> ¡Peligro! No escoja candidatos de alto riesgo para la democracia
> Preguntas desde el próximo lunes
> Pobreza, desempleo e inseguridad en la campaña política
> ¿Y dónde están los jóvenes colombianos?
> Las maravillosas claves de la histórica respuesta del candidato Samuel Moreno
> La reelección en dificultades
> Magangué clama por un buen alcalde
> La trashumancia y la compra venta del voto como práctica cultural
> En Medellín se elegirá más que un alcalde
> ¿Puede el sector empresarial contribuir a transparentar el financiamiento de la política?
> Comicios transcurrieron con calma en Atlántico
> El Polo, el vencedor en Bogotá
> En calma y sin lluvia finalizan la jornada electoral en Medellín
> Alonso Salazar Jaramillo es el nuevo alcalde electo de Medellín
> 'La decisión de los bogotanos fue clara y contundente': Samuel Moreno
> OEA da buen parte en elecciones
> Confusión electoral en Corferias
> Capturadas 29 personas por delitos contra el sufragio
> Entre arengas, Samuel Moreno depositó su voto
> William Vinasco votó con mucho optimismo
> Muere candidato a concejo y otras 4 personas en accidente vial
Los errores de Peñalosa
María Teresa Ronderos analiza los porqué de la derrota de Enrique Peñalosa en su segundo intento por llegar a la Alcaldía de Bogotá.
Si por esta época hace siete años alguien hubiera aventurado un pronóstico sobre la posible reelección del alcalde saliente de Bogotá, Enrique Peñalosa, pocos hubieran podido avizorar que saldría derrotado. En ese momento estaba en la cumbre de su carrera política, después de una gestión que en sólo tres años había transformado la ciudad. En ese corto período montó y puso a funcionar el TransMilenio, construyó escuelas públicas de gran calidad, arrancó tres megabibliotecas en barrios marginales de la ciudad e hizo complejas obras de acueducto y alcantarillado que le mejoraron la calidad de vida a millones de bogotanos que no tenían estos servicios.
Su programa de desmarginalización de barrios subnormales les dio orgullo y dignidad a los habitantes de cientos de barriadas que dejaron de ser ciudadanos de segunda categoría, pues pudieron tener títulos de sus propiedades, vías, andenes, parques, ciclorrutas y servicios públicos. Y la lista de logros de su alcaldía seguía y seguía: propuso un modelo de ciudad hecha para los peatones y no para los automóviles y recuperó el espacio público. A los más marginados de los marginados, los habitantes de El Cartucho, les dio la oportunidad de rehabilitarse con programas especiales de empleo como guías urbanos y transformó el antro donde solían recibir a los niños más maltratados y abandonados, en un hermoso jardín de infantes.
Ni él ni su equipo, entre ellos, Cecilia María Vélez, Hugo Acero, Claudia López, Carolina Barco, Carlos Alberto Sandoval, Gilma Jiménez y Héctor Riveros, que aún después de salir de la administración distrital, se siguió destacando por la calidad de su servicio público, estaban encasillados en las corrientes políticas tradicionales de conservadores o liberales, o de izquierda o de derecha. Al igual que su antecesor y sucesor, Antanas Mockus, Peñalosa encarnaba un movimiento comprometido con la capital, más allá de ideologías. Si se le señalaba de derecha, él sorprendía con su propuesta de expropiar la cancha de Polo del Country Club para hacer un parque público, y, como si fuera doctrinario socialista, se dio pelas para que fuera el Estado el que controlara la tierra urbana y no los especuladores privados, y no dio su brazo a torcer antes las presiones internacionales para que cediera a manos privadas la operación de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado.
Se había ganado un capital político por la vía más difícil, la del buen gobierno.
La tragedia de su historia, es que hoy, tan solo siete años después, ha derrochado gran parte de ese capital político. ¿Cómo se equivocó tan profundamente?
Aventuro cuatro grandes razones que lo pusieron a la deriva, desdibujaron la memoria colectiva de lo que fue su administración y lo descolocaron al punto de perder la elección de hoy por más de 15 por ciento frente al candidato del Polo Democrático, Samuel Moreno. La primera, su misma popularidad del fin del mandato lo hizo engolosinarse con los cantos de sirena de una posible Presidencia y abandonó prematuramente la posibilidad de consolidar su trabajo con una segunda candidatura a la Alcaldía en 2003. Creyó que su credibilidad era endosable y presentó un candidato débil en 2003 que perdió los comicios. Comenzó así a desencantar al exigente público bogotano.
La segunda, que se dejó meter en el uribismo tardíamente, cuando ya el desgaste de esta fuerza política era alto, más con los escándalos alrededor de los partidos que lo han apoyado. Lo irónico es que cuando pagaba políticamente unirse al uribismo en 2003 ó 2004, él rechazó las ofertas de ocupar cargos en el gobierno de la Seguridad Democrática por principios. La diferencia, decía Peñalosa, era que el Presidente quería ganar la guerra contra el terrorismo para que todo siguiera igual, mientras él era un convencido de que para conseguir la paz había que hacer un país más justo e igualitario. En algún momento parece haber perdido esa claridad, y terminó metido con los uribistas, en una pirueta ideológica incomprensible para quienes lo seguían. Eso le ha salido carísimo en esta jornada electoral, cuando a juzgar por los resultados hasta las 8 de la noche del domingo, el voto castigo al uribismo y a sus aliados se hizo sentir en varias de las grandes ciudades del país: Cali, Cartagena, Medellín y, por supuesto, Bogotá.
La tercera, intentó un regreso tardío e innecesario al desvencijado Partido Liberal, y después de salir derrotado en el juego interno de las componendas, se le vio resentido abandonando el partido cuando no jugó como él quiso. Y encima, después de la pelea pública, volvió a sus filas, desdibujando aún más su antigua postura de candidato refrescante y de nuevas costumbres políticas. En privado descartó ofertas de apoyo por puestos que le costaron miles de votos, pero públicamente se presentó aliado con clientelistas reconocidos como Germán Vargas Lleras. Es decir, se quedó con el pecado y sin el género.
Terminó así en esta campaña, en la incómoda posición de representar a La U y al liberalismo, dos partidos opuestos entre sí. Su contendor, Moreno, en cambio, aunque demostró tener pocas ideas sobre Bogotá, gozaba de una postura ideológica sólida como representante de la izquierda democrática, fácil de identificar por el electorado, que además quiso premiar la buena gestión del Polo con Lucho Garzón. En suma, Peñalosa perdió gran parte de su fortaleza que era su figura de independiente.
El cuarto fue un error de comunicación. Con un discurso moralista, que se leyó prepotente, era como si, al no verse comprendido, en lugar de intentar llegarle a la gente con más trabajo sencillo, se sintiera ofuscado haciéndole sentir al electorado que eran ellos los equivocados porque no lo entendían.
Mal parado, no pudo transmitir con eficacia lo que era y en lo que creía. Es más, ni siquiera pudo recordarles a los votantes lo que había hecho, y la gente incluso empezó a darle el crédito de algunos de sus mayores logros, a Lucho o a Antanas.
De todos modos obtuvo medio millón de votos de ciudadanos que a pesar de sus equivocaciones no olvidaron su gestión. Ahora su responsabilidad con Bogotá, esa más igualitaria y humana por la que trabajó, es hacer lo que no hizo en estos años: volver a lo suyo, y consolidar un movimiento político independiente que le haga una oposición seria y estudiosa a Moreno. Sería la mejor manera de convertir su derrota en una ganancia para la ciudad.