La penitenciaría se divide en la sección de mujeres, la de hombres y un hospital donde ingresan los presos y toxicómanos. Foto: EFE
La penitenciaría se divide en la sección de mujeres, la de hombres y un hospital donde ingresan los presos y toxicómanos. Foto: EFE

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Junio 16 de 2009

Voluntarias cuidan a colombianos en prisión de Bangkok


Los reclusos colombianos y peruanos en la prisión de Klong Prem de Bangkok han encontrado en un grupo de mujeres, la mayoría esposas de expatriados en Tailandia, a quienes les ayuden a salir de su aislamiento y les lleven ropa, alimentos y comida.

Sin otra ayuda financiera que lo que pueden aportar cada una y a veces contribuciones de conocidos, las mujeres visitan por lo regular un par de veces a la semana a esos presos que cumplen condenas de entre tres y catorce años por robo o tráfico de drogas.

"Comencé a visitar a los prisioneros latinos hace dos años, después de que unas misioneras me contaran que se encontraban muy solos, y ahora somos un grupo de tres francesas que hablamos español y una chica peruana", explicó Anne, la fundadora del proyecto y quien vive junto con su marido e hijos en Bangkok desde 2006.

La penitenciaría se divide en la sección de mujeres, la de hombres y un hospital donde ingresan los presos y toxicómanos.

En los últimos años, las visitas a prisioneros europeos y norteamericanos ha aumentado, pero no ha ocurrido lo mismo con los latinoamericanos, que suelen hablar sólo español.

"En Kong Prem hay unos 21 peruanos, incluidas cuatro mujeres, y cuatro colombianos. Los colombianos suelen estar detenidos por delitos de robo y la mayoría de los peruanos son 'mulas' utilizados por los carteles para transportar cocaína", explicó Anne.

El peruano Sydney L. A., de 42 años, ha cumplido tres de los doce años y medio de su pena por tráfico de drogas y aprende inglés y francés con otros prisioneros extranjeros.

"Tengo cáncer de huesos y no puedo tomar la medicina porque no dispongo de los diez dólares que cuesta semanalmente. Siento pinchazos en las caderas y tengo que utilizar muletas por el dolor de huesos", manifestó Sydney, esforzándose por hacerse entender a través de las rendijas de los cristales reforzados de la sala de visitas.

"Ni siquiera tengo una camiseta, ahora me han dejado una para estar decente en la visita. No tengo problemas con otros reclusos pero la comida es muy escasa, a base de arroz y sopa de pescado", se lamentó el perulero.

Sydney aceptó transportar un kilogramo de cocaína desde Perú, vía Buenos Aires, hasta Tailandia por 3.000 dólares, que pensaba utilizar para pagar el tratamiento médico a un hermano que se encontraba gravemente enfermo y nunca llegó a cobrar.

"Al llegar a Bangkok, la Policía tenía mi nombre y me detuvieron. Mi hermano murió cuando cumplía mi segundo mes en la cárcel", manifestó peruviano.

Su compatriota Carlos Jesús Matsuoka se dedicaba a la exportación de ropa y, según él, fue víctima de una trampa y que no contó con las garantías legales suficientes durante el juicio.

"Un israelí introdujo la droga en mi maleta. Pasé meses sin abogado ni traductor", manifestó Matsuoka, condenado a 14 años por transportar 400 gramos de cocaína.

El grupo de Anne adquiere camisetas, comida en conserva, fruta, periódicos y libros para los internos, que viven en celdas de 30 metros cuadrados donde se hacinan hasta 65 prisioneros.

"Uno de los colombianos, Juan Carlos, dibuja muy bien y he conseguido que venda varios retratos que realiza a amigos míos a partir de fotografías", afirmó Anne, quien guarda los 19.000 bat (casi 400 euros o 550 dólares) recaudados hasta el momento por las ventas.

"Estoy haciendo todo lo posible para que Juan Carlos, que cumplirá su condena en octubre, deje de robar, pero él dice que es muy difícil porque no sabe hacer otra cosa y los sueldos en Colombia son miserables", agregó la francesa.

No obstante, lo que más preocupa a Anne en estos momentos es que la mayoría del grupo tiene previsto marcharse este año de Bangkok y no sabe quiénes las reemplazarán.

EFE
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