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¿Atriles o púlpitos?

No es a través de las decisiones que toman los funcionarios más devotos, ni de las opiniones de la conferencia episcopal que la iglesia se hace sentir. Su presencia y su herencia está mucho más latente en la forma como muchos colombianos, zurdos y diestros, viven la política hoy.
Noviembre 17 de 2009
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Hay quienes sostienen que en las cruentas disputas partidistas del siglo XIX y gran parte del XX lo que realmente diferenciaba a liberales y conservadores era su relación con la iglesia católica. Mientras los liberales preferían un estado laico, los conservadores, más papistas que el Papa, veían en la solidez institucional, que no espiritual, de la iglesia una estructura idónea para su proyecto.

 

El tiempo pasó,  el pacto de Sitges apaciguó con ponqué burocrático la rivalidad entre rojos y azules y luego la constitución del 91 hizo que  el tema religioso perdiera su lugar central al pasar Colombia a ser un estado laico con libertad de cultos. Al mismo tiempo, transformaciones en curso en otros campos pusieron lo suyo para que la iglesia católica no tenga hoy la fortaleza que tuvo desde la colonia hasta mediados del siglo pasado. Aun así, y sería tonto pretender que no, sigue siendo un actor importante con una ascendencia sobre un vasto sector de la población que no se puede ignorar. De hecho, hemos sido testigos de cómo algunas de sus facciones han intentado, con éxito a veces, recuperar espacios perdidos décadas atrás.

 

Pero no es a través de las decisiones que toman los funcionarios más devotos, ni de las opiniones de la conferencia episcopal que la iglesia se hace sentir. Su presencia y su herencia está mucho más latente en la forma como muchos colombianos, zurdos y diestros, viven la política hoy. Así, tanto en el Polo como en la U, no tenemos líderes sino Mesías y maestros. No hay proyectos sino doctrinas y, en ambos bandos, en lugar de espacios de debate que produzcan documentos, cónclaves cerrados producen textos que las bases reciben como si se tratara de incuestionables e infalibles encíclicas papales.


 

No somos un estado confesional, pero hacia allá vamos. Y el camino, contrario a lo que muchos temen, no será a través de sentencias, decretos o contrarreformas orquestadas desde las altas esferas. No. De esto se están encargando quienes han elevado la participación y la militancia política a un nivel místico convirtiendo sus causas en cruzadas y a sus antagonistas en herejes. Una lástima.


Federico Arango