Reportaje


Reelección: primer balance


Las generaciones anteriores veían enormes riesgos en la reelección inmediata. Éstas no los ven. ¿Cuál de las dos tendrá razón?


La gran novedad en las elecciones de este domingo 28 de mayo no fue la extensión del período de Álvaro Uribe Vélez, sino el estreno de la figura de la reelección en Colombia.

Este estreno, sin embargo, probablemente es y será muy atípico. Aunque la política es el terreno de la incertidumbre, desde ya puede adelantarse que es poco factible que otro jefe de Estado logre hacerse reelegir en primera vuelta, y menos con un abrumador 62 por ciento. El nivel de prestigio de Uribe Vélez es un fenómeno excepcional, que no se ha visto muchas veces en el pasado y que se verá pocas veces en el futuro. Lo normal, después de cuatro años de gobierno en un país difícil de gobernar, había sido hasta ahora que el Presidente de Colombia saliera desgastado, canoso y con el sol en las espaldas. Les pasó a Gaviria, a Samper, y a Pastrana Jr., para nombrar sólo los tres últimos. Pero con Uribe las cosas no son normales.

La mayoría de los historiadores anota que de los Presidentes que han ejercido el poder en el último medio siglo en el país, casi ninguno tenía el prestigio al final de su mandato como para ganar una reelección. Por lo tanto, no hay que pensar que por la reelección de Uribe todos los presidentes de aquí en adelante van a contar con ocho años de gobierno.

Lo que sí es seguro es que todos van a tratar. La puesta en marcha de la figura de la reelección cambia la dinámica de la política de todos los gobiernos de ahora en adelante, desde el primer día de su posesión.

En el pasado, la prohibición existente para que los gobernantes fueran reelectos fijaba un marco de acción diferente. El hecho de que tuviera un limite hacía que en la agenda de los mandatarios no hubiera consideraciones estratégicas electorales sino, más bien, un sentimiento de misión cumplida. Ahora esta situación va a tener un giro de 180 grados.

Lo que está claro es que a pesar de la controversia que generó la figura, por ahora a los colombianos les está gustando la reelección. En realidad, la controversia giraba en gran parte alrededor del concepto de la reelección con nombre propio. Es decir, el hecho de promoverla cambiando la Constitución desde la Casa de Nariño a favor del ocupante de turno. Al hacerse en esta forma, Colombia se sumó a la tendencia reciente de varios países latinoamericanos como Argentina, Brasil, Venezuela, Perú y Ecuador, países que en su mayoría son considerados por los colombianos como menos desarrollados políticamente. En ningún país del Primer Mundo se podría contemplar que el Presidente de turno pudiera extender su mandato. En esas latitudes se exigiría que se llevara a cabo la reforma constitucional excluyendo al Presidente que la promueva de la reelección inmediata. Esa era la expectativa de algunos sectores que en Colombia se opusieron a la reelección uribista por considerarla tercermundista, debido a la forma como se puso en práctica.


Sin embargo, superada esta reserva por haberse convertido en un hecho cumplido, el respaldo electoral demostrado el pasado domingo refleja que el país se siente bastante tranquilo con el estreno de la nueva figura.

Y, la verdad sea dicha, el triunfo del 62 por ciento se obtuvo sin abusos de poder. Obviamente, el Presidente tenía las ventajas que conlleva el ejercicio de su cargo. Cuestión que se hizo más visible en el acceso a los medios de comunicación. Es natural, porque un Presidente puede alegar que va a determinado municipio o se hace presente en un acto trascendental -como ocurrió la semana anterior con el caso de los policías muertos por el Ejército en Jamundí- en condición de gobernante y no de candidato. Sea cual sea su figuración, su presencia en la pantalla chica está garantizada. Por eso, está claro en que en lo único que la Ley de Garantías no va a operar es el equilibrio en materia de acceso a los medios de comunicación.

Pero si algo hay que reconocerle a Uribe Vélez es que no recurrió a excesos en materia burocrática o contractual, lo cual siempre fue el temor de las generaciones anteriores frente a la reelección inmediata. En este aspecto, sí fueron eficaces las medidas establecidas por la Ley de Garantías. Lo mismo se podría afirmar de la financiación pues, al fin y al cabo, el Presidente acabó recibiendo menos recursos para su campaña que sus rivales. Los controles, mal que bien, operaron satisfactoriamente en todos sus aspectos. Los candidatos perdedores así lo reconocieron. Y si bien señalaron fallos puntuales, estos no afectaron el resultado en su conjunto.

Eso ratifica que Colombia hoy es más madura institucionalmente. En las décadas de los 30 o los 50 era casi imposible dejar de sospechar que existía la posibilidad de un fraude oficial promovido desde las más altas esferas del Estado.

Esta percepción era obvia porque al ser el Estado el mayor empleador del país, era lógico que todos los funcionarios fueran militantes obligados del hombre que los había nombrado. Al fin y al cabo, el Presidente nombraba los gobernadores y a los alcaldes. Por lo tanto, toda la burocracia tenía una deuda directa con el Jefe del Estado. Todos estaban al servicio de su causa. Hoy los gobernadores y los alcaldes son elegidos por voto popular. Y si bien la burocracia, por razones obvias, es en términos generales gobiernista, su voto es hoy más autónomo, menos ferrocarrileado y amarrado y, de lejos, menos obligatorio que en el pasado.

En cuanto al fraude electoral, aún subsiste, pero marginal, y sólo en el ámbito regional. Pero, en todo caso, hoy casi nadie creería en la posibilidad de un fraude oficial promovido desde Palacio. Es un gran cambio desde los años 50, cuando Laureano Gómez afirmó: "El que escruta, elige".

Curiosamente, uno de los factores que han convencido a los colombianos de las bondades de la reelección es que si bien Uribe Vélez les ha parecido un gran Presidente, si por cualquier circunstancia tuviera que retirarse en este momento, su obra estaría completamente inconclusa. La economía apenas está despegando, la guerrilla no está derrotada y el proceso de paz con los paramilitares es una incógnita que está a mitad de camino. Todavía queda por verse qué va a pasar con esos 30.000 hombres al reintegrarse a la sociedad.

Y finalmente, hay que reconocer que si a la postre la reelección inmediata acaba siendo positiva para el país, lo cierto es que ésta nunca se hubiera llegado a aprobar si se hubiera hecho en forma abstracta. Pasó gracias al enorme prestigio de Álvaro Uribe Vélez.





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