
Para evitar la movilización de guerrilleros, cada vehículo que entra o sale del municipio es sometido a un riguroso control de las autoridades.
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Orden público
Política entre cañones
Unas campañas más tranquilas serían la muestra que la guerra en Algeciras (Huila) ha mermado. Pero todavía hay mucho por hacer. Votebien viajó al municipio, considerado el bastión de las Farc.
Por Maria Fernanda Moreno
Algeciras tiene la marca de la guerra. Este municipio del Huila, considerado la sede de la Teófilo Forero de las Farc, ha sufrido la sevicia del grupo armado y la ausencia del Estado, cuyo cuidado solo se manifiesta en las armas.
Cuando cualquier persona llega al municipio su primer contacto es con la Fuerza Pública, presente en un batallón grande y listo para la guerra. Hay trincheras y soldados con el dedo en el gatillo que obligan a bajar a los viajeros de cualquier flota, colectivo o automóvil que intente entrar o salir del pueblo. Mujeres, niños y hombres son requisados minuciosamente, mientras sus cédulas son cotejadas en un computador ubicado allí mismo. Nadie se queja, tal vez por la rutina, o porque el reinado de las Farc fue tan largo y lamentable, que por cuenta de éste y otros controles hoy los 20 mil habitantes que tiene Algeciras logran vivir un poco más tranquilos, por lo menos en el casco urbano.
El paisaje que recibe a los visitantes es desolador. Los escombros de un puesto de policía tumbado con cilindros de gas en 2002 reposan allí, cerca de la iglesia. Y la que fuera la Registraduría Municipal parece en obra gris, pero en realidad, su fachada es el resultado de un ataque guerrillero sufrido en esa época. En contraste las viviendas aledañas que también sufrieron la violencia, están reparadas y bien mantenidas, como un intento de sus habitantes de conservar la dignidad y seguir adelante.
Hoy la situación del municipio es grave, pero menos de lo fue en las pasadas elecciones regionales. Aunque discreto, hoy el ambiente electoral alcanza a sentirse. Prueba de ellos son los 37 candidatos al Concejo; muchos más que los seis que se presentaron para llenar las 13 curules en ese entonces. El proselitismo ya no es clandestino sino de frente y una buena parte de los algecireños ya no teme ir a reuniones políticas. Es una calma tensa y frágil. En cualquier momento las Farc puede hacerse sentir nuevamente, como lo hizo en el pasado.
En 2002, terminada la Zona de Distensión, la columna móvil Teófilo Forero -el más sangriento y activo brazo de las Farc- decidió que la mejor forma de atacar al Estado era amenazar a los alcaldes y concejales, atacar los puestos de policía y sacar a los jueces y fiscales de la zona. En Algeciras todos ellos salieron en estampida. Incluso las Fuerzas Armadas. Las Farc lograron arrebatarle el control de la zona al Estado. Rigoberto Sánchez, el ex alcalde de Algeciras, fue el primero que por amenazas de las Farc tuvo que comenzar a administrar el municipio desde la distancia.
Durante un par de años el departamento fue un hervidero. En ese entonces, 28 de los 37 alcaldes del departamento de Huila se fueron a despachar a Neiva y no volvieron. Fueron declarados objetivo militar.
Ese mismo año, cuando el resto del país estaba en elecciones presidenciales, la columna móvil prohibió hablar de política o hacer proselitismo. Sus palabras fueron una orden que se concretó con el asesinato de Adelmo Martínez Triana, un ex concejal que le hizo campaña al entonces candidato Álvaro Uribe en Algeciras. Nadie volvió a hablar de política por un buen tiempo.
La orden siguió para las elecciones de 2003, cuando la Teófilo le declaró nuevamente la guerra a todos los candidatos al Concejo y a la Alcaldía de Algeciras y de Hobo, Campoalegre, Gigante y Rivera. Los que se acercaran a votar también fueron objeto de esta amenaza.
En Algeciras muy pocos se le midieron a desafiar la advertencia. Solo se inscribieron dos candidatos a la Alcaldía. Hubo un tercero, Ulicer Sánchez, que se presentó pero tuvo que renunciar antes de inscribirse después de que las Farc secuestraran a su hija de 22 años.
La campaña prácticamente no existió. No fueron convocadas reuniones políticas, no se puso publicidad en las calles y los candidatos repartieron su propaganda clandestinamente en panfletos pequeños que dejaban a la madrugada en las puertas de las casas.
El miedo fue evidente en las urnas. Solo votaron 1.495 personas, de un censo electoral calculado en 12.500 personas. El alcalde, Samuel Vásquez, fue elegido con 860 votos. “Solo salieron a votar las personas mayores, esas que sintieron que no tenían nada que perder”, le dijo Vásquez a Votebien.
