BlogsCuando revienta un escándalo de corrupción los políticos siempre apelan a las conspiraciones de los enemigos, se escudan en su historia de vida y la de su familia, y se declaran incocentes hasta que no aparezcan pruebas contundentes.
Es un lugar común, tal vez. Estoy seguro de que ya se ha escrito sobre esto, pero no sobra retomarlo de cuando en vez. Me refiero a los lugares comunes en la política colombiana, esos que vienen funcionando desde que arrancó esta nación e incluso antes, los mismos que a diario escuchamos cuando revienta un escándalo de corrupción. A continuación mi top 3.
Encabeza la lista el negar la acusación argumentando que es resultado de una conspiración de mis enemigos políticos. Es un clásico. Las víctimas nos dibujan edificios enteros en los que sagaces oompa-loompas al servicio de sus enemigos gastan días con sus noches maquinando acusaciones y montajes contra el enemigo de turno. Esta herramienta es además multiusos. Es igualmente común en individuos que en administraciones, positivas y negativas.
Hay otra que siempre me ha llamado la atención: se acusa al personaje y este, en lugar de salir con una defensa bien argumentada prefiere escudarse en su historia de vida, y de vida familiar. "Todo lo que dicen es mentira, yo tengo familia, mis amigos y vecinos me conocen". Desconocen que ser un gran padre, inmejorable hermano, incondicional amigo de sus amigos no es incompatible con una moral flexible a la hora de disponer del erario público.
Y en el tecer lugar la más complicada: ¿Tiene pruebas?. Que no haya malinterpretaciones: está más que claro que vivimos en un estado de derecho en donde cualquiera es inocente hasta que no se demuestre lo contrario y por suerte es así. Me refiero a que muchos, sintiéndose ya con el agua hasta el cuello, no les queda sino aferrarse al "¿tiene pruebas?" cuando mejor sería que se tomaran la molestia de presentar las que sustentan su defensa.