¿Viajas de mochilero?
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'Turismo humanitario' en Birmania

Turistas se suman como voluntarios a las labores de ayuda a los damnificados

La magnitud de la tragedia del ciclón Nargis en Birmania ha despertado la solidaridad de muchos, entre ellos algunos turistas extranjeros, que visitan el país y se han sumado como voluntarios a las labores de ayuda a las víctimas.

 

Unos treinta viajeros, la mayoría jóvenes mochileros. occidentales, han dejado a un lado sus planes iniciales y colaboran estos días con las numerosas ONG que disponen de oficinas en Rangún, cargando sacos en camiones, repartiendo donaciones o llevando agua, comida y mantas a los damnificados.

 

Lise Ceysenns, una belga de 26 años, relató a Efe que se ha tomado un año sabático de su empleo de ingeniera química en un laboratorio para recorrer el Sudeste Asiático, y ya disponía de un visado para Birmania (Myanmar) cuando vio por televisión las primeras imágenes de la destrucción del ciclón.

 

En aquel momento, se encontraba en Bangkok (Tailandia), primera parada de la mayoría gente de entre veinte y treinta años, que visitan la región, y donde decidió tomar de inmediato un vuelo al país vecino para intentar echar una mano.

 

"Iba a ir de todas formas, y no me arrepiento, los templos y los paisajes no sufren, siempre puedo visitarlos en otro momento, pero ésta gente necesitaba ayuda ahora mismo", señaló Ceysenns.

 

Dado que es voluntaria de Cruz Roja en Bélgica, llamó primero a la puerta de su sede, en la antigua capital birmana, donde inicialmente y para su asombro le dijeron que no la necesitaban.

 

Tras insistir los responsables accedieron a que trabajara en los almacenes de la organización repartidos por la ciudad, en labores de coordinación logística y cargando con material de emergencia los vehículos que partían hacia el delta del río Irrawaddy, la zona más devastada por la tormenta.

 

Desde entonces, acude cada día a la sede central para conocer cuál será su tarea esa jornada, pero no sube arriba a las oficinas, donde le explicaron que no pueden contratarla oficialmente porque entró en Birmania con un visado de turista.

 

Recibe las mismas órdenes que los cooperantes birmanos, quienes al principio no estaban seguros de cómo tratarla.

 

"Creo que pensaban que era como el resto de los expatriados, que me iban a encargar del papeleo y ya está, y se sorprendieron cuando levanté el primer saco de arroz para cargarlo en el camión", indicó.

 

Pero en poco tiempo, se ganó el respeto de sus compañeros, y ya es conocida por su nombre de pila, que lleva escrito en tiza en su peto de la Cruz Roja de Myanmar, que le queda algo pequeño por ser ella mucho más alta que casi todos los birmanos.

 

Su condición de voluntaria le permite expresarse con más libertad que el personal de la organización y criticar abiertamente la manera en que la junta militar está llevando a cabo la gestión de la catástrofe, que ha causado al menos 134.000 muertos o desaparecidos y unos 2,5 millones de afectados, según datos de Naciones Unidas.

 

"Todos son problemas, permisos, trámites... ¿Es que no se dan cuenta de que hay personas muriendo?", se preguntó.

 

Ceysenns explicó que otros turistas-voluntarios también empiezan a estar hartos de las autoridades birmanas, que en su opinión se inmiscuyen en todo y ralentizan con su excesiva burocracia el envío de la ayuda.

 

"Nosotros sólo queremos contribuir al esfuerzo, si estorbamos pues nos marchamos", afirmó indignada.

 

Hace dos días y junto a otra voluntaria holandesa, intentó repartir donaciones ya no en el delta, donde está vetada la presencia de extranjeros, sino en una comunidad pobre a las afueras de Rangún.

 

Un policía les dio el alto y se negó a que entraran, pero aceptó que un birmano tomara fotos, con las cámaras digitales de las turistas de la entrega de los donativos a las familias.

 

Aunque el régimen se ha comprometido a facilitar el acceso a las zonas devastadas a los cooperantes, el resto de expatriados tienen prohibido viajar allí por cualquier motivo.

 

En virtud de ello y aunque todavía le quedan más de diez días en su visado, Ceysenns se marchará del país bien antes de que expire el sello y retomará su viaje donde lo interrumpió, en Tailandia.

 

"Me da pena por los birmanos, pero cada día es más desesperante", se lamentó la joven, antes de excusarse para volver al almacén y continuar cargando los camiones en los que ella no puede montar para llevar la ayuda a las víctimas.

 

EFE