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La resistente democracia colombiana tiene tres motivos para celebrar después de las elecciones del pasado domingo 20 de junio. El primero, que hubiéramos elegido un nuevo Presidente. La alternación en el poder, así sea dentro del mismo partido, le hace bien a la golpeada institucionalidad. Eso se consiguió gracias a una batalladora confluencia de fuerzas de la justicia, la oposición, los medios de comunicación y la comunidad internacional que impidió que el actual equipo se entronizara en la Casa de Nariño.
El segundo motivo de regocijo es que el Presidente electo Juan Manuel Santos obtuvo un triunfo holgado con la histórica votación de 9 millones de personas. Un logro no sólo mayor en número que el obtenido por el popular presidente Álvaro Uribe, sino igualmente significativo si se mira como proporción del total de ciudadanos en capacidad de votar, alrededor de un 28 por ciento. Es decir que este domingo uno de cada tres colombianos habilitados para votar lo hizo por Santos. Y este resultado le hace bien a la democracia porque le permite al nuevo Presidente tener un mayor margen de maniobra frente a la voracidad clientelista y contratista de los políticos que lo apoyaron.
El presidente electo Santos contó con una maquinaria de doble tracción. Por un lado, toda la presión que los enormes programas sociales pudieron ejercer sobre los votantes más vulnerables que dependen de ellos para sobrevivir. Y por el otro, la de los políticos, la de casi todos los políticos, con redes clientelares alimentadas con puestos y contratos.
No obstante, la enorme votación, por lo menos de arranque, le da a Santos suficiente capital político para nombrar, como lo prometió en su largo discurso del domingo en la noche, a los más idóneos, por lo menos a la cabeza de cada cartera ministerial, y no simplemente repartir su gabinete según las cuotas de poder.
Haber conseguido gran parte del voto de los liberales que se habían identificado opositores a Uribe en su extendido mandato de ocho años, y también haber atraído no pocos votantes no uribistas, desilusionados por la débil campaña de Antanas Mockus, también le permite a Santos tomar distancia frente al polémico uribismo y tomar aire fresco para iniciar un gobierno con menos enemigos de los múltiples que acumuló su antecesor.
El tercer motivo de felicidad para los demócratas tiene que ver con el voto verde. A pesar de la débil campaña que hizo un Mockus inseguro y trastabillante, y a pesar de la pujas ideológicas internas que a veces no dejaron ver un solo mensaje sino un salpicón, esta fuerza política naciente aumentó su votación entre la primera y la segunda vuelta en medio millón de votos.
Más impresionante aún, sin promesas imposibles (más bien promesas antipáticas como la de “cobraré impuestos”) y sin la adhesión de políticos con votos amarrados, buses y tamal, la candidatura de Mockus consiguió que 3.588.819 ciudadanos independientes salieran, uno a uno, por su cuenta a respaldar esta opción por la defensa de la vida, la pulcritud en el manejo de los dineros públicos, la igualdad social y la convicción de que medios legales producen sociedades más justas y felices.
Siempre hay una proporción de colombianos, alrededor del 10 por ciento del total de votantes, que en cada elección se expresa en contra un sistema político que observa como corrupto y dañino al desarrollo social del país. Esta vez ese grupo fue un poco mayor que en ocasiones anteriores (Carlos Gaviria obtuvo en 2006, como 800 mil votos menos), pero lo notable no es eso, sino que se hubiera conseguido sobre todo por la fuerza de unas ideas y el prestigio de la alianza de los ex alcaldes. Por contraste, el Polo de Gaviria hace cuatro años tenía buena parte del sindicalismo detrás y los modestos pero sólidos aparatos políticos del comunismo y el MOIR construidos en muchos años.
Este es el escenario político que emergió de la jornada electoral del 20 de junio. Un gobierno de derecha, fuerte, con amplia gobernabilidad y un líder que compensa lo que no tiene en carisma, con una gran seguridad y un natural don de mando derivado de su origen social. Un nuevo movimiento político de centro, que promete vigilar al gobierno con independencia y justicia. En la oposición está además el Polo, que si bien su última carta, la de haber invitado a votar en blanco, salió mal (éste apenas creció en poco más de 200 mil votos frente a la elección de primera vuelta), hizo una buena campaña y puso en el debate ideas interesantes sobre cómo enfrentar los desafíos que tiene el país.
El nuevo gobierno
El próximo presidente de Colombia tiene entonces la oportunidad y la fuerza política para hacer un buen gobierno. Pero no la tiene fácil. Hereda sí un país más tranquilo, con mayor confianza en su gobierno, una guerrilla en los huesos, y una bonanza de negocios privados, sobre todo en minas, petróleo y carbón, como no había visto este país en años.
Sin embargo, estos avances tienen pies de barro. No habrá consolidación de la seguridad democrática si la corrupción y la politiquería no dejan que el Estado llegue a las regiones pacificadas con educación, salud, vías, servicios y buen gobierno. Los militares solos no pueden reconstruir la paz. Y la anunciada prosperidad democrática será de corto vuelo si se mantienen las diferencias sociales escandalosas que crecieron en la última década, mientras en el país se hinchaba la inversión extranjera. No es viable sostener una boyante agroindustria como la que pretende el nuevo gobierno, con un índice Gini de 0,65 en el campo (cuando la desigualdad absoluta es 1), sin que la violencia perdure.
De las muchas cosas que prometió el presidente electo Santos este 20 de junio, en su discurso de Unidad Nacional, hay tres que auguran que su gobierno podrá ser realmente diferente al saliente. Dijo que respetará y fortalecerá la justicia, que estimulará la creación de empleo de buena calidad y que exigirá a los militares total respeto a los derechos humanos.
La clave estará en que consiga, como también lo prometió, desembarazarse del lastre clientelista y su yunta, la corrupción, que no han dejado al país labrarse un mejor futuro. Tendrá a los verdes y al Polo en la oposición para ayudarle. ¿Podrá realizar su sueño después de que casi 200 caciques electorales lo ayudaron a elegir? ¿Podrá librar su gestión de la interferencia del populismo pendenciero de Uribe y su corte, a quienes les debe también su elección? Esas son las preguntas de fondo con las que empezará su gestión.