BlogsEs curioso que en momentos de elecciones los candidatos y medios por un lado, y los electores, por el otro, tienen comportamientos simétricamente contrarios: candidatos y medios azuzan los miedos colectivos mientras que los electores son apáticos.
Como lo publicó www.votebien.com, el abstencionismo en Colombia alcanza cifras escandalosas. Más de la mitad de las personas habilitadas para votar no lo hacen. Y lo que más se destaca de este informe es que quienes menos votan son los estratos más altos, que tienen más acceso a una variedad de información y fuentes de opinión.
Si uno ve el fenómeno de la abstención en contraposición con la paranoia mediática, quedan preguntas importantes sobre cómo se relacionan entre sí.
Desde el traumático fracaso del Caguán aumentó la retórica del terrorismo y del miedo en los discursos públicos. La paranoia ha ganado elecciones. En 1998 fue la escalada de la guerrilla que aprovechó un gobierno que no pudo gobernar; en el 2002 el reino de la guerrilla por un gobierno que hizo demasiadas concesiones; en el 2006 el peligro todavía existente de una guerrilla que no estaba totalmente aniquilada; y ahora para el 2010, Chávez aparece como esa amenaza que podría revivir la pesadilla de la guerrilla.
Pero, esta paranoia tiene su contracara que es la de oposición. Ésta revela conspiraciones, mentiras a medias, arreglados, escándalos de corrupción, entre muchos otros males que aquejan a esos gobiernos que se presentan como la solución, alimentando así el sentimiento colectivo de persecución.
Es interesante observar que paralelamente a este fenómeno, la participación en elecciones presidenciales ha descendido. En 1998 en segunda vuelta votaron 59% (informe Colombia II centenario) de las personas habilitadas para votar mientras que en el 2006 lo hizo el 45% (votebien.com).
Queda la inquietud sobre si la forma en como los medios presentan la información está afectando la forma que la gente participa, y para resolverla se requiere investigación a profundidad. Por ahora adelanto una hipótesis: vivimos en el país del pastorcito mentiroso pero cínico. Sabemos que la amenaza existe y se come a las ovejas pero ya no sabemos distinguir si esa amenaza es el lobo o es el pastorcito. Y ante eso, mejor abstenerse de atender el llamado.