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La encrucijada de Arauca
Por Carlos Cortés Castillo*
“Le hacemos un llamado a ‘La Voz del Cinaruco’ para que nos haga el favor de pasarnos el siguiente comunicado a la opinión pública, y si no lo hacen, a partir del momento se consideran objetivo militar”. Ningún favor. La orden de las FARC era perentoria, tanto para esa emisora como para dos más del departamento de Arauca. La voz del hombre dio paso a la de una mujer, que con una lectura lenta y aparatosa, como si repitiera una plana, habló durante cinco minutos.
Es usual que los medios de comunicación del departamento de Arauca se enfrenten a ese tipo de dilemas. Esta última intimidación sucedió en agosto pasado. Si no transmiten el comunicado, se convierten en objetivo militar de la guerrilla. Y si lo hacen, la Fuerza Pública los tilda de colaboradores del terrorismo. Cuando fue entrevistado en ‘La Noche’ de RCN, Emiro Goyeneche, periodista de ‘Sarare Estéreo’ en Saravena, le pidió al gobierno que no les pusiera policías uniformados como guardaespaldas. En una zona tan convulsionada, era incrementar el riesgo de los periodistas. Con pulso firme, el vicepresidente Francisco Santos le respondió: “si no está dispuesto a aceptar eso, que busque otro oficio”.
Ahora, en plena época electoral, las FARC anunciaron un paro armado y exigieron a todos los candidatos a corporaciones públicas que renunciaran. No es difícil predecir lo que puede venir: las FARC, en efecto, paralizarán el transporte público; la Fuerza Pública, por su parte, dirá que la situación está controlada, y los medios de comunicación seguirán entre la espada la pared. El gobierno central, de manera tozuda, les exige a los periodistas un cubrimiento oficialista en zonas de conflicto; quienes no lo hacen, o se distancian, son estigmatizados por las autoridades militares. Mientras tanto, la población civil irá de un lado para otro, como borregos. La desinformación los hará aún más vulnerables.
Cuando los grupos armados no interfieren de manera directa en el cubrimiento periodístico durante la época electoral en las regiones, son los propios políticos, funcionarios y periodistas quienes acaban con la información. La acaban porque la desvirtúan, la manipulan y la transforman. En campaña, la información es sinónimo de propaganda.
Como si se tratara de reyes preparando la sucesión del trono, alcaldes y gobernadores invierten los últimos meses de gobierno en allanar el camino del próximo gobernante. Y lo hacen de la peor manera: convierten la publicidad oficial en propaganda. Aparecen entonces las fotos de puentes nuevos, las cintas rojas delante de cualquier cosa que se pueda inaugurar – una estatua, un andén, un tubo – y los discursos grandilocuentes. Todos con el sello del partido que arropará al político que viene en camino.
Los candidatos, unos meses antes de las elecciones, se convierten en periodistas (o los periodistas se convierten en candidatos). Alquilan espacios de radio y fundan periódicos – financiados con publicidad oficial, por supuesto – de ‘oposición’. “Crítica constructiva” dirán ellos, pero toda una estrategia de propaganda en realidad.
Y muchos periodistas regionales, acorralados por unas precarias condiciones laborales (e incluso periodistas nacionales), aprovechan los meses de ‘bonanza’ y asumen jefaturas de debate y asesorías de campaña. Labores que complementan su diaria labor periodística. Así, bajo el ropaje de análisis periodístico, nos enteramos de que tal o cual candidato es el más conveniente para la ciudad.
En un juicio de responsabilidades a todos les cabe su cuota: a los funcionarios públicos, por la manera como manipulan a los periodistas con la chequera oficial; a los partidos políticos, por permitirle todo a sus candidatos (cuando sabe quiénes son); a los periodistas, por dejar atrás cualquier dilema ético o intento de autorregulación, y a los medios de comunicación, por no garantizar la estabilidad de sus empleados.
El resultado de esta suma es apenas lógico: los lectores, oyentes y televidentes consumen información desordenada, abundante, agresiva e incendiaria. Propaganda disfrazada de información que sirve, en últimas, para decidir el voto. Traicionando un pacto tácito con el ciudadano, el periodismo entrega un producto diferente al esperado.
*Director ejecutivo de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP)
09/17/2007 VOTEBIEN.COM