto con la gente. Esto es aceptado incluso dentro de la organización. Boris Zapata el subsecretario nacional del Partido, dijo a Votebien.com “Al partido del pueblo se le olvidó lo que era. Si ves un sindicalista lo asocias con el Polo. A un tendero como tiene propiedad se le asocia con la derecha. Pero, ¿a quién se le asocia con el Partido?. A nadie”.
Los analistas sostienen que este rompimiento con la base se explica por la fragmentación interna que ahora caracteriza al partido. Como lo sostiene el politólogo Eduardo Pizarro, el liberalismo dejó de ser una organización con jerarquía, en la que sus partes trabajan en conjunto y se convirtió en una nube de líderes locales que tienen detrás pequeñas redes de electores con los que comparten beneficios particulares. Ni el directorio nacional, ni los congresistas tienen ya poder sobre estos pequeños grupos, sólo se encuentran en elecciones para negociar los votos. Esto empeoró después de la Constitución de 1991, que les entregó a los candidatos todo lo que necesitaban para lanzarse sin necesidad de depender de un partido.
En ese desorden, el Partido de Gaitán dejó de ser efectivo a nivel de políticas nacionales y se quedó sólo con la intermediación particularista, como lo sostiene Francisco Gutiérrez, investigador del IEPRI. Las ideas en común se olvidaron y la consigna de hacer verdaderas reformas sociales quedó a un lado. La gente empezó a sentirse inconforme y a perder su identificación con el liberalismo.
Como prueba de este proceso de desgaste, en 1994, el 38% de los colombianos decían pertenecer al Partido Liberal. Una década más tarde, apenas el 20% de la población se identificaba con él. (Encuesta Gallup, Diciembre 2003).
Los escándalos de corrupción, en los cuales se han visto involucrados varios de sus políticos, hicieron que el poco electorado de opinión que todavía le quedaba a la agrupación empezará a preferir opciones independientes. El escándalo más sonado fue el proceso 8.000, protagonizado por el candidato y luego presidente liberal Ernesto Samper, su Ministro de Defensa y las directivas de su campaña. En el Congreso, varios liberales han perdido su investidura.
Bajo esta coyuntura, fue elegido Presidente en el 2002 el primer disidente del liberalismo: Álvaro Uribe. En esa ocasión, Horacio Serpa, representando el oficialismo liberal, perdió frente a Uribe en primera vuelta por dos millones de votos. Cuatro años después, volvió a perder, pero por cinco millones de votos, lo que para muchos es un entierro de tercera para el glorioso pasado del Partido Liberal. Seguramente se transformará para sobrevivir. Nadie lo sabe hacer mejor.