El concejo no pudo llenarse. Fueron elegidos los seis candidatos que se presentaron, algunos con menos de diez votos. Sólo hasta julio de 2004 fueron convocadas atípicas para completar el cupo. El concejo que cesa funciones a finales de 2007 nunca trabajó en Algeciras, sino desde un salón de la Gobernación en Neiva.
Igual pasó con el alcalde Vásquez. Ni siquiera se posesionó en su municipio porque para ese momento los jueces no habían regresado. Lo hizo en Campoalegre y ubicó la sede de su administración en Neiva.
El 13 de mayo de 2004 el alcalde sufrió su primer atentado. Ese día decidió ir al municipio y se demoró siete horas, dos más de las acostumbradas. A la salida del pueblo su carro fue atacado por guerrilleros que hirieron a un escolta. El alcalde y su comitiva lograron escapar.
Pudo volver hasta ocho meses después. Pero no del todo, sino cada veinte días. Desde entonces cambia su rutina de visitas al pueblo que lo eligió, como mecanismo de protección. Algunas veces duerme en el pueblo, pero cuando lo hace, se queda en el edificio de la Alcaldía, pues nadie se atreve a darle posada. Un día de esos, a las 2 de la mañana cuando llovía fuertemente, decidió montarse en una moto y dejar el pueblo repentinamente. Algo que él llama “una señal” lo impulsó a hacerlo. Unas horas después, ya en Neiva, se enteró de que cuando escampó algunos guerrilleros salieron a esperarlo para matarlo. Su impulso le salvó al vida.
En Neiva dedica todos los lunes a atender a los algecireños que van a la capital del departamento a hacerle sus pedidos. El día del encuentro con Votebien, un lunes por la noche en Neiva, aseguró haber atendido a más de 40 personas. Lo hizo inicialmente en la casa de un amigo, y después en el Comité de Cafeteros, donde a veces le prestan una oficina.
Se espera que su sucesor cuente con otra suerte. A finales de junio pasado, las Farc volvieron a declarar objetivo militar a los alcaldes y concejales de Algeciras y otros cuatro municipios del departamento, incluida Neiva. Pero el comunicado enviado por el grupo armado no habló de los candidatos a las mismas instituciones. Hasta el momento los aspirantes no han recibido amenazas.
Los conocedores de la política municipal le atribuyen la leve mejoría del orden público al presidente Uribe y su Seguridad Democrática, que arrinconó a la Teófilo Forero hacia las montañas de la zona. Por eso el pueblo reeligió al mandatario. En las presidenciales de 2006, Uribe recibió 2.042 votos contra 1.462 que recibió Horacio Serpa. Votaron en total 4.156 personas, el 33.38 por ciento del los ciudadanos aptos para votar, muchos más que los que se animaron a hacerlo tres años antes. “Ningún uribista vino a hacer campaña, pero igual ganó el Presidente”, le dijo a Votebien un habitante del municipio.
Pasado el rigor de la guerra, los algecireños se dieron cuenta de que necesitan que el gobierno se manifieste con recursos diferentes a las armas. La única presencia que el Estado tiene hoy son los soldados que pululan. La inconformidad es evidente. Se han sentido oprimidos con algunos desmanes de la Fuerza Pública y las capturas masivas de hace algunos años. A principios de agosto casi dos mil campesinos de la región marcharon de Balsillas, Caquetá, a Algeciras en rechazo a estos atropellos. El detonante fue el asesinato de seis personas por dos soldados que una noche recorrieron borrachos y armados las fincas de la zona.
Y no hay más Estado. El alcalde va de vez en cuando; los concejales, nunca; la Fiscalía no ha regresado porque la seguridad no está garantizada del todo para los funcionarios de esta institución; el registrador vive en Neiva; y tres de los cuatro candidatos a la Alcaldía también viven en la capital del departamento y van cada ocho o quince días a hacer campaña.
A pesar de que allí se define parte de la guerra del sur del país, el municipio está marginado. Apenas dentro de un mes tendrá agua potable. En pleno 2007, un pueblo a solo 45 minutos de la capital del departamento tiene insatisfecha esta necesidad básica.
Algeciras es hoy un municipio pobre. Los pocos empleadores (dueños de fincas agrícolas) se fueron cuando recrudeció la guerra. Hoy no hay trabajo y los jóvenes se ven tentados por las Farc. El municipio demanda inversión social. “Fuimos vendidos a las Farc en los tiempos de la Zona de Distensión sin que nos consultaran y no hemos visto retribuido esto; mientras que en San Vicente del Caguán, por ejemplo, sí hay inversión”, lamentó el alcalde Vásquez.
La democracia también está en mora de fortalecerse. Los dos meses que quedan para las elecciones locales serán decisivos para saber qué tanto se les ha quitado el poder a los violentos.
08/17/2007 VOTEBIEN.COM