Quién es quién

Opinión


Clientelismo popular

Por: Camilo González Posso

Los pueblos tienen los gobernantes que se merecen, dice un viejo proverbio que debería repetirse en Colombia en cada temporada electoral. La verdad es que no se repite mucho porque incluso las preocupaciones sobre transparencia electoral y anticorrupción se dirigen hacia los caciques, mafias y paras de todos los apellidos que imponen sus métodos para capturar instituciones desde lo local a lo nacional. De esta manera nos evitamos la pregunta incomoda sobre la cultura política que está al otro lado de los jefes de las empresas electorales; sobre esa cultura popular que en forma pragmática y cínica se mete a la feria electoral a ofrecer su voto como cualquier mercancía o lo mantiene como parte de un feudo que le ofrece ilusorias ventajas.

Las modalidades del clientelismo popular son numerosas y comienzan en la más primaria que es la venta del voto. Los escenarios de esa venta en dinero o en especie comienzan con el registro de las células y termina puerta a puerta la noche anterior o en la mañana del día electoral. Se vende a veces el voto individual pero es más frecuente por paquete de familia y de vecindario. Con el tiempo se ha construido una cadena de intermediarios que salen al mercado un año antes de las elecciones y ofrecen sus paquetes de votantes amarrados.

Los caciques regionales y locales tienen una primera cauda o feudo conformado por empleados públicos que han sido sus protegidos y contratistas que han sido sus socios. No importa que tan corrupto o mafioso sea el padrino que ha enfeudado un pedazo de Estado, pues a cambio del empleo y de la promesa de mantenerlo se promete el voto, el de la familia y la complicidad con el manejo patrimonial de los bienes públicos. Y si no se está en el feudo con algo se comienza: “Téngame en cuenta doctor, esta es la hoja de vida de mi hija”; “el único que da trabajo es el gobierno así que toca meterse a la campaña de don Alberto a ver que pasa”. “En las pasadas elecciones el voto estuvo a 30 en Timbiqui y Guapi, a 35 en Suarez, Argelia y llegó a 50 en otros por donde paso Santaclauz”; “si llegan con dólares la cosa se mejora”; “el doctor Áulico ayuda en especie”; “los que más ponen son los alcaldes y ellos reciben desde arriba”. “Si El nos regala sisben, cupo y bono, lo acompañamos hasta la quinta reelección”. En este mercado todo se sabe. Es la transparencia neoclásica.

Pero las alternativas anticlientelistas no llegan muy lejos. Un cura se inventó en Barranquilla una fórmula mágica: “reciban plata de todos y hagan conejo”. Fórmula refinada invitando por agenda a los políticos a visitar el barrio o vereda y dividiendo el pliego de necesidades: “firme aquí y llévense la copia para que no se olvide de nosotros que le vamos a poner 2000 votos”. Más sutil pero al fin y al cabo clientelismo de comunidad con proyecto y todo. Por encima de esta práctica está la de los contratistas y de los interesados en el POT o en los impuestos que compran acciones en las campañas aportando según las apuestas o las encuestas.

Esa cultura del clientelismo popular es la base sobre la cual actúan los precursores y otros agentes de la parapolítica. Por algo se ha propagado el dicho, o mejor el paradicho: los gobernantes tienen el paraclietelismo que se merecen.

10/19/2007 VOTEBIEN.COM